Todo texto aquí visto es pura creación de grillito, alias Azul, alias Fairy, alias la chica astronauta, alias Azul, alias la loca esa

toda imagen aquí vista es pura creación de alguna persona, ecepto grillito, a menos que ella diga lo contrario. Si quieren ver dibujos de ella, vayan a http://lachicamariposa.deviantart.com/

Procuren no chocarse con la luna!

domingo, 30 de enero de 2011

Identidad


Estoy cansada de esperar

siempre la misma promesa,

De confiar mi suerte

en el azar de las estrellas.


Ya no puedo más con la insertidumbre

de los sueños rotos

y de confundir la magia del amor

con los delirios del odio.


Puedo escuchar mil y un mentiras

y todo será igual,

ya no sé donde terminan

la paz y la verdad.


Quisiera invocar a la realidad,

liberarla en todo su potencial

desatar la fuerza de mi interior

convertirlo todo en una canción.


y que todo sea como debe ser

la luz en la noche, la arena en los pies.


Puedo decirte que te amo,

o decirte quién soy yo,

pero a la luz de la mañana

se me va apagando la voz.

El Prado de Azul - El Ángel de Fuego


Los Ángeles normalmente no son muy bienvenidos en el reino de las hadas. Ellos provienen de un mito diferente, y son demasiado extraños para los ojos de estas criaturas aladas. Al fin y al cabo, las hadas no son seres muy diferentes a los seres humanos. Ellas también tienen miedos y prejuicios, y luchan por lo que creen correcto.
Por otro lado, es muy extraño ver ángeles fuera del mundo celestial. Pero siempre hay algún loco que hace lo que no debe. Y, una noche, al igual que lo había hecho azul tiempo atrás, Una joven ángel se escapó del reino de los cielos.
Estaba harta de que la criticaran a causa del fuego que escondía en su corazón, y decidió buscar un nuevo hogar.
En esos tiempos, el hada azul y la princesa de las flores habían firmado un acuerdo de paz.
El hada azul seguía construyendo mundos, y poblando los prados de seres imaginarios. La princesa intentaba involucrarse en sus juegos, pero en ocasiones estos les resultaban insólitos, o demasiado extraños, y a veces le costaba visualizar a los personajes irreales de Azul.
La Soberana comenzaba a aburrirse, y, de a poco y sutilmente, solo para matar el tiempo, volvía someter al hada en su poder.
Un día la había mandado a buscar un trozo de madera para terminar (de una vez por todas) de construir su trono. Más por aburrimiento que por fidelidad, azul fue sin chistar.
El problema era que el primer árbol (y, por lo tanto, el primer trozo de madera) se encontraba a varios kilómetros de allí.
Azul no acostumbraba a usar las alas, por el simple hecho de que le recordaban que no era humana. Pero sabía que ahora le convenía usarlas.
Llegó hasta el árbol, que se alzaba majestuoso entre aquellos prados llenos de nada.
Azul procuró arrancarle una rama sin mirarlo.
Con el pedazo ya en las manos emprendió el regreso.
Voló por un buen rato hasta que se le cansaron las alas, y decidió caminar un poco. Azul sabía que el pedido que le había hecho la princesa era absurdo, ya que la princesa misma podía controlar las plantas, y Azul pensaba que si realmente se lo proponía, podría hacer crecer un árbol donde quisiera. Pero Azul también sabía que a la princesa le gustaban las cosas absurdas, y había aprendido a respetarlo. A parte, por muy soberana que ella sea, Azul jamás le permitiría que plantara un árbol en su prado.
El hada ya estaba llegando a su territorio (ese plagado de seres imaginarios) cuando se cruzó con el Ángel de Fuego.
Esta estaba buscando un nuevo hogar, y sabiendo que no se la admitiría en la ciudad, huyó a los lejanos prados, ya que había oído hablar de dos hadas marginadas que habían hecho de esos lugares interminables su casa.
El Ángel de Fuego todavía no se había presentado cuando azul notó algo terrible. A los pasos de aquél ángel misterioso, el verde pasto del prado se iba consumiendo hasta quedar convertido en cenizas. Y no solo eso, si no que también iba matando a la cavilación imaginaria que con tanto esmero había creado.
- ¡No! ¡¿Qué hacés!?- Exclamó Azul, horrorizada, y olvidando el palo en el suelo, alzó vuelo e intentó capturar (con sus poderes) a los restos de las cenizas, mediante burbujas de esferas invisibles.
El Ángel tardó unos segundos en darse cuenta de lo que había hecho.
Miró a sus pies y pegó un gritito.
- ¡Ah! ¡Perdoname! ¡No me había dado cuenta! –Exclamó, y sin previo aviso, se sentó en el suelo y se echó a llorar.
Era ese el karma de su vida. Jamás la aceptarían en ningún lugar porque el fuego desatado en su corazón era capás de destruir hasta a las cosas imaginarias.
Azul seguía intentando envano recomponer su ciudad destruida, y tardó en reparar en el ángel que se había echado a llorar.
Pensó, no sin cierto rencor, en lo irónico que le parecía que una persona que destruye las cosas con el fuego echara agua por los ojos.
Pero había algo extraño…
Azul no se había dado cuenta de que aquél era un ser celestial… Los ángeles no suelen ser creados para causar daño.
Azul nunca había visto un ángel ni había oído hablar de ellos. La mayoría de la población en el mundo de las hadas no quería a los ángeles.
Pero Azul no era una mayoría. Por que a ella le gustaban las cosas extrañas.
Y algo ilógico, algo que iba completamente en contra con su personalidad egoísta, hizo que se apiadara de ella.
Le toco la espalda para intentar consolarla, indiferente a la idea de que si la tocaba, se convertiría en cenizas ella también. Pero no fue así.
Su tacto, su personalidad, hasta sus ojos, eran cálidos, pero no quemaban. Era una calidez muy difícil de encontrar en la princesa de las flores.

El prado de Azul - La Princesa de las Flores.


" El prado de azul estaba ahora invadido. Una tarde, cuando El Gran Ojo se estaba cerrando, (el día y la noche eran marcados por un ojo situado en el cielo, rodeado de nubes perfectamente enruladas) llego una nueva visitante. Azul reaccionó como solía hacerlo, pero, por alguna razón, a la misteriosa hada no le afectuba las jaulas pues las transpasaba, como si fueran espejismos. Sin saber más que hacer, Azul la miro, pensando encontrar algo bueno en ella. La visitante le ofreció su amistad, y Azul no pudo hacer otra cosa que aceptarla de buena gana. Pero poco después, la paz acabó. Azul conoció la verdadera identidad del hada misteriosa. Se hacía llamar "la princesa de las flores" y como tal, debía gobernar. Sin envargo, como no sabía que gobernar, se dirijió a los lejanos prados en busca de algo prometedor. La cosa es que halló a azul. Y como toda princesa precisa de sirvientes ¿quién mejor para ocupar tan prestigioso papel? Fue así que Azul tuvo que cumplir todos sus deseos, pues no estaba acostumbrada a saber que era que le mandaban, y no sabía como defenderse, pues, misteriosamente, sus poderes no funcionaban contra ella. Además, por alguna razón, apreciaba la compania. Hacía mucho que no sentía lo que era estar acompañado, y no se había dado cuenta que necesitaba de alguien. La princesa la mandó a construir un trono para ella, y luego, un castillo.Veia como su exclava trabajaba, mientras que se hacía preguntas. Pensaba que lo que le daba a Azul era una ayuda, puesto a que estaba tan sola que cualquier cosa le venía bien. Lo peor era que Azul tambien lo pensaba así. Pero ella fue amigandose con el hada del prado, y se fue dando cuenta de que habían algunas cosas rídiculas en esa existencia. Qué no tenía sentido governar un prado completamente vacío. Y que Azul no tenía por qué servirle. Que no necesitaba de un trono, ni de un castillo. Que tampoco era esa la vida que quería. Y a pesar de su naturaleza de princesa, logró dejar a un lado esos instintos para abrir paso a una amiga, su primer amiga..."

El prado de Azul - El Hada Azul


“Hace tiempo, ya, que Azul no vive donde viven las demás hadas. Se fue. Nadie supo bien por qué. Nunca nadie la había tratado mal. Nadie hizo nunca nada para ofenderla.
Solo Azul sabía el por qué. Y ese era que, por más que aquel país podía ser el más maravilloso del mundo, Azul no soportaba vivir allí, ya que había descubierto un mundo donde todo era exactamente como quería. Era el mundo de su imaginación.
Por más que lo intentara, no podía vivir en su mundo y en aquel país, y se fue a un prado, sin ningún árbol o planta que la distrajera. Era un prado interminable, para que su mundo quepa allí adentro. Desde entonces, todos se dirigen a él como El Prado de Azul.
Un día, una pequeña hada salió a caminar por los lejanos prados, y sin darse cuenta, se introdujo a los territorios de Azul. Ella pensó que era alguien que la venía a molestar, y no soportó que interrumpieran el hilo de sus pensamientos. Entonces creó, con su mente, una jaula especialmente diseñada para el hada atrevida que se había animado a molestarla. No es la única hada atrapada en las nebulosas del mundo de Azul. Todas ellas tuvieron que soportar mil años de historias sin sentidos e inconclusas. Pero no existe llave que las libere, así como no hay forma de que Azul abandone aquel lugar.
La verdad es que azul es igual a mí. Con sus ojos cambiantes, grandes, abiertos como platos. Con su piel transparente, con su pelo corto, inflado, pero lacio. Con su sonrisa alunada…
Con sus grandes alas, que le sirven, mas que nada, para volar, mas allá de lo posible e imposible.
Y con el oscuro secreto de querer gritar, y demostrar que no es como todos creen”

domingo, 28 de noviembre de 2010

Chamuyo de Edipo


Buscaba una luz en la oscuridad. Una luz que lo despertara de aquella infinita noche atormentada de pensamientos. Quizá solo porque buscaba algo real y coherente, acudió a ella. Caminó sonámbulo por el pasillo lleno de fantasmas, sin estar muy seguro hacia donde iba en realidad. Pero el miedo le daba valor para seguir adelante. Llegó hasta la puerta de su habitación, y se detuvo, indeciso. Recordó que debían de ser como las 2 y que ella se iba a enojar si la despertaba.
Avergonzado, se sentó al lado de la puerta dispuesto a no hacer nada más.
Pero los fantasmas no desaparecen así como así. Al verlo rendirse tan fácilmente se acercaron, le susurraron cosas al oído, lo torturaron sin escrúpulos. Inmediatamente, se sumergió en una especia de locura alternada por una sorprenderte lucidez. Recordó las razones por las cuales había caminado sonámbulo por un pasillo lleno de fantasmas. Era la oscuridad: toda su vida estaba llena de oscuridad. Oscuridad hueca.
Pero se había animado a buscar la luz. Y en ese momento tuvo la certeza de que si no habría la puerta de la habitación de Ella, iba a morir. Ella quizás iba a odiarlo durante toda su vida, iba a despojarlo de su confianza y su amor incondicional, pero nada podía ser peor que la nada de la oscuridad hueca llena de fantasmas. Y con su fuerza egoísta de niño, cerró los ojos y abrió la puerta.
No pasó nada.
La llamó un par de veces en voz baja, pero solo al 6º llamado ella comenzó a dar signos de vida.
La chica abrió los ojos con esfuerzo.
- mm… ¿Qué pasa?- preguntó con mal humor.
El joven tardó en responder.
- No puedo dormir. – Respondió, sintiéndose un irremediable idiota.
- ¿Qué?- Murmuró, todavía dormida. - … No podés venir a joderme con eso ahora… Dale, no seas tonto, andá a dormir.
Él no dijo nada, pero tampoco se fue.
La chica debió comprender que la cosa no iba a ser tan fácil. Decidió levantarse y prender el velador, matando (de esa forma) a un par de fantasmas.
Él no pudo evitar reparar en lo bien que le quedaba a ella ese improvisado piyama, compuesto por ropa rotosa, o que ya no usaba.
- ¿te podés ir?- exclamó ahora la chica, más decidida.- No me vengas con eso de que no podés dormir. Leé algo, no sé, pero no me jodas.
- Ok, no te quería molestar.- Respondió él, de manera algo agresiva.
Pero ella se percató de su mirada de miedo…
A ella también le gustaba jugar a la mamá. Y no pudo evitar responder a esa súplica indirecta. Bueno, ella tampoco era precisamente una chica de muchas luces.
- Está bien, quedate. Pero te tirás un colchón ahí al lado. ¡No me vas a tener tan fácil!

miércoles, 20 de octubre de 2010

La Fuerza de la Risa


- ¡Che! ¿Me escuchás?
Ella lo miró de manera indiferente, como lo hacía siempre que le convenía hacerse la boluda. En realidad tampoco podía contestarle de una manera sincera, pues ni ella misma estaba totalmente segura de si estaba escuchando o no, así que optó por no responder. Pero no tomó esa decisión por ser fiel a la sinceridad, si no porque simplemente le era más fácil no hacerlo.
- Te hice una pregunta ¿entendés a que me refiero?
- Si.- respondió con involuntaria voz inocente e infantil. Esa voz que sabía que a él le molestaba, pero que no podía evitar.
- Bueno, ¿y que pensás al respecto? ¿No tenés nada para decir?
En cuanto escuchó esa pregunta tan esperada un manantial de pensamientos invadió su cabeza. Sí, obvio que tenía algo para decir. Quería que supieran que estaba de acuerdo, pero aún así no quería ceder a ese chantaje de cariño tan común en ellos. Quería que supieran que si ella hacía algo mal o algo que les molestaba no era por otra cosa que por la rebeldía estúpida, típica de la adolescencia. Porque ella los quería, claro que los quería, y estaría genial que ellos lo supieran.
Pero fueron tantos esos pensamientos que no pudo digerirlos todos en ese momento, así que no pudo hacer otra cosa que mirarlos con cara de vaca que ve pasar el tren, y hacer un gesto de no saber que decir. Además, no tenía buenas experiencias en sincerarse con sus padres.
Él, al confirmar su presentimiento, sintió que una furia ciega lo invadía.
- ¡No puede ser que no tengas nada para decir! ¡No puede ser que no te importe nada! ¿De verdad es eso lo que esperás hacer con tu vida? ¿¡Nada?! ¿¡No te gustaría salir con tus amigos!? ¿¡No te gustaría salir con un pibe!? ¿¡Cuando seas grande vas a pasarte la vida pelotudeando en la computadora y mirando dibujitos animados en la tele!? ¡No podés ser tan boluda! ¡No podés ser tan insensible!
A pesar de sus esfuerzos inmensos por no escuchar lo que él decía, no puedo evitar parar las orejas cuando éste hizo un resumen completo de todo lo que le venía preocupando en los últimos años.
Entonces, sintió que un deseo irreprimible e incoherente de reír nacía desde el interior de su pecho. Y tuvo que dejarlo ser, nomás.
Lanzó una carcajada voraz, eufórica, interminable, que resonó en toda la casa y en todos los corazones de los presentes, como si se hubiera largado a gritar. Pero no, estaba riendo. Era una risa tan fuerte y tan cargada de placer, que daba miedo.
Ni ella misma supo porqué.
Recordó su incapacidad de sentir. Su indiferencia hacia la vida. Su escasez de deseos. Su sueño de volar y de no crecer, ni tener que cambiar ni independizarse. En fin, todo lo que le hizo recordar, quizá sin ser del todo consiente, su padre.
Y seguía riendo, sin encontrar la manera de detenerse.
Tal vez reía por todo el dolor. Porque esas palabras, en algún rincón de su corazón, debieron hacerle daño. Y porque ya estaba harta de llorar por estupideces, porque debe ser más lindo reir que llorar. Y en cada carcajada, dejaba escapar, un poco, todo el lamento que sentía por dentro.
Como las equivalencias que se realizan en las matemáticas y en otras artes similares, porque casi nadie sabe que la fuerza que produce el llanto, los gritos, y la desesperación, es la misma que la fuerza de la risa.

domingo, 17 de octubre de 2010

Donde se juntan los mundos


Mirar mariposas puede ser peligroso,

todo el mundo lo sabe,

podés correr el riesgo

de distraerte un instante.



Podés creer que sos libre,

libre de volar por ahí,

y no te das cuenta

que no vas a salir.



Y un caballero de armadura

te mostrará donde se juntan los mundos.

Te dejará que lo acompañes en su viaje,

sin compromiso alguno.



Pero te confundirá con otra mariposa,

en invien¡rno te dejará morir,

sin arrepentimiento ni compasión,

no existe un final feliz.



Mirar mariposas puede ser peligroso,

todo el mundo lo sabe.

Podés correr el riesgo

de enamorarte.



Y una guerrera de cabellos rojos,

te mostrará donde se juntan los mundos.

Te dejará que la acompañes en su viaje,

sin motivo alguno.



Pero te confundirá con una llave,

una llave para salir de allí,

y por mucho que te pese,

no existe un final feliz.