Todo texto aquí visto es pura creación de grillito, alias Azul, alias Fairy, alias la chica astronauta, alias Azul, alias la loca esa

toda imagen aquí vista es pura creación de alguna persona, ecepto grillito, a menos que ella diga lo contrario. Si quieren ver dibujos de ella, vayan a http://lachicamariposa.deviantart.com/

Procuren no chocarse con la luna!

sábado, 4 de junio de 2011

Indecisa



Esta soy yo
Así será el resto de mi vida.
Este es mi camino,
Y no creo que haya una salida.

Es difícil ser fuerte,
La mayoría de las veces,
Cuando todo está oscuro,
El temor crece y crece.
---
Mirame, estoy temblando,
Soy como un bebé a punto de morir,
Como un ser tan sano,
Que sin embargo,
Va cometer el peor de los pecados.

Estoy ciego, cariño,
O ciega, ya no lo sé,
Mi espíritu ahora es carne,
Mis deseos gritan de sed.
---
Esta soy yo,
Hallaré la forma de ser feliz,
Este es mi camino,
Es sinuoso, pero es para mi.

No soy nada fuerte,
Y no puedo levantarme
Las heridas me duelen
Pero nadie puede desarmarme.

Esta es la peor
Fórmula para ser feliz,
Mi niño.
Esta es la peor
Fórmula para ser feliz,
Mi amor

---
Mirame, estoy temblando,
Soy como un bebé a punto de morir,
Como un ser tan sano,
Que sin embargo,
Va cometer el peor de los pecados.

Estoy ciego, cariño,
O ciega, ya no lo sé,
Mi espíritu ahora es carne,
Mis deseos gritan de sed.
Gritan de sed…

cap 12 El viaje de la Hechicera EPDA




Los miedos de Azul no tardaron en hacerse realidad.
Cuando ya se estaba por cumplir el 7º día de oscuridad, el Gran Ojo volvió a abrirse, y todo se llenó de luz de nuevo.
Todas disfrutaron de los rayos que alumbraron la mañana. Todas menos la Hechicera.
Apenas despertó y observó el cielo, pegó un grito de horror.
El Ángel celebró aquel momento de debilidad, pues la Hechicera acababa de demostrar que no era inmune al miedo. Y es más: Su peor temor se estaba haciendo realidad.
¿Qué era lo que había fallado? ¿Acaso aquella era una demostración de cobardía? ¿Realmente no estaba lista para concluir con su trabajo?
La Hechicera estuvo el resto del día absorta en sus pensamientos. Era inútil intentar hablarle, o intentar averiguar que era lo que le ocurría. Meditaba, ignorando los juegos de las demás que festejaban la renovada luminosidad. Meditaba intentando encontrar el punto medio de sus sentimientos, luchando por hallar la estabilidad total, aquella posición neutral y extracorporal que necesitaba urgentemente para no caer en la desesperación, para poder comprender sus errores y sus emociones bloqueadas.
Se esforzó tanto en encontrar una salida a su dolor (el cual crecía y crecía en forma descontrolada) que halló la forma de escapar de su cuerpo, liberándose de las opresiones corporales y del nudo de su garganta. Su alma se desprendió de las ataduras, y ahora navegaba inerte en el cielo de aquel mundo que no era el suyo.
Ahora podía verlo con total claridad, sin la molesta interrupción de necesidades físicas o dolores emocionales. Por un momento, pudo observarlo todo y saberlo todo. Pudo comprender al universo, al ciclo de la vida, y a la milésima de detalles de la existencia cotidiana que cualquiera pasaría por alto.
Y solo en ese estado pudo hallar un camino y una respuesta.

La Hechicera había dejado su cuerpo vacío en medio del prado. Al principio, ninguna de las hadas se preocupó, pues no era raro que la Hechicera estuviera meditando.
Pero entonces comenzó a brillar. Era una luz oscura en medio de aquel prado luminoso.
Sus amigas intentaron hacerla entrar en sí, pero a pesar de que probaron todo lo que se les ocurría, no lograron hacer que la Hechicera diera el menor signo de estar viva.
Lo único que hacía era largar más y más oscuridad, amenazando con volver a llenar el prado de tinieblas. Al cabo de una hora, ya no se podía ver el cuerpo de la Hechicera, y en su lugar se hallaba un enorme agujero negro.
A partir de ese momento, las demás hadas no pudieron hacer más que esperar.

Al alma de la Hechicera le costó mucho regresar a su cuerpo. No se había dado cuenta de que cada vez se estaba yendo más lejos, y que mientras descubría más secretos y más verdades de la existencia, estaba dejando un poco de su propia vida en aquel abismo desconocido e infinito.
No sabía a donde se estaba yendo, pero definitivamente aquel lugar no era el reino de las hadas, ni Médium, ni el interior del Gran Ojo, ni tampoco era ninguno de los Mundos Celestiales.
En ese momento tuvo la certeza de que no importa que tan atrás hayas dejado tu humanidad, ni que tan cruel o tan bondadoso seas, siempre puedes caer más allá.
Por que El Abismo es desconocido e infinito. Y siempre hay espacio para caer más abajo.
Lo único que la impulsó a luchar para volver, fue el miedo. Era realmente ilógico que un ser que conocía todos los secretos de la oscuridad le temiera a lo desconocido.
O tal vez era eso. Había confiado tanto en la oscuridad, que se había olvidado que no se podía confiar en la muerte.
En aquel viaje no obtuvo demasiado. La mayoría de los conocimientos que había aprendido, los olvidó en cuanto tuvo conciencia de ser ella misma.
Era algo realmente confuso volver a la realidad cuando descubres que la realidad no es nada comparada con el enorme abismo de lo desconocido.
Y le costaba centrar sus ideas.
Lo único que ganó en aquel viaje fue un poco más de fuerza, y una meta.
Por un momento, pensó que su destino no tenía sentido. Porque supo que todas las almas tienen el mismo camino.
Pero después se dio cuenta de que a pesar de que todas las almas siguen el mismo camino, no todas las almas son iguales. Y ella no quería recorrer el camino infinito con un alma atormentada.
Cuando volvió en sí, estaba llorando.

Después de mucho tiempo de observar como la Hechicera expandía su oscuridad interna, Azul y las demás observaron que, lentamente, la oscuridad estaba desapareciendo, y se iba metiendo nuevamente dentro del cuerpo de la Hechicera.
La oscuridad desapareció bastante rápido y de manera repentina. En su interior encontraron a una Hechicera llorosa y sentimental, que de la nada empezó a abrazar a todas a sus amigas, a decirles que lo lamentaba, y que las quería mucho, y que en su vida ellas habían sido sus únicas amigas de verdad, y las únicas que no la habían tratado mal, o las únicas que no la habían tratado como si fuera alguien demasiado despiadado, o como si tuviera alguna extraña enfermedad, y que otra vez lo lamentaba, pero se iba a tener que ir, por que si no iban a pasar cosas malas, cosas muy malas.
Esa fue la única vez que la Hechicera le dijo a sus amigas palabras de afecto.
Ninguna pudo evitar acordarse del día en el que la Hechicera había bajado al mundo, agarrada de un rayo de luz, y todas pensaron que ella se guardaba demasiadas cosas, nunca demostraba los sentimientos agradables, ni tampoco aquellos que duelen, y que al final aquellos sentimientos que duelen terminan contaminando a los demás, y todo duele, y todo es difícil de sacar… sin llorar.
Pero ninguna comprendió la razón por la cual huiría, y trataron de calmarla, y de decirle que todo iba a mejorar, pero no había caso.
Su razón de escape era algo profundo que al parecer ellas no comprendían.
Tuvieron que dejar que se alejara por el horizonte, por que no había nada capaz de encarcelar la libertad que en ese momento le permitían sus alas.
Azul, el Ángel y la Princesa la miraron alejarse con tristeza.
Azul pensaba en sus miedos, que se cumplían irrevocablemente, y el Ángel en lo triste de las despedidas.
Pero de golpe la Princesa alzó vuelo y fue a buscar a la Hechicera, dejando a las demás con desconcierto.
- ¿Adonde vas? – Le preguntó la Princesa cuando la alcanzó.
La Hechicera ya había gastado toda la gentileza que le quedaba.
- ¿Qué haces acá? No tenés que seguirme.
La Princesa ignoró la pregunta.
- Vas a ir allá, ¿verdad? Al interior del Gran Ojo, al lugar donde se juntan las dimensiones.
La Hechicera la miró con la peor cara que pudo.
- No es de tu incumbencia.
La Princesa tomó aquello como una afirmación.
- Quiero ir con vos.
La Hechicera la miró, y no pudo comprender sus deseos. Le pareció que lo que le estaba pidiendo era absurdo y estúpido.
- No seas tonta.- Respondió con decisión. – Estar en aquel lugar no es algo agradable.
Se produjo silencio, y la Hechicera creyó que la Princesa había entrado en razón.
- Entonces, ¿Por qué vas a ir ahí?- Dijo la Princesa aparentemente enfadada.
La Hechicera sonrió.
- Eso tampoco es de tu incumbencia.

A pesar de todo, Azul siempre había admirado a la Hechicera. Odiaba la forma que trataba a las demás, pero siempre le tuvo respeto. Creía que detrás de sus misteriosas acciones y de sus infinitas barreras, había un deber noble.
Nunca más volvieron a saber de ella.
La huida de la Hechicera tuvo bastante resonancia en las habitantes del prado.
Y sin embargo, la más afectada parecía ser la Princesa. Últimamente se juntaba mucho con el Ángel de fuego, y hablaban en voz baja.
Azul odió, como siempre había odiado, aquella extraña conexión que tenían sus amigas, a la cual nunca pudo pertenecer. Ahora se sentía más sola que nunca.

Lo que nunca supieron, tanto las habitantes del prado como la Hechicera, fue la verdadera razón por la cual el Gran Ojo estuvo cerrado casi toda una semana. Era algo en lo que la Hechicera no tenía nada que ver.

viernes, 22 de abril de 2011

EPDA cap 11 Miedo



- …Fue entonces cuando las predicciones de María la Sangrienta se hicieron realidad, y su alma fue condenada a vagar en busca de aquellos locos que creían su historia.
Se hizo un silencio profundo en el cual las oyentes pudieron apreciar cada palabra.
La Hechicera solía tener la voz algo ronca, pero cuando narraba aquellas historias de terror su habla se tornaba profunda y sumisa.
Luego de interminables segundos de un silencio mortal, la Hechicera cambió lentamente su expresión seria por una poco convincente cara crispada por el terror. Y otra vez con una lentitud exasperante, levantó el brazo, señalando a algo que se encontraba detrás de las oyentes.
Azul sabía que haría eso. Todas lo sabían.
Pero no podían evitar hacerle caso.
La Princesa fue la primera en volver el rostro. El Ángel y Azul la siguieron.
Entonces, las abrazó un viento helado y distinguieron con toda claridad un movimiento sutil típico de los fantasmas.
La Princesa y el Ángel pegaron un grito. Y también Azul, a pesar de que se había prometido a sí misma que no se dejaría engañar otra vez.
La Hechicera se desternilló de la risa.
Ese truco lo repetía, por lo menos, cinco veces por noche. Y las demás caían siempre.
Azul no entendía como lo hacía, debía tener alguna especie de talento especial para asustar, o algo así.
Segundos después de haber pegado al grito, las habitantes del prado se daban cuenta de que aquel movimiento sutil que habían confundido con un fantasma, se trataba de una hoja arrastrada por el viento. Probablemente, aquella hoja perteneciera a ese único árbol que se encontraba a mitad del camino que llevaba al reino de las hadas.
- No seas mala, deja de asustarnos. – Le reprochó la Princesa a la Hechicera, que era la más dramática, la más sentimental, y la que se asustaba más fácilmente. Ella no tenía ningún pudor en demostrar que estaba asustada, pero Azul solía tener la opinión de que sus ataques de susto eran algo exagerados.
La Hechicera no parecía nada culpable.
- No puedo creer que hayan vuelto a caer. ¡Fue tan obvio! – dijo, interrumpida por sus risas, que al parecer no podía controlar.
- Deja de hacerlo. Al principio era divertido, pero ya es irritante. – dijo Azul, molesta.
La Hechicera dejó de reírse y la miró con malicia.
- ¿Sabes que es lo que me molesta de ti? En estos momentos te haces la madura, pero es probable que seas la más inmadura de las cuatro. Tu también gritaste. No te hagas la adulta. No eres inmune al miedo.
Bueno, Azul no podía contradecirla sin mentir. Aunque, francamente, seguía pensando que entre el Ángel y la Princesa, ella era la más valiente.
- Nadie es inmune al miedo. – se salió por la tangente. – ¿O me vas a decir que nada te asusta?
- Pues no. – Respondió con una sonrisita de suficiencia.
Azul blanqueó los ojos, pero no dijo nada. No podía creer la niña llorona que había caído del Gran Ojo le estuviera diciendo que nada le aterraba.
No dijo nada por que hace tiempo había aprendido que discutir con la Hechicera era tan inútil como discutir con la Princesa, e incluso la primera lograba que te enroscaras en tu propio discurso, y al final terminabas confundido, y sintiéndote un imbécil.
Sin embargo, fue el Ángel la que habló.
- No seas tonta. Todos tenemos algo que nos asusta.
- Bueno, yo no. – replicó la Hechicera sin dejar de sonreír.
- ¿Sabes qué? Un día de estos te la vamos a devolver. Y vamos a demostrar que no eres “inmune al miedo”. – Agregó el Ángel muy segura.
La Hechicera lanzó otra risa.
- ¡Ustedes no son capaces de asustar a nadie! ¡Hagan lo que quieran, no me preocupa!
El Ángel sonrió y se acercó a la Princesa para idear un buen plan.


Ella tenía la piel del color silencioso de los jazmines. Y en los ojos, el reflejo verde de un prado infinito.
Era un reflejo verde que desde los tiempos de oscuridad corría peligro de desaparecer, ya que desde que el Gran Ojo se había cerrado, Azul no había podido observar al verde pasto con naturalidad.
En esos momentos oscuros no podían hacer mucho. Dormían, hacían fogatas, contaban historias de terror.
Y Aunque el Ángel y la Princesa eran siempre las más asustadas, era Azul la que no podía dormir y la que lloraba por las noches.
No lloraba por miedo, porque sabía que siempre que estuviera acompañada por sus amigas, nada sería demasiado terrible.
Entonces… ¿Por qué lloraba?
Una noche, harta de llorar a escondidas, fue a hallar una respuesta.
Casi podemos decir que flotó hacia el árbol como una sonámbula. Cómo si hubiera decidido de antemano ir hacia allí, como si el árbol la llamase.
Nunca le contó a nadie que el recuerdo del árbol absorbiéndole su vitalidad de agua de rocío no le asustaba, y que solo había conseguido que se obsesione más con aquella planta.
La sensación que tuvo cuando viajó por la sabia, y se dividió en millones de partículas, fue gloriosa. Ese fue el único momento en toda su vida en el que recuerda haberse sentido completa y pura.
Pura, porque en ese momento ella no era un ser corpóreo y sucio, sino algo que se mimetizaba con lo natural, y experimentaba la vida inocente y sencilla de un vegetal.
Tardó en darse cuenta en que se dirigía al árbol porque le hacían falta todos esos sentimientos.
De todas maneras, cuando llegó a su objetivo y estuvo parada al lado de aquellas raíces descomunales, lo único que sintió fueron sus ganas de llorar, pero intensificadas.
El Árbol se veía majestuoso a la luz frágil de las estrellas, y ella se sintió tan insignificante y… sola.
Sola, sola, sola.
Se repitió esa palabra mientras que un manantial de agua pura brotaba por sus ojos, y se deshacía de esa humedad inútil e incompatible que su cuerpo había estado acumulando.
Y se dio cuenta de que estaba equivocada, que lloraba porque estaba asustada, y que la Hechicera tenía razón y que ella era una cobarde, la más cobarde e inmadura de las cuatro.
Se había desacostumbrado a la soledad. Al fin y al cabo, sabía que eso pasaría, y que nada bueno podía surgir de aquellas invasoras, a las que ahora llamaba “mis amigas”.
Se había convertido en un ser débil y dependiente. Y la única razón por la cual las historias de la Hechicera no le aterraban, era por que ahora ella estaba acompañada y se sentía segura, pero ¿Qué pasaría cuando sus amigas la abandonen y la dejen… sola?
No se sentía capaz de enfrentar eso.
Y mientras pegaba patadas en el suelo maldijo el momento en el conoció a la Princesa, el momento en el que conoció al Ángel, y el momento en el que conoció a la Hechicera, en ese orden y con una ira descontrolada.
Le llevó un tiempo calmarse, pero al final lo consiguió.
Luego de varios segundos de silencio pudo volver a pensar fríamente. Notó que tanto desahogo frenético la había agotado, y que las noches sin dormir le pasaban factura.
Se sentó entre las raíces del árbol, olvidando que ahora no se encontraba la Princesa por si se metía en problemas.
Y se puso a recordar, y a sacar conclusiones.
¿Por qué sus amigas encontrarían razón para abandonarla? En ningún momento ellas hicieron una insinuación, pero Azul se encontraba angustiada, como si se fueran a ir en cualquier momento.
Azul no podía engañarse a sí misma, al menos no en ese momento. Es verdad que nunca le habían insinuado nada, pero sabía que acabaría por terminar sola.
Bastaba ver el semblante de preocupación que ponía a veces la Hechicera, y las barreras que ella levantaba para que nadie pudiera acercársele sentimentalmente. Actuaba como si no pensara en quedarse, si no como si el prado fuera una parada, un puente hacia otro mundo.
Bastaba ver como el Ángel levantaba la vista y sentía el llamado de los reinos celestiales, de su casa, de su familia, de su padre enfermo de fuego. Azul sabía que llegaría el día en el que no podría soportar más la urgencia de sus añoranzas y huiría sin decir adiós.
Y la Princesa… Azul no sabía mucho de la Princesa. A pesar de ser la más extrovertida del grupo, nunca había hablado de su pasado. Y eso a Azul la inquietaba, y nada le garantizaba que ella no huiría como las otras.
Mientras seguía pensando en todo eso (ahora sin llorar, pero con algo de tristeza) dejó andar libre a su mente y a sus pensamientos, y de golpe se encontró recordando su casa, su vida entera.
¿Y que era lo que le garantizaba que ella se quedaría en el prado y no volvería a casa?
Esa pregunta pasó por su mente de manera fugaz, y no tuvo que respondérsela.
Ella no podía volver a casa. Todavía no.
Ella estaba unida al prado por algo sólido, algo que no podía ignorar. Ella había huido en busca de paz emocional, en busca de tranquilidad, en busca de una ciudad imaginaria.
Y por ahora, no había conseguido todo lo que había buscado.
Antes de volver a casa, debía aprender a vivir en paz consigo misma, y solo así podría hacerle frente a la soledad.
Y mientras su mente cavilada por aquellos lugares mas ocultos y olvidados de su memoria, se dio cuenta de que estaba expresándolos en voz alta.
No solo eso, los estaba compartiendo con el árbol.
El árbol, tan callado pero tan real en esos momentos, se había vuelto a convertir en su ancla, y como Azul le temía a la soledad, se las ingenió para convertir al árbol en un amigo. Un viejo amigo.
- Ahora que me acuerdo, he tenido muchos sueños. – Decía Azul. – Sueños extraños, y en todos aparece un niño. No conozco a ese niño, o no recuerdo haberlo conocido. Pero siempre está. Creo que está buscándome… - Se quedó desconcertada ante aquel último pensamiento. No supo como continuar el hilo de sus ideas, así que se quedó callada por unos minutos.
Se dio cuenta de que deseaba ver al niño de sus sueños, pero no sabía porqué. Y su recuerdo solo lograba confundirla, no podía pensar en él mucho tiempo sin que surgiera un blanco en sus propios pensamientos.
Se acurrucó en las raíces mientras murmuraba trivialidades.
Un viento frío los envolvió, y Azul escuchó el crujir de una rama.
Se sobresaltó un poco. No creía que aquel viento débil fuera capaz de tumbar al árbol.
Pero Azul no se había dado cuenta del estado del árbol.
Estaba frágil. Muy frágil, y enfermo.
El color de sus ramas ya no era de un marrón profundo, sino de un beige seco y sin vida.
Ya casi no le quedaban hojas.
El árbol había sido capaz de sobrevivir a las sequías, pero no podía continuar viviendo con la falta de luz y calor.
Él ancla de Azul se había convertido en algo inseguro.
Ni siquiera tenía las fuerzas suficientes para robarle al hada su vitalidad de agua de rocío.
Ignorante a todo, Azul se abrazaba a sus pies, creyendo que el árbol había superado por fin sus ansias de alimento, y la había aceptado como a una igual.

domingo, 3 de abril de 2011

10 Oscuridad EPDA


Estaba atardeciendo. Bueno, eso no debería ser nada extraño. Si no fuera porque estaba atardeciendo demasiado pronto. Apenas habían pasado un par de horas desde que el Gran Ojo había lanzado sus primeros rayos, y ahí estaba, cerrándose otra vez. Ninguna de las chicas habían visto comportarse al sol de aquella forma. Azul tuvo la idea recurrente de acercarse al Gran Ojo. Pero no pudo elevarse mucho ya que sus rayos, a pesar de que cada vez era menos intensos, le dañaban la vista. No les quedó otra que observar como el ojo se cerraba lentamente, sin que pudieran hacer nada. El atardecer no tardó en convertirse en una noche negra como la tinta. Como obviamente no tenían sueño, el Ángel prendió fuego un par hojas secas, con la intención de hacer una fogata. Azul cuidaba que el fuego no quemara el verde pasto y no pasara a mayores. Hicieron una ronda alrededor de esa única fuente de luz. La Princesa miró con avidez a las llamas, sintiéndose atraída por su calor y luminosidad. Nunca lo habría admitido, pero ella también padecía el amor simbólico que una vez padeció Azul. Ella estaba enamorada del sol. No del Gran Ojo. Ella siempre se sentía vinculada a todo aquello que provocara calidez, pero sobre todo, siempre se sentiría atraída por aquello que brille. Pero el sol, el sol era algo único, algo que producía luz propia, algo indispensable para cualquiera. Algo enorme, inalcanzable, acogedor. Algo que la encandilaba. Inalcanzable… La Princesa sufría mucho cuando miraba hacia arriba. Creía que los rayos que el Gran Ojo emitía, en realidad eran producidos por un sol que el Gran Ojo ocultaba entre sus pestañas. Era un amor imposible, sobre todo porque sabía que si se acercaba, ella se marchitaría como una rosa en invierno. Con el correr de los tiempos, se había conformado con solo verlo de lejos. Pero sabía que todo había terminado. Lo sabía porque ahora el aire era un sopor frío que congelaba los huesos, y por que la invadía una absoluta sensación de soledad. El sol la había abandonado para siempre. No fue la única que se dio cuenta. Ese frío, sin dudas, no era algo normal. La teoría de la Hechicera era diferente. Esa oscuridad pura, era, claramente, obra suya. Significaba que su poder oscuro se estaba extendiendo, y que la profecía continuaba haciendo su trabajo. Cuando se cumpliera el 7mo día de oscuridad total, sería hora de comenzar con la destrucción. Azul miraba hacía el cielo con el semblante preocupado. También se sentía angustiada. Y sola, pero no en el mismo sentido que la Princesa. Sentía como si aquella persona que las vigilaba y las cuidaba desde arriba se hubiera marchado y las hubiera dejado a su suerte. - Y… ¿Saben porqué pudo haber ocurrido? – Murmuró el Ángel, inquieta por el ensimismamiento de las demás. - No lo se. Que yo sepa, esto nunca antes había pasado. – Respondió Azul, aún pensativa. - Tampoco había pasado en mi mundo…- Susurró la Hechicera, en un intento de no levantar sospechas. - ¿En tu mundo también existía el Gran Ojo? – Exclamó el Ángel, sorprendida. La Hechicera la miró levantando las cejas. - Pues claro, el Gran Ojo está en todas las dimensiones. Se produjo un silencio breve, y entonces, de golpe, Azul se llevó la mano a la frente y exclamó, dirigiéndose a la Hechicera. - ¡Pero si tú vienes de otra dimensión! - Gracias, señorita evidente… - ¡Sabes a lo que me refiero! ¡Tú vienes de ahí arriba! ¡Estuviste dentro del Gran Ojo! Él Ángel soltó un gritito de sorpresa y la Princesa levantó la cabeza, atenta. - ¡Es verdad! – Exclamó el Ángel. - ¿Y no tienes ninguna idea de que es lo que hizo que se cerrara? - Acabo de decirte que no lo sé.- Dijo la Hechicera, incómoda. - ¿Pero que es lo que había ahí dentro? – Inquirió Azul. Todas miraron a la Hechicera con curiosidad. Se demoró unos instantes en responder. - Miren, no recuerdo mucho de lo que pasó ahí. Las imágenes son borrosas… Fueron momentos muy extraños. Piensen que no es nada fácil cambiar de dimensión, y es muy duro adaptarse, tanto mental como físicamente. - Intenta recordar. – Tanteó el Ángel. – Tal vez sea la solución a este problema. La Hechicera frunció los labios. La verdad no le gustaba pensar en ese tema, sobre todo por que cuando pretendía acordarse le daba jaqueca. Además, no estaba de más decir que el traspase de una dimensión a otra, no solo consistía en un hechizo muy complicado, sino que estaba prohibido en su mundo. - No lo se…- Murmuró. – Creo que primero aparecí en un cuarto totalmente oscuro… tuve miedo de haber echo mal el hechizo. - hizo una pausa. – luego vi una luz… pequeña, como una estrella lejana. Y después otra, y otra. Esas luces me abrumaban. Creo que luego me eché a correr, aunque no puedo especificar cuanto tiempo… Fui a dar con una puerta, que me llevaba a una habitación completamente blanca, demasiado luminosa. No era lo que yo buscaba, quería algo de tranquilidad, paz… era algo que no parecía posible en ese momento, porque la cabeza me daba vueltas, y no podía pensar con claridad.- Hizo otra pausa, y cerró los ojos con fuerza. – Y creo… creo que después choqué contra alguien… Una persona que llevaba ropa de metal… una armadura… - ¡¿Un caballero?! – Interrumpió la Princesa sin poder evitarlo. El Ángel y Azul la chistaron, porque definitivamente no estaba bien interrumpir el discurso más largo (y aparentemente el más sincero) que había dado la Hechicera desde que estaba en el prado. Pero a la Princesa no le importaba. ¿Qué importaban los modales, si era probable que estuviera escuchando las palabras más importantes que escucharía en toda su vida? - No lo sé… no estoy segura de quien era, pero creo que no me equivoco al decir que ahí había alguien. En ese momento solo recuerdo mi confusión. Creo que la otra persona me zarandeó un poco, lo cual no me ayudó a centrar mis ideas. Me soltó y… y luego me encontraba aquí. Se hizo silencio. Ninguna de las oyentes habían asumido que la historia había terminado. - ¿Así nada más? – Se animó a decir el Ángel - Bueno… eso es lo que recuerdo. En ese momento, mi mente parecía desconectada a mi cuerpo. Nadie dijo otra palabra por un rato, y todas recordaron el día que la Hechicera pisó el verde pasto del prado por primera vez. Recordaron lo vulnerable que se veía, y les costaba creer que ahora fuera la misma persona. La Hechicera se sintió incómoda, pues intuía que ella no era la única que estaba recordando. Se apresuró a decir algo. - Así que ya ven… lo que yo vi ahí adentro no sirve de nada. - Bueno… no podemos decir eso… ¿Y si la oscuridad que viste dentro de aquella habitación se desbordó?- Inquirió el Ángel Azul se mostró de acuerdo con esa teoría, aunque agregó que eso no cambiaba nada. Que aún no sabían que hacer para desvanecer a la oscuridad. Ni la Princesa Ni la Hechicera escuchaban. La Princesa estaba ocupada imaginando al caballero que custodiaba la entrada del sol. Imaginó que su armadura tendría un brillo excesivo, producido por el choque entre el metal y los rayos luminosos. Tal vez era ese caballero al que estaba buscando cada vez que miraba arriba y, era él a quién le sonreía cuando los rayos acariciaban su corazón. Tal vez, él la estaba esperando, y se había decepcionado al no encontrar sus rasgos en el rostro de la Hechicera. Tal vez… Mientras la Princesa se entregaba a la lógica insegura de las ilusiones, la Hechicera suspiraba de alivio. Se relajó un poco al ver que Azul y el Ángel creaban hipótesis sobre las posibilidades de un desborde de oscuridad. Pero, por alguna razón, aún se encontraba inquieta. Y Se dio cuenta de que se sentía culpable. Sí, culpable. Culpable por mentirles y darles una pista falsa. ¿Cómo podía ser tan débil? Y Se dio cuenta de que estaba empezando a quererlas de forma inevitable. A pesar de que intentaba no hablar con ellas, a pesar sus esfuerzos por no relacionarse, ella empezaba a sentir afecto hacia las demás. Y las quería solo por que estaban ahí. Porque formaban parte de su vida. ¿Cómo podría destruir una parte de su vida? Y aunque la oscuridad era tan pura y tan negra como la tinta, esa noche la Hechicera no pudo dormir, como si el miedo fuera una luz que le quemaba los ojos.

jueves, 24 de marzo de 2011

9 Contrarios EPDA


La Ley de los contrarios de Livra aseguraba que, cuando un ser es capaz de dominar cualquier clase de poder, también es capaz de de mantener a la raya al contrario de este, por lo tanto, también puede dominarlo.
El ejemplo perfecto está en la luz y la oscuridad. Donde no hay luz hay oscuridad, por eso es que si alguien sabe crear luz de la nada, en cierta forma también sabe hacer desaparecer la oscuridad. Y consecuentemente, tiene control sobre ambas partes.
Esta regla se aplicaba a cada una de las habitantes del prado, aunque no todas estaban muy concientes de ello.
Azul era capaz de manejar todo lo húmedo. El agua de los lagos, los fluidos corporales, y hasta su propio cuerpo. Pero aún así, también tenía control sobre las brisas áridas que venían de vaya uno a saber dónde, que poblaban sus oídos con historias de mundos desconocidos, con los cuales nutriría su civilización imaginaria, si es que aún existiera.
La Princesa sabía como crear vida de la nada, conocía sus secretos y su insólita chispa, esa que hacía que un montón de mundanos órganos se pusieran en movimiento. Pero también poseía los secretos de la muerte y el de los mundos celestiales, y sabía como hacer que la chipa de la vida desapareciera sin dejar rastro alguno. Era algo de lo que ni ella misma estaba enterada, y era un poder que tenía escondido en lo más profundo y oscuro de su alma, enredado en una jaula de enredaderas.
Pero el caso del Ángel era diferente. Pues… ¿Cuál era exactamente su poder? Ella era un ángel, no un hada, algo que últimamente se le estaba olvidando. Los ángeles, normalmente, no tienen ningún poder especial que no tengan sus pares. Sí tienen unas grandes alas de plumas blancas, bien fuertes y muy útiles a la hora de volar a grandes alturas y distancias. Sí tienen increíbles dotes para la lucha, y también poseen una presencia casi tan frágil como el cristal, que les permite desvanecerse en los momentos oportunos.
Pero ella, ella tenía una locura de fuego desatada en el fondo de su corazón, un fuego que le había costado su hogar y a que a veces le era muy difícil mantener bajo control.
¿La Ley de los Contrarios se aplicaba también a su locura? En ese caso… ¿Cuál era su poder? ¿El fuego? ¿La destrucción? ¿La… calidez?
Le costaba ser la distinta, aunque nadie se daba cuenta de ello.
El Ángel tenía la costumbre de hacer de cuenta que todo andaba bien, incluso cuando el fuego de su corazón amenazaba con destruir sus entrañas. Su alegría siempre era contagiosa, nadie podía sentirse mal mientras estaban al resguardo de sus cabellos dorados. Era por eso que todas las habitantes del prado deseaban tenerla cerca, incluida la Hechicera.
La felicidad era algo que nadie podía reprochar.
Sólo Azul la había visto llorar. Fue únicamente en dos ocasiones, y aún así le habían parecido tan extrañas que no pudo olvidarlas.
El Ángel padecía inquietudes propias de su especie.
Sentía que los mundos celestiales tiraban de ella, la llamaban. Pero ya no podía volver a esos cielos inmaculados, porque ella misma no era inmaculada.
Últimamente observaba a sus amigas y se le hacía más difícil divisar la línea del bien y el mal, y se preguntaba si ella estaría cometiendo más errores de los que debería.
Todo se le había vuelto tan confuso…
Y todo había empezado cuando la fuerza de su corazón se desbordó, revelando las propiedades sulfúricas del infierno.
El fuego era algo prohibido en el Reino de los Cielos. Les recordaba a su más temido enemigo.
Y ahora ella misma ya no sabía si era un ángel, o un demonio, o si realmente había lugar para un ser tan extraño como ella.
Por eso fue en busca de los seres más neutrales que conocía: Las hadas, a la espera de que la comprendieran.
Ya no sabía si había hecho lo correcto o no, por que las conductas de las hadas la confundían. Ellas no actuaban bajo ningún reglamento, sino según la libertad que les permitían sus alas.
No temían al castigo eterno del infierno, ni entendían la obsesión de la perfección.
Esas actitudes chocaban con sus costumbres angélicas.
Y le dolía estar lejos de su hogar, le dolía ser tan imperfecta.
Por eso, cuando la necesidad tiraba demasiado fuerte, alzaba vuelo y se alejaba de sus compañeras. Pero ya no tenía el poder de volar tan alto, ni de tocar las nubes con las manos. Ya no…
Azul estaba acostumbrada a que sus compañeras desaparecieran de vez en cuando. Cada una tenía sus problemas, sus caprichos… hasta ella misma se ausentaba a veces, con la intención de no desacostumbrarse mucho de la soledad, pues al fin y al cabo, ella es realmente quien nunca te va a abandonar…
Por eso no se preocupaba si el Ángel se iba.
Lo que realmente le preocupaban eran los momentos en los que su alegría comenzaba a flaquear de forma misteriosa, y en sus ojos se notaba una duda repentina, una duda que recordaba al miedo y a la tristeza. Eran momentos muy fugaces, pero aún así altamente inquietantes.
No sabía por que le preocupaba tanto. Había algo extraño en esa niña.
La verdad era que el Ángel había sido prácticamente su fuente de felicidad en los últimos días. Ella era la razón por la que no estallaban peleas y ninguna enloquecía. No era algo muy bueno que aquella fuente alegría corriera peligro. Era lógico estar preocupado.
Una de esas tardes que el Ángel se marchó, Azul salió a buscarla porque sabía que se había puesto a llorar otra vez. Azul conocía el arte de las lágrimas. Eran, también, parte de su poder.
Mientras buscaba al Ángel encontró un rastro de pasto chamuscado. Y cenizas. Muchas cenizas.
Pensó que aquello no era una buena señal, aunque no estaba del todo segura. No sabía que era lo que producía el desborde de fuego en su corazón.
Luego de unos largos minutos, la encontró flotando unos centímetros arriba del pasto chamuscado. No lloraba, pero tenía la cara roja. Cerraba los ojos, lo cual daba a suponer que estaba reflexionando sobre algo, pero al mismo tiempo se abrazaba con las manos, como si quisiera protegerse. El viento enredaba su largo cabello.
Azul la miró un rato, pero no se acercó. Siempre ocurría lo mismo. Por un lado, tenía ganas de ir a consolarla, pero por otro tenía miedo de ser rechazada, y tampoco estaba muy segura de querer cargar con los problemas de los demás.
Azul no hizo nada, pero el Ángel habló.
No supo que fue lo que la motivó a hacerlo, ni cuando comenzó, pero de un momento a otro el Ángel estaba hablando.
Le contó de su vida en el Mundo Celestial. Le contó de quienes la criaron. Sus padres.
Le contó de su fuego desatado en el corazón, le contó que fue desterrada por eso. Le contó de sus imperfecciones, de su miedo a ser un demonio. Le contó que el fuego lo había heredado de una maldición que había recibido su padre, una maldición que poco a poco incendiaba sus órganos internos. Le contó que nadie sabía de aquello a causa del orgullo. Que sus padres le habían prohibido que hablara por el orgullo. Que todos tenían algo que acarrear de sus progenitores, y lo que a ella le tocaba era el orgullo, el maldito orgullo de ser un inmaculado y perfecto ciudadano del Cielo. Pero ella no era inmaculada. No lo era.
Azul no sabía si escuchaba, o si aquello que perforaba sus oídos no era más que un zumbido distorsionado por su propia imaginación. Pero aunque la otra hablaba, y ella no estaba del todo segura de comprender el significado de sus palabras, una angustia que mutaba a desesperación fue creciendo dentro de ella.
Se dio cuenta de que se había equivocado, que no debía de haber ido a buscar al Ángel.
Porque no se había dado cuenta de que la quería.
De que necesitaba su felicidad para ser feliz. Y ella no se veía nada feliz.
Azul nunca se había interesado en buscar la verdadera amistad, esa que no solo significa un deber, si no también un sacrificio que uno debía de entregar sin que este le molestase.
Pero Azul no estaba lista para hacer una amiga ¡No lo estaba!
Porque se sintió horriblemente culpable cuando vio al Ángel llorar, y ella odiaba el sufrimiento, el sufrimiento de cualquier tipo.
El Ángel seguía confesando sus miedos y sus penurias. “¡para ya!” Quería gritar Azul, pero estaba clavada en la más absoluta inmovilidad.
Le parecía imposible que una persona pudiera tener que cargar con tantas cosas, y más aún el hecho de que rara vez se notaba su tristeza.
Por un momento, pudo odiarla con todas sus fuerzas. Odió su naturaleza expansiva de sentimientos, porque ahora podía sentir como las penas del Ángel traspasaban su cuerpo hasta llegar a su corazón y hacer un nudo en su garganta.
Y de golpe, como si el torrente de sensaciones que vivía en ese momento no fuera suficiente, se dio cuenta de otra cosa.
Las lágrimas del Ángel, que resbalaban por sus cachetes y caían al maltratado pasto, revivían la hierba muerta.
Eso hizo que Azul se sorprendiera, olvidando su odio y su angustia compartida.
La ley de los contrarios de Livra…
El Ángel tenía la capacidad de sanar aquello que había destruido. Tenía la capacidad de entristecer a aquello que había alegrado.
¿Qué importaba si era un ángel, un hada o un demonio?
Si la Ley de los contrarios de Livra se aplicaba a todo… ¿Por qué agua y fuego no podían ser amigas?
Azul no había dicho nada, aunque deseaba con todas su fuerzas que la confesión del Ángel acabara.
Él Ángel no se percató de su odio repentino, pero supo apreciar su escucha silenciosa.
Volvieron con las demás en silencio, y nunca más tocaron los temas que al Ángel le preocupaban.
Pero aquel momento las marcó a ambas, haciendo que su amistad sea solo un poco más sólida que antes.
Cada vez que Azul y el Ángel se reían por alguna trivialidad, el hada no podía evitar sentirse un poco culpable.
Culpable porque ella intuía que, casi sin pensarlo, escondía cosas importantes.
El Ángel, a pesar de todo, había tenido la valentía de desahogarse, de darle un respiro a su alma.
¿No iba siendo hora de que Azul hiciera lo mismo?

domingo, 13 de marzo de 2011

EPDA 8 Las sombras


El reinado florido de la Princesa acabó por culpa de la Hechicera.
Ésta última se le acercó un día, mientras la otra estaba muy ocupada confeccionando una nueva flor.
- Estoy harta de estas malditas flores. – Le dijo sin levantar la voz, pero terriblemente seria. – o te deshaces de ellas, o juro que te haré daño.
La Princesa la miró atónita.
Nadie se esperaba aquella reacción.
La Hechicera parecía tener secuelas de alguna extraña enfermedad bipolar.
Es verdad que a veces no era muy agradable y que a veces se mofaba de las demás, pero de todas formas nunca se mostró dispuesta a hacerle daño a nadie. Tampoco provocaba peleas.
Incluso había días que se levantaba de buen humor y era muy amigable.
Pero jamás se imaginaron que fuera capaz de decirle eso a la Princesa, y al parecer, la Princesa tampoco.
Le hizo caso de inmediato, y en pocos segundos, el prado se encontraba tan verde y tan deshabitado como siempre.
Azul nunca se habría imaginado que la Princesa se rendiría de esa forma.
La Princesa nunca se había dejado controlar por nadie. Además, ella era muy terca y obstinada, y siempre ponía argumentos antes de ceder.
Pero esta vez le hizo caso sin oponer resistencia. Parecía repentinamente asustada por aquella amenaza insólita.
Cuando la Hechicera comprobó que en el prado ya no había ninguna planta, se echó en el pasto y se durmió en el acto.
Las demás la observaron, sorprendidas en silencio.
La Hechicera hallaba consuelo en el mundo de los sueños. Su mente se despejaba aún más que cuando meditaba. Por eso, dormía mucho.
A pesar de que siempre se había mostrado indiferente, ella tampoco era inmune al miedo a lo desconocido. Y aunque no lo había demostrado, la época en la que el prado se había llenado de insectos la torturó mucho. Y decidió que lo que debía hacer era asegurarse de que eso nunca volviera a ocurrir.
Porque ella tenía prohibido demostrar debilidad. Era algo que había aprendido desde pequeña.
No podría demostrarla por nada del mundo, ni siquiera cuando la profecía se comenzara a cumplir.
Y a penas se fueron las flores, llegaron las sombras.
La primera en sentirlas fue Azul, o al menos eso creía ella, pues no se animaba a consultarlo con nadie.
Sucedió una noche en la que no podía dormir. Tenía los ojos absolutamente acostumbrados, y veía todo con total claridad a la luz de las estrellas.
Entonces las vio… Eran sombras, solo sombras que, a pesar de que estaba todo oscuro, se distinguían perfectamente y se desplazaban sin la necesidad de que algo sólido las guíe.
Y cuando se acercaron a Azul, comenzó a oír murmullos.
“Tu no vales nada… nada”
“¿Sabes lo que hicieron tus padres cuándo descubrieron que escapaste? Se rieron de ti por ser tan cobarde… ni siquiera te están buscando, preferirían no encontrarte…”
“Eres tan débil… no tienes la fuerza para llevar una vida tu sola”
“Esas chicas que están ahí al lado… no te aprecian, están contigo porque no tienen a dónde ir…”
Y en cuanto escuchó esas voces (voces que se confundirían con el viento si corriera algo más que una leve brisa veraniega) Azul tuvo la certeza de que decían la verdad, y por eso no tuvo fuerzas para desmentirlas o enfrentarlas.
Al comprobar su angustia las sombras largaron una risa amarga y exclamaron “¡Débil! ¡Débil!”. Palabras que resonaron en la cabeza de Azul durante toda la noche.

A partir de entonces las sombras nunca la abandonaron. Habían descubierto una presa fácil.
Azul no lo había comentado con las demás porque creía que eso implicaba revelar sus miedos. Y Azul, como la Hechicera, no era una persona que le gustara hablar de sus sentimientos.
Entonces, soportó a las sombras todas las noches, como si aquello fuera una especie de deber noble.
Durante el día estaba cansada, y más quisquillosa que de costumbre. Y las demás se dieron cuenta.
Pero al poco tiempo, Azul no fue la única que se comportaba de manera extraña. Ni la Princesa ni el Ángel daban señas de haber dormido bien, y aunque la Hechicera se encontraba más enérgica que de costumbre, se mostraba especialmente inquieta. Parecía estar muy a la defensiva, y se sobresaltaba por pequeñeces. A menudo se apartaba del grupo y abría su relicario, siempre cuidando de que nadie más que ella viera su contenido.

Una noche especialmente oscura, Azul esperaba a las sombras casi como si aquello fuera algo natural. No tardaron en llegar, como tampoco dudaron en atacarla nuevamente.
“Estás tan sola “– se mofaba una. – “¿Cómo sabes que las niñas que te rodean están dormidas y no muertas?”
“Nunca nadie podrá entenderte… ¿quién se ocuparía de entender a un hada medio loca?”
“Eres tan fácil de acobardar… eres tan inocente, tan frágil…”
Volvieron a reír. Azul cerraba los ojos con fuerza, pero eso no le impedía escuchar.
“¡Ya eres nuestra!” – Dijo otra, con voz estremecedoramente corpórea y autoritaria.- “¡No tienes escapatoria, niña! ¡Estás en nuestro poder!”
- ¡Basta! ¡¿por qué hacen esto?!- Exclamó Azul, pese a sus esfuerzos por mantenerse callada. Creía que hablar con las sombras solo empeoraría las cosas, y, sobre todo, las volvería más reales. Pero a esas alturas no pudo con su genio.
Las sombras se carcajearon con maldad otra vez.
“Eres tan imbécil, tan ingenua…”
“No puedo creer que seas tan ciega… ¿de verdad no te diste cuenta…?”
“Tus lamentos son, para nosotras, poder, niña idiota…”
En ese momento, de golpe, todas se callaron, y un haz de luz interrumpió la oscuridad
Era el Ángel de Fuego, que ahora estaba levantada y lanzaba llamaradas hacia las sombras, que, aterradas, retrocedieron.
Azul le miró el rostro. Tenía los ojos hinchados, y los cachetes colorados. Pero, a parte de eso, tenía el semblante impregnado de una absoluta seguridad.
Las sombras no desaparecieron, pero ya no molestaban, y se habían quedado allí, inmóviles.
- ¿Estás bien?- Le preguntó el Ángel a Azul
Ella contestó con un pequeño “si”.
El Ángel se mantuvo unos segundos en silencio, como si pensara en algo, y luego agregó.
- Esas sombras también me estuvieron molestando a mí…
Azul observó su rostro colorado, y el rastro de unas lágrimas que ya había terminado su recorrido, y no pudo evitar sentirse un poco culpable…
- No me había dado cuenta…- murmuró Azul, tratando de excusarse. Decía la verdad, pero no entendía cómo no había notado que las sombras merodeaban al Ángel, si ella misma no había dormido nada en las últimas noches.
- No te preocupes. Yo tampoco me había dado cuenta de que te molestaban…
El Ángel aún se mostraba seria, algo extraño en ella.
Azul se quedó en silencio, le hubiera gustado decirle algo alentador, pero no se le ocurrió qué.
En ese mismo instante, la Hechicera se despertó.
Miró a las dos chicas levantadas, y luego a las sombras, alejadas a una prudente distancia.
- ¿¡Qué les hicieron!? – Le espetó al Ángel y a Azul.
- ¿Qué?- exclamó el Ángel, sin entender a lo que se refería.
- ¡¿Qué les hicieron a ellas?!- repitió, ahora señalando a las sombras.
- ¡¿Estás loca?!- se encolerizó – ¡Esas malditas sombras no nos dejaban en paz!
Pero la Hechicera ya no escuchaba, por que en cuanto la oyeron hablar, las sombras se dirigieron hacía ella.
“Nos dijiste que no nos harían daño…”
“… Nos mentiste”
“Nos perteneces, niña… ahora tu gran poder está a nuestro servicio…”
-¡Aléjense! ¡Aléjense!- gritaba ella, y otro haz de luz centelleó en la oscuridad, ésta vez, provocado por la Hechicera.
Nuevamente, las sombras se alejaron.
- Nunca se olviden de quién es quien manda.- Exclamó, fulminando a las sombras con la mirada.- Y ahora váyanse, ya no las necesito.
Las sombras obedecieron, y se marcharon lentamente.
- y ustedes ¿Qué miran?- les espetó a Azul y al Ángel.
Ellas no respondieron, se acostaron en el pasto, y por fin pudieron descansar en paz.
No fue así para la Hechicera.
La profecía rezaba que para juntar fuerzas, la Hechicera debía apoderarse de la felicidad de los demás. Pero aunque ella era un ser guiado por la oscuridad, una persona criada para poder controlar los estratos más siniestros de la magia, no tuvo fuerzas para hacerlo ella misma. Y lo hicieron las sombras, esos seres que ella creaba inconcientemente, pero que no podía controlar del todo.
Guardaba un gran desprecio a aquellas sombras, porque eran de naturaleza traicionera.
Incluso ahora la atacaban a ella. Sí, a su creadora. Y ya ni siquiera se molestaba en desecharlas.
“No tienes valor para continuar…”
“Te vas a pudrir en el infierno”
“Te vas a terminar encariñando con ellas, como lo que pasó en tu hogar…”
- Cállense. – Murmuró, acurrucada en el pasto.
“¡No puedes darnos ordenes!”
“Ya no somos tuyas”
“Terminarás trasformándote en nosotras, ya lo verás…”

“si, consumiremos tu cuerpo, hasta que solo quede la sombra…”
Pero la Hechicera no les hacía caso.
Porque la ley de los contrarios de Livra dictaba que cualquier ser que pueda manejar una clase de poder, puede mantener a la raya su contrario, y por lo tanto, puede dominarlo.
Por eso, la Hechicera sabía que jamás sería una sombra.
Porque aunque ella era un ser guiado por la oscuridad, una persona criada para poder controlar los estratos más oscuros de la magia, ella era también un hada de la luz.
Y ese rayo de luz era la razón por la que jamás se podría convertir en una sombra.
Era la razón por la cual nunca podría acabar con su destino.

lunes, 7 de marzo de 2011

cosas que no pasaron y que tengo que deshechar, olvidar...


Allá voy, voy hacia el agujero negro, hacia mi globo perdido…

- Che, estás re distinto
...
- no, sigo siendo más o menos la misma- “la misma con el globo en la mano” pensé con una sonrisa.

-¿Te gusta sufrir? … ¿entonces por qué querés esto?

Animales. Música. Gatos. Dibujos. Arte. Montañas. Etcétera etcétera, y toda una vida plena.

- ¿no querés hablar conmigo? porque estás tan callado…- “no voy a dejar que me dejes sin nada, no quiero recordar el momento en que nada pasó”

“ y en cada barrio, cada pueblo, cada esquina en la ciudad, hay un corazón partido que no para de sangrar, historias de no correspondidos, y de amigos que no están, de al menos encontrar un mail que diga hola ¿Cómo estás?”

Angel de sueños, color sepia, Anette, olor a menta, la camioneta…
Saliva, dientes…