Todo texto aquí visto es pura creación de grillito, alias Azul, alias Fairy, alias la chica astronauta, alias Azul, alias la loca esa

toda imagen aquí vista es pura creación de alguna persona, ecepto grillito, a menos que ella diga lo contrario. Si quieren ver dibujos de ella, vayan a http://lachicamariposa.deviantart.com/

Procuren no chocarse con la luna!

jueves, 20 de junio de 2013

Hoy voy a decir la palabra

Hoy voy a decir la palabra Cáncer.,
Cáncer, Cáncer, Cáncer,
Cáncer, Cáncer, Cáncer,
Cáncer, Cáncer, Cáncer.
Hoy voy a decir la palabra Cáncer,
Por mi Mamá, que cuando lea esto
me va a decir “No digas la palabra Cáncer”
Y por mi Papá que nunca lloró
pero lloró cuando escuchó la palabra Cáncer.
Hoy voy a decir la palabra Cáncer,
porque todos deberían escuchar la palabra Cáncer
tanto los que están enfermos como los que no,
tanto los que lo sufrieron como los que no.
Porque nunca nadie va a poder acercarse
a sentir o a conocer realmente
todo lo que esconde la palabra Cáncer.
Y porque nadie merece que callen su verdad.
Hoy voy a decir la palabra Cáncer,
y voy a exclamarla y gritarla,
mientras tenga las fuerzas
por todos aquellos que no deben quedar en el olvido,
y para intentar, aunque más no sea,
atenuar el dolor
de ese cáncer
que es el miedo


y el desamparo.

jueves, 28 de febrero de 2013

Utopías cap 9: Humanización


La noche que murió mi madre fue… Bueno, obviamente no fue nada bonita, aunque en esos momentos aún no había asimilado por completo el hecho de su muerte. Para comprender la ausencia de alguien y el impacto que te causa, es necesario que transcurra el tiempo. Y desde luego, en el momento que ocurre no podés ni imaginarte lo que significa vivir el resto de tu vida sin esa persona.
No sentía tristeza, ni dolor, sino una mezcla extraña entre resignación… y bronca, una bronca que se acrecentaba a medida que pasaban las horas. Bronca por haber hecho todo el viaje al pedo, bronca por no haber pasado más tiempo con ella, y bronca por no haber llegado antes,  por haber perdido tiempo en estupideces  y haber perdido la pequeña oportunidad de que los remedios la hubieran sanado. En mi cerebro no había espacio para la tristeza, estaba demasiado ocupado reprochándome.  Al mismo tiempo, sentía que sabía que eso iba a pasar tarde o temprano, y en realidad siempre fui consciente de que tal vez mi madre moriría antes de que yo volviera a casa.
Esa noche, mi cabeza era un hervidero de pensamientos que se debatían entre la culpa y la disculpa, entre mis ideales y mi sentido común. Estábamos tirados en el piso de mi casa, con las bolsas de dormir. Ya habíamos enterrado a mamá, en las afueras de la villa, con la ayuda de Frank y las hermanas de Sally. Frank también estaba durmiendo en mi casa, y lo mismo Sally, en contra de todo pronóstico, pues yo estaba seguro de que prefería mil veces dormir en la casa de sus hermanas. Sally no es lo que dice una amiga muy atenta, a pesar de que no sea a propósito; y además siempre le huyó bastante a temas como la muerte, más allá de su alma liberal.
Y en ese momento dormía en una bolsa de dormir  junto a la mía, con una respiración lenta y densa que delataba la profundidad de su sueño. Dios, esa mujer podría dormir en medio de un terremoto y ni se mosquearía. Por extraño que sea, esa noche su respiración se me hacía algo ruidoso y molesto, era algo que regularmente marcaba el paso del tiempo y me envolvía en un sopor de pensamientos ventosos e inconstantes. Yo me sentía medio anestesiado, y probablemente estaba demasiado sensible hacia cualquier cosa. En un momento sentí una puntada de desesperación: necesitaba hacer algo, necesitaba salir del hechizo de las exhalaciones de Sally. Tenía ganas de hacer algo loco y arriesgado, ponerme a gritar y despertar a todos, pero enseguida me dije que era una estupidez, y no tuve el valor de cometer semejante estupidez. Era horrible ser el único despierto, teniendo en cuenta que era mi madre la que se había muerto, y que era obvio que no iba a poder dormir, y sin embargo los demás dormían como idiotas sin preocuparse por si tenía ganas de pegarme un tiro o matar a alguien.
Pero claro, no era el único despierto, y eso calmó un poco mis ansias. Jess estaba sollozando en la puerta de afuera, y desde adentro apenas se escuchaban sus lamentos, como los de un sutil fantasma. Jess parecía sufrir la muerte de mi madre más que yo mismo, sobre todo en esos momentos en los que todavía no había podido procesar la situación. Se la había pasado llorando toda la tarde. Decidí que los dos nos merecíamos un poco de compañía y salí afuera para sentarme a su lado.
-          No tenés que venir a consolarme- Musitó cuando se percató de mi presencia, sin dejar de cubrirse el rostro con las manos. – Mejor acostate y tratá de dormir.
No le hice caso y me acomodé cerca de ella.
-          No voy a poder dormir. – Me limité a decirle en voz baja, y ella no agregó nada.
Nos quedamos en silencio un rato largo. Disfruté de la brisa nocturna, como si por unos instantes ella fuera capaz de liberarme de mis pensamientos, o por lo menos de darme sensación de libertad. Estaba demasiado ofuscado como para tener una conversación, y ella no podía dejar de llorar, o al menos eso parecía. Por momentos daba la sensación de que se calmaba un poco, pero esos instantes eran fugaces. Yo no la entendía, y en un momento se lo dije.
-          Hey, no llores… No tenés porqué llorar… todos tenemos que morir alguna vez, ¿no? – Dije en un intento de sonar despreocupado, para que ella pueda tomárselo más a la ligera.
Jess emitió un gemido. Se quitó las manos del rostro y abrió los ojos, y por un instante me dio un vuelco el corazón. Sus ojos blancos, inundados de lágrimas, parecían brillar en la oscuridad, reflejando la escasa luz de la luna. Era una imagen que impresionaba y aterrorizaba, sobre todo porque los ojos de Jess tenían el poder de hacerte sentir que estabas al borde del abismo. Pero al mismo tiempo, no se podía negar que era algo místico y hermoso. Bueno, cuando superabas la parte escalofriante. Sus lágrimas parecían una extensión de sus ojos, también se veían blancas y resplandecían sobre sus mejillas.
-          Tu madre… no tenía que morir todavía… - Dijo con voz quebrada.
-          … ¿Qué decís?- Exclamé, sin terminar de comprender lo que quería decir con eso. – Está bien, tal vez a veces nos parece que ciertas cosas no deberían haber pasado… pero no te reproches. Que vos sepas todo lo que pasa en el mundo, no significa que podías anticiparte a su muerte. Vos misma lo dijiste, no podés ver el futuro.
Jess negó enérgicamente con la cabeza.
-¡No, no, no! No entendés, yo sí tuve la culpa. Yo estaba en el momento en el que a tu mamá le agarró el ataque. –su voz comenzó a temblar.  – Fue horrible… pero yo no quería que pasara… ¡Perdoname! – suplicó, y ahí se largó a llorar de vuelta.
Yo seguía sin entender nada, pero algo de lo que Jess decía me daba mala espina. De todas formas decidí consolarla, pues sabía que Jess solía hacerse demasiado drama por cosas que en realidad no valían tanto la pena.
-          Hey, tranquila.- Dije mientras torpemente le daba palmaditas en la espalda. – Contame ¿qué pasó cuando a mi mamá le agarró el ataque?
-          Yo… estaba hablando con ella… y la insulté, y ella se puso nerviosa… muy nerviosa, pude sentirlo, estaba aterrada, pero yo no podía pensar en eso… hablé sin pensar, dije cosas sin pensar… y cuando me di cuenta, supe que no me estaba escuchando, que  no respiraba, estaba tiesa, con la cara congelada en una expresión de horror… ¡Estaba muerta! ¡Y había sido por mi culpa!
-          ¿Pero qué le dijiste?- exclamé con un dejo de desesperación- ¿qué pudo haber sido tan terrible que la matara?
Jess dudó unos segundos, pero luego me miró de lleno con sus ojos de ciega brillantes.
-          Le dije… le recordé que vos no eras su hijo.
Tardé un poco en comprender la magnitud de lo que me estaba diciendo.
Mi primera reacción fue reír escépticamente, por supuesto. No era la primera vez que alguien hacía esa suposición, y yo me burlaba de los que la hacían ¿Quiénes se creían ellos para decir quiénes eran o no mis padres? Yo tenía razones para pensar que mi madre era mi madre biológica. Claro, nunca supe quién era mi padre, lo cual tal vez podría explicar mi aspecto, que desentonaba tanto con los demás terrenos. Pero mi madre era mi madre, y el que negara eso se las vería conmigo.
Obviamente, estaba olvidando que Jess no era cualquier persona.
-          Jess, ya sé que…
-          Matt.- Me calló.- Si te lo digo, es porque estoy segura.  Mercedes no era tu madre. Lo sé. Ella estuvo con vos desde que eras un bebé de 6 meses, pero no te parió. No lleva tu sangre.
-          Pero Jess, tengo razones para…
-          ¡Matt, dejá de mentirte! – Casi me gritó, y unas lágrimas atravesaron su rostro- ¡Lo sé, estoy segura, lo vi! Ya sabés de qué te estoy hablando. Sabés que soy capaz de saber esas cosas. Lo sé desde el momento que te conocí…
-          ¿¡Entonces por qué no me lo dijiste antes!? – Estallé, definitivamente enfadado. Por alguna razón, sus palabras me enfurecían.  ¿Por qué teníamos que hablar de esto ahora?
Jess, que de alguna manera siempre me había inspirado compasión, ahora se me hacía un ser cínico y morboso, ¿qué otra explicación había a esa situación? No podía entender a Jess, y en realidad nunca la había entendido.
Hasta su aire de nena buena me daba bronca. Me daba bronca su llanto, su inocencia, y sus buenas intenciones.
-          ¡No te lo dije porque pensaba que tenías que hablarlo con ella!- Me gritó, aunque casi no se le entendió nada, porque parecía ahogarse con sus propias lágrimas. Me sorprendía que los demás siguiesen durmiendo después de todo el lío que estábamos armando. - ¡Pero cuando vinimos acá, supe que ella no tenía intenciones de hablar con vos al respecto! ¡por eso decidí ir a tu casa cuando no estabas y así encontrarme con ella! Pero… Las cosas se me fueron de las manos y… ¡Yo no sabía que iba a pasar esto! – Y ahí pareció que no pudo resistirlo más y se volvió a rendir al llanto, cubriéndose nuevamente el rostro.
Yo estaba enojado, pero deseaba estarlo todavía más. Miraba a Jess llorar desconsoladamente, y sentía que se me iban las fuerzas. Deseaba simplemente odiarlo todo, a Jess, a mi madre, a la villa, a Sally, todo, pero me sentía débil y cansado.  Y mi voluntad para odiar se desinflaba inevitablemente como un globo pinchado. Lo cual era muy malo, porque si no sentía odio ¿qué iba a sentir? necesitaba llenar ese vacío incontrolable.
Tomé los restos de determinación que me quedaban para formular una pregunta importante.
-          En ese caso… ¿Quiénes son mis padres?
Jess gimió, como si mi pregunta le doliera.
-          ¡No sé! –Exclamó con desesperación. - ¡No puedo saberlo! ¡Es terrible Matt!
¡Ah! Mierda, Jess y sus poderes imperfectos. No podía ser de otra forma.
Otra vez deseé poder odiarla, pero mi bronca era una bronca muda, resignada a quedarse para siempre trabada en mi estómago.
Traté de relajarme y darle un descanso a mi mente, pero en cuanto lo intenté sentí como todo lo sucedido en el día impactaba sobre mí como un golpe en el cerebro.
De repente, lo vi todo, la muerte de mi madre, su engaño de toda la vida… Jess lloraba, y yo solo sentía una impotencia enorme, y unas tremendas ganas de desaparecer de la faz de la tierra. Tenía ganas de enloquecer, de destruirlo todo,  pero me sentía tan débil, tan insignificante, tan patético…
No sé cuánto tiempo pasó después de eso. Pudieron haber sido segundos u horas, lo hubiera sentido igual. No dijimos una sola palabra hasta que amaneció. Jess lloraba, y yo creo que también, no estoy seguro. Estaba demasiado metido en mis pensamientos como para saberlo. En algún momento nos calmamos.
-          Perdoname… - Musitó ella. Yo sentí un atisbo de la bronca que antes había tenido, pero ya no era exactamente dirigida hacia ella, si no al hecho de que deseaba terminar con este tema de una vez por todas, irme a dormir, no pensar más en el asunto.
-           No tengo nada que perdonar- Repliqué con sinceridad. Por mucho que quisiera echarle la culpa, sabía que era una manera demasiado fácil de descargarme, y que no era justo.
-          No digas estupideces…- murmuró con voz débil. Pero no dijo nada más. Parecía agotada de tanta angustia, aunque tal vez me lo parecía solo porque yo me encontraba de la misma manera.
En algún momento, cuando el sol ya había salido casi por completo, me percaté de algo y miré a mi amiga con extrañeza.
-          Es la primera vez que te veo llorar…
Jess me miró como si no entendiera a que me refería.
-          ¿Habías llorado antes?
Se quedó un rato mirando hacía ningún lado, demasiado concentrada en sus pensamientos.
-          Creo que… no. No que yo recuerde. – Y se quedó callada, como si aquel planteamiento le hubiera dado algo nuevo en que pensar.
Un poco después me reí sin ganas y le dije:
-          En ese caso, no deberías gastar tus lágrimas en la muerte de una mujer que ni conocés.
-          Matt… No digas eso…- Murmuró con voz ronca.
-          Pero tengo razón. Sabés que la muerte es inevitable, tarde o temprano iba a pasar, siempre lo supe… No podés ponerte así por cada desconocido que ves morir.
-          Pero no era cualquier desconocido… Era tu madre. Y murió por mi culpa…
-          Eso es discutible. Si no me hubiera mentido todos estos años, nada hubiera pasado.
-          Aún así, una muerte no es motivo para alegrarse.
-          ¿Y me lo vas a decir a mi? Pero no importa. Tu vida va a ser demasiado dura si vivís preocupándote de esa manera por todo el mundo. Te lo digo como un concejo.
Jess bajó la vista.
-          ¿Y cómo se supone que haga, si puedo ver el sufrimiento de todos los demás?
Suspiré. Tenía razón, al fin de cuentas. Jess nunca iba a poder librarse de su omnisciencia ni de la carga que ella implicaba (O al menos eso creía). Más allá de todo lo que me estaba pasando, nuevamente agradecía no estar en su lugar.
-          …Tus poderes son una maldita mierda. – Sentencié, con amargura.
Ella se rió, aunque fue una risa medio sollozada. Aun así, me relajé de ver a Jess un poco más feliz.
-          Jess… la verdad es que estoy muy cansado… Me gustaría tirarme un rato, si no te molesta. Ya tuve demasiadas emociones para un día… - Me sentía un poco mal, no sabía si lo correcto era dejarla sola. Tenía miedo de que le agarraran uno de esos ataques vomitivos que le daban cuando estaba triste o de mal humor. Sin embargo, ella me respondió:
-          No, está bien. La verdad es que yo también dormiría un rato.
Eso era raro, Jess casi nunca dormía. Pero decidí dejarla. La verdad, ya no tenía ganas de discutir ni de hacer nada. Solo quería tirarme y no pensar, dormir.
Efectivamente, se cumplió mi deseo, porque apenas me acosté caí en un sueño profundo y sin sueños. Fue algo sanador, aunque desde luego no solucionó ninguno de mis problemas.
Me pareció que solo habían pasado unos segundos cuando desperté, en la tarde, sobresaltado por un grito que provenía de la bolsa de dormir de Jess.
Todavía no me había despertado del todo, cuando veo a Sally entrar en la casa con cara de susto, y luego relajarse un poco para después frustrase.
-          Jess ¡¿Se puede saber qué te pasa? ¡Me pegué un susto horrible!... – Pero una vez que dijo eso, entrecerró sus ojos, como si acabara de darse cuenta de algo- … Estás distinta.
-          ¡No me digas! – Exclamó Jess con desesperación.
Yo todavía estaba medio estúpido por el sueño, así que no entendía muy bien la situación. En un intento por hacerlo, me incorporé y me restregué los ojos. Y cuando vi a Jess… lo primero que pensé fue que no era ella.
Ciertamente, Jess estaba distinta, estaba muy distinta.
Para empezar, su cabello ya no estaba blanco, ahora era oscuro, aunque de un color indefinido. Algo así como un marrón blancuzco. Otros detalles que en ese momento no distinguí muy bien pero que pronto se hicieron muy notorios, fue que sus cejas y sus pestañas tampoco eran blancas ahora. Su color de piel era más rosáceo, y su antigua palidez parecía muy evidente en estos momentos. Ahora era posible imaginar que la sangre corría por sus venas, y hasta el rubor grisáceo de sus mejillas tomó una apariencia más normal.
Y sus ojos… No solo ya no eran blancos, si no que ya no producían esa sensación de vacío… Su ojos eran… eran grises, sí, pero eran ojos al fin y al cabo, completos, con sus pupilas, su iris…
Tenían un brillo particular, podía leerse la emoción a través de ellos.
Jess volvió a chillar, parecía bastante asustada.
-          Jess, ¿qué te pasó?
Lo que dijo a continuación nos desconcertó.
-          Creo… ¡Creo que estoy ciega!- Gritó desesperada.
Sally y yo nos miramos sin entender. Que Jess estuviera ciega no tenía mucho sentido, puesto a que ahora tenía ojos de verdad.
Jess empezó a ponerse muy nerviosa. Jadeaba, gemía, tanteaba para todos lados como si temiera que los objetos a su alrededor desaparecieran. Y entonces, pasó lo que había estado esperando que no pasara, y comenzó a hacer arcadas.
-          ¡Sally, traé una palangana!- Reaccioné.
Sally actuó con rapidez, y yo me levanté y me acerqué a mi amiga. Cuando Sally trajo el balde, Jess se inclinó sobre él y vomitó estrepitosamente un líquido espeso y pegajoso, que, efectivamente, era más rojo de lo normal. Eso no sirvió para calmarla, de todos modos. Temblaba, traspiraba.
-          Tranquila, Jess, todo está bien. – Le dije, aunque decir eso era casi como mentir, porque la situación me daba escalofríos.
-          ¡Tengo miedo, Matt!- Chilló Jess, y a mí se me heló la sangre.
No tardó mucho en volver a dormirse. Cuando tenía estos ataques quedaba exhausta, y se dormía sin poder evitarlo. Pero ni Sally ni yo podíamos sacarnos la sensación que nos invadió.
-          ¿Qué fue eso? – Exclamé.
Sally frunció los labios.
-          Se transformó en una persona normal. Debió haber sido doloroso.

Nuevamente me sorprendía con su acertada sencillez para observar el mundo.
En efecto, Jess se había transformado en una persona normal, o, por lo menos, lo más normal que podía ser. Los supimos poco después que despertó.
No se había quedado ciega, había perdido sus poderes, tal vez no completamente, pero sí una gran parte de ellos. Para ella, debió haber sido como si se le desmoronara la realidad de golpe, toda esa información que llegaba a su cerebro de repente dejó de hacerlo. Era lógico que se sintiera ciega, pero poco después confirmó que ahora observaba las cosas de una manera distinta, que veía cosas que antes, de alguna forma, pasaba por alto. Los colores eran más vivos, los detalles más nítidos. Pero eso no compensaba el conocimiento de todas las cosas, al menos eso pensaba ella. Estaba enojada consigo misma, no podía entender cómo es que había dejado que le pasara eso.
Pronto comenzó a sentir hambre y sueño de manera regular. Aceptó comer algunas cosas, aunque, como yo, no comía carne. Para ella era una abominación comer cualquier cosa que estuviera viva, comer animales era demasiado. Ahora que lo recuerdo, Jess solía decir que la mente de los animales era un enigma para ella, pues no podía explorarla como lo hacía con la mente humana. Probablemente, por ese respeto que les tenía era que no se animaba a comerlos.
Tiempo después descubrió que no había perdido del todo su omnisciencia, pero ahora se manifestaban en su mente como flashes que venían a ella sin que los invocara, casi como premoniciones, solo que no eran del futuro, sino del presente y del pasado. Si era extremadamente necesario, Jess podía utilizar sus poderes con voluntad propia para averiguar algo en particular, pero eso la dejaba exhausta y la frustraba.
No había caso, Jess se había humanizado, y sabíamos que ya no podríamos usar sus poderes para nuestro favor.
-          Al menos Kevin se pondrá feliz… - Le dije una vez que la oí quejarse, recordando cuando nuestro amigo le había pedido que intentara no usar sus poderes.
Sally no parecía preocupada al respecto, al contrario, se la veía bastante feliz.
-          No entiendo porqué Jess se queja tanto. – Me dijo una vez. – No debería sentirse culpable, y menos por nosotros. Ahora que tu madre murió… - Recuerdo que titubeó en ese momento. – Bueno, lo que quiero decir es que ya compramos los remedios, sólo necesitamos plata suficiente como para poder sobrevivir, y eso lo podemos lograr sin Jess… Además, creo que le va a hacer bien, ¿no? Kevin lo dijo una vez, que sus poderes le causaban esos ataques… Supongo que ahora ya podrá estar un poco en paz… Pensalo, con el aspecto que tiene ahora ya ni necesita esconderse… ¡Va a poder dejar ese abrigo y esos lentes que acarrea para todos lados!
Toda esa perorata me dio a entender que Sally estaba feliz de que Jess ya no sea tan extraña.
Y la verdad, nunca vi a Sally y a Jess tan unidas como en esos tiempos. A veces me las encontraba hablando (igual que me los encontraba a Kevin y a Jess) en voz baja, vaya uno a saber de qué. Se había convertido en unas chismosas insoportables, pero en el fondo me alegraba verlas llevándose tan bien. Sally hasta le ofreció prestarle un poco de ropa, para, como ella misma había dicho antes, dejara de usar ese abrigo pesado.
Me acuerdo que la obligó a probarse un par de blusas y polleras largas y me dijo:
-          Ahora es oficialmente una persona normal, ¿Acaso no se ve hermosa?
Entonces observé a Jess, que se veía algo avergonzada por el alborozo de Sally. Y no supe qué responder. Por un lado, jamás supe si Jess era “hermosa”. Ahora que lo pienso, Jess era bastante bonita, siempre lo fue, incluso cuando era albina, aunque bueno, en ese entonces era demasiado extraña como para andar analizando si sus rasgos eran agradables o no. Pero nunca me pareció atractiva, o al menos nunca pude pensar en ella de esa manera, aunque no sé exactamente porqué.  Por otro lado, la ropa que Sally le había prestado a Jess (Que obviamente había heredado de sus hermanas) era demasiado evidente que era ropa de Terrenos. Y a Sally le quedaba bien, porque las telas livianas y los colores claros contrastaban con su piel oscura, pero Jess, que incluso en esos momentos su tez era bastante pálida (aunque ahora tenía un tono rosáceo) se veía… demasiado clara, demasiado transparente, casi frágil. Para mí era extraño, Jess parecía disfrazada de Sally, y aunque no era un disfraz creíble, me confundía un poco, de alguna manera…
No tardamos en decidir que debíamos volver a la capital. Para empezar, realmente queríamos hablar con Kevin, pensando que él tal vez podía ofrecernos más información acerca de la reciente transformación de Jess. Y ahora que mi mamá estaba muerta, ya no tenía razón ni ganas de quedarme. Por algún motivo, Sally decidió acompañarme, aunque yo estaba seguro de que prefería quedarse un tiempo más en la villa. De todas formas, no tardo en emprender su regreso, cuando tuvo la oportunidad y una “excusa”…


Quiero aclarar algo que tal vez no viene al caso, pero que para mí es necesario. No odio a mi madre. A Mercedes, quiero decir. No podría hacerlo.
No fue la mejor madre del mundo, es cierto, y también es cierto que arriesgué mucho para comprarle los remedios a una señora que en realidad me había mentido un montón de años, y ni siquiera llegué a tiempo. Pero no la culpo, por nada. Ella solo me dijo lo que yo quería oír. Nunca quise aceptar que yo no era un Terreno, y menos que era un nacido de Mágistral. Ella me mintió, pero yo accedí contento al engaño, que al fin de cuentas, era bastante obvio.
No habrá sido la mejor madre del mundo, pero estuvo ahí siempre que la necesité, me cuidó cuando nadie más quería hacerlo. Se las arregló para que me aceptaran en un mundo de terrenos, donde yo era evidentemente diferente.
Me costó hacerle el duelo, al principio, porque inmediatamente después a su muerte pasaron muchas cosas. Y admito que durante un tiempo me costó perdonarla.
Pero en este último año, he tenido tiempo para pensar las cosas más fríamente, y me di cuenta de que en realidad ninguno de sus engaños podrán empañar todos esos años en los que se dedicó a mi… como pudo.
Le tengo mucho respeto a su recuerdo, y aún hay días en los que me reprocho por no haber llegado a casa antes, por no haber podido tener una conversación sincera con ella, por no haber podido perdonarla cuando todavía estaba viva.
Pero sé que no vale la pena, que es inútil reprocharse esas cosas. Que hay cosas que pasan porque tienen que pasar, y que no se pueden cambiar, por mucho que queramos. Y porque es ridículo desear que mi madre todavía viva, porque eso es pedir demasiado, es desafiar todo lo que viví después de su muerte, es reprochar a la naturaleza de la misma forma que Kevin y yo lo hacemos todos los días en el laboratorio, sin lograr ningún resultado productivo.

lunes, 25 de febrero de 2013

El buen sueño


El buen sueño huele
a espacio sideral,
a agujeros negros interdimencionales,
a asteroides sin destino.
A estrellas disueltas
en la densidad de la atmósfera,
al reflejo blanquecino de la luna.
Y a todo eso
en donde la noche es eterna,
y uno puede dormir
todo el tiempo que quiera,
o por lo menos,
                                                                        para siempre.

Humillación


Siento la Humillación
Como una saliva pegajosa
Que se me escurre por todo el cuerpo
Como el caminar sinuoso de una araña
Sobre la espalda
Como la jaula de los dedos
A través de mis ojos

Como una respiración en la nuca,
Como si fuera una peli de terror
Pero el terror es saber lo prohibido
La tentación de lo incorrecto
Como una pesadilla sobre el pecho
Tu inminente presencia cerca mío

Como tus palabras que me envuelven
Silenciosamente me atrapan, me arrullan,
Para sorprenderme con tu beso húmedo
Con tu lengua de pulpo
Tu tinta oscura sobre mi rostro
Me lleva a una oscuridad prematura,
Indecorosa, y no quiero saber nada,
Ni entender nada
No quiero despertar

lunes, 4 de febrero de 2013

El mito


En el pueblo todos sabían que la Princesa Eliana debía casarse con un descendiente directo del sol, porque así había sido desde siempre. Por eso no eran muchos los que aspiraban a poseerla, porque nadie sabía exactamente qué significaba ser un descendiente del sol. Sólo el hechicero real era capaz de identificar los espíritus solares.
De todas formas, la Princesa Eliana tampoco esperaba su casamiento con grandes ansias. No le huía a su destino, sabía que tarde o temprano conocería a su esposo, pero no se desesperaba por aquello, ni intentaba buscarlo en las caras de los desconocidos.
Era cierto que siempre le pareció un poco extraña toda esa historia de los descendientes del sol, y no entendía porque debía casarse con uno, si teóricamente su padre también lo era, y solo por eso había obtenido el privilegio de casarse con su madre; lo cual, en su opinión, aparte de ser una condición absurda y carente de fundamento, convertía al matrimonio en algo extrañamente incestuoso.
Pero no se quejaba. Enamorarse jamás había sido una expectativa en su vida, por lo cual era toda una comodidad que se encargaran de elegir por ella al hombre al cual debía amar, como se encargaban de tantas cosas…
Aún así, algunos locos lo intentaban. Se presentaban al palacio, algunos arreglados con sus mejores trapos, haciendo despliegue de todas sus posesiones y mejores talentos, exhibiendo actos exagerados de coquetería y alabanzas; y otros completamente borrachos, tal vez probando suerte en la lotería ridículamente improbable de merecer la mano de la futura reina, otros llorando por su pobreza y por el irresistible amor platónico que les despertaba la imagen mítica de la Princesa.
Eliana solo había visto alguno de ellos, y sólo los más presentables. Pero no le sugerían el menor interés, y en un par de ocasiones había suspirado de alivio cuando el hechicero dijo que no eran merecedores del trono. Aunque Eliana solía cuestionar para sus adentros las tradiciones familiares, ella pensaba que su esposo debía ser absolutamente impresionante. Esa persona tenía que ser realmente digna del reino, y por sobre todas las cosas, digna de ella, de la imponente hija de miles de generaciones ancestrales, todas ellas parientes de algún astro espectacular.
Pero un día los astros quisieron que las cosas fueran distintas. Esa tarde, uno de los jóvenes locos más locos del pueblo se inmiscuyó por las habitaciones del castillo, por fuerza de la desesperación logró burlar a los guardias y se topó cara a cara con la princesa, que en ese momento estaba hablando con la cocinera sobre la sopa del mediodía; se arrodilló delante de ella, y con unas manos blancas como un muerto le tironeó de la falda y sintió a través de la tela el tacto insinuado de sus piernas. Nadie, nunca, en la historia de su vida, había roto de tal forma el encanto de su majestuosidad, jamás habían atravesado la línea invisible de su espacio personal, y fue por eso que la Princesa no supo reaccionar de ningún modo.
El joven tenía el pelo indecentemente largo, los ojos del color de la tierra mojada y la cara demasiado extraña. Unas ojeras profundas de años de tormento y un olor a tristeza infinita. Y lloraba, lloraba como la princesa no había visto llorar a nadie, sin que se le transformara el rostro, como si las lágrimas fueran algo ajeno, algo que no importaba.
Para ese entonces medio castillo se encontraba ya en la cocina, pero eso no había evitado que el joven le declarara su amor y le llorara que la necesitaba y que no deje que se lo llevaran, que si se iba se moría, que se estaba muriendo ahora mismo, que allá afuera no tenía nada y que ella lo era todo, era el sueño en la tierra, sus únicas esperanzas para existir.
Cuando los guardias lo agarraron, el joven se sostuvo con tanta fuerza de Eliana que le arrancó un trozo del vestido, y entonces chilló y se retorció como una lagartija en sus intentos de zafarse, sin lograr nada y alejándose cada vez más de Eliana, que observaba estupefacta.
Algunos presentes hicieron algunos comentarios de indignación, otros le preguntaron a Eliana si estaba bien, incluso se compadecieron de ella, pero al poco tiempo todos volvieron a sus labores cotidianos y no volvieron a hablar del asunto. Todo siguió tan normal, que era como si no hubiera pasado nada.
Hasta Eliana creyó haber olvidado lo sucedido, pero lo cierto era que aquel encuentro le dejó una sensación de vació que intentó llenar con chocolates y pensamientos. Y cuando menos se lo esperaba, se encontraba a sí misma rememorando aquel momento, cada vez con más detalle y dramatismo, que probablemente solo eran condimentos de su imaginación. Comenzó a soñarle en escenarios de su vida diaria, confundiéndole con el mayordomo, el jardinero, el hechicero y hasta con su propio padre; despertando en un baño de sudor y completamente convencida de que ésta vez estaba en el castillo de verdad, ya que lo había visto marchar solo una vez, pero 50 veces volver.
Al principio Eliana deploraba su enamoramiento no deseado, andaba sola por los rincones y no se hablaba con nadie porque se avergonzaba de su ingenuidad y de su amor frustrado. Pero poco a poco se fue dejando vencer, dejándose llevar por la lógica insegura de las ilusiones, imaginándolo descaradamente en cualquier momento del día y en cualquier lugar.
Los demás se dieron cuenta de su ensimismamiento, y muchos creyeron que andaba enferma. El hechicero la examinó y dictaminó que había sido embrujada por aquel joven maniático y perverso, pero Eliana estaba segura de que no era así. Y tenía razón.
Ningún humano podría haber enamorado a la Princesa. El joven que irrumpió en su vida aquella tarde estaba desesperado, pero no de amor, y realmente se estaba muriendo.
Su nombre era Pedro Vega, y odiaba a la familia real porque para él eran el significado de su pobreza y su soledad. Pero estaba endeudado hasta la muerte, y en el último momento de su vida quiso que el reino se hiciera cargo de su situación, aunque era una locura suponer que eso era posible.
Eso Eliana no lo sabía ni le importaba. Ella no conocía a aquel hombre llamado Pedro, y realmente le daba igual si seguía vivo. Pero él le había dado algo que no le había dado ningún otro hombre: La sensación de que alguien la necesitaba. De que alguien que existía y tenía sentimientos reales sufría por ella. Todos los que habían desfilado por el palacio, con sus caras bonitas y sus vidas plenas no podían ofrecerle más que una vida común y silvestre, pero ella estaba para más que eso, mucho más.
El joven se convirtió en un mito, en un mantra que Eliana rezaba para llenar el vacío que los lujos no podían. El espíritu de aquel recuerdo tenía la magia de que podía sucederse y modificarse en cualquier momento.
Con el tiempo se le marchitó la sensatez y la cordura, susurrando salmos por los pasillos para atraer al fantasma de su amor no correspondido. La gente del castillo la evitaba prudentemente. Pero no le importaba. Nada le importaba.
Por fin encontró un hombre digno de ella.

domingo, 12 de agosto de 2012

Utopías capítulo 8 - Regreso a casa


A diferencia de los otros dos, Jess realizaba ese recorrido por primera vez. Naturalmente, había visto aquel parámetro de tierra desierto en los recuerdos de sus dos amigos, pero recorrerlo ella misma era otra cosa.
A pesar de que Matt y Sally estaban (obviamente) emocionados por volver a casa, con los remedios correspondientes para la madre de Matt, a Jess ese pequeño viaje le daba malos presentimientos.
Lo cual le inquietaba, porque generalmente sus malos presentimientos eran fundamentados. Tal vez solo era que seguían estando demasiado cerca de la capital, lugar que siempre le causó escalofríos, por alguna razón. Aunque lo más probable sea que (a pesar de que ella se negaba a aceptarlo) que no tenía nada de ganas de perder a los únicos dos amigos que tenía en el mundo…
De hecho, en los últimos días estuvo pensando bastante al respecto. ¿Qué haría cuando sus amigos se reencontraran con sus familiares? Ahora que ya habían conseguido los dichosos remedios, no había razón alguna para volver a la ciudad. Probablemente quieran quedarse en la Villa Terrena para reencontrarse con sus amigos. Y ella… ¿Qué haría en aquel lugar? ¿La aceptarían? Y Matt y Sally… ¿No se olvidarían de ella, ahora que ya no la necesitaban?
Todas esas preguntas pasaban por su mente a gran velocidad, pero sin embargo no se animó a hacerlas verbales delante de sus dos amigos, que iban charlando entusiasmados, sin percatarse del silencio de Jess.
Cuando llegaron a la villa, el lugar estaba aparentemente desierto. Nadie salió a recibirlos, porque nadie los esperaba.
Había pasado tan solo un año, y sin embargo, Matt y Sally sintieron que habían crecido un montón en aquel transcurso, y que la última vez que se habían encontrado en aquel lugar, eran tan solo unos niños, muy lejanos a su situación actual.
Las pequeñas casas de la villa le parecieron mucho más humildes de lo que eran antes. Parecían construcciones de juguete, que podían desmoronarse con la fuerza del viento más débil. Dos niños pasaron corriendo cerca de ellos, pero ninguno les prestó atención.
Matt suspiró. Después de tanto tiempo, ya estaban en casa.
Fueron hacía dónde Matt había vivido todos sus 17 años. El chico llamó a la puerta. El que abrió era un hombre alto, de cara cuadrada cuyo distintivo siempre fueron sus lentes rotos. Matt se acordaba de él, se llamaba Frank, y era uno de los pocos vecinos que habían logrado conseguir un trabajo en la capital, pero que aún así seguía viviendo en la Villa Terrena. El Hombre se sorprendió al ver al muchacho rubio, y lo único que hizo fue exclamar:
            - ¡Mercedes! ¡Tu hijo volvió!
Reinaron unos segundos de un silencio incómodo, hasta que se escuchó la débil voz de la mujer.
            - ¿Estás hablando en serio, Frank?
El hombre le hizo a Matt un gesto con la cabeza, indicándole que pasara. Sally también entró, con total confianza. Jess, en cambio, se quedó parada sin saber muy bien qué hacer. Frank la miró detenidamente, y sus ojos se detuvieron en su rostro blanco como el papel más frágil, y en su cabello que parecía plateado a la luz  intensa del sol. La observó con curiosidad, pero al rato desvió la mirada, como si hubiera decidido que en la capital habían muchas cosas extrañas que él aún desconocía.
Él también se fue al interior de la casa, pero había dejado la puerta abierta, y Jess lo interpretó como una invitación para pasar.
Allí dentro se encontró con la madre de Matt, Mercedes, empotrada en su silla, saludando efusivamente a los dos chicos.
Matt la encontró, al igual que al barrio, más decrépita, arrugada y grande de lo que la recordaba. Pero estaba tan feliz de haber concluido su viaje que se dejó estrujar por sus brazos tiesos hasta que casi lo dejó sin oxígeno, y se dejó besar las infinitas veces que ella quiso, sin que le importara el contacto de su piel húmeda, blanda, y pegajosa.
 Jess, observaba la escena desde lejos, y empezó a sentir un odio profundo que nunca antes había sentido. Esa mujer se pavoneaba de su invalidez y de sus debilidades, pero era una cruel mentirosa. Matt había viajado, había sufrido de hambre y de frío solo por una vulgar mentirosa. Y eso no estaba bien, o al menos para Jess, eso era una terrible injusticia que debía equilibrarse.
Matt le dijo algo a Sally, y luego la chica se acercó a dónde estaba Jess.
            - Matt quiere estar un tiempo a solas con su madre. – Le dijo. – Así que ¿No te importaría acompañarme a visitar a mis hermanas?
Jess se limitó a asentir, sin pensar realmente si tenía ganas de conocer a las hermanas de Sally o no.
Se dejó conducir por la chica, sin prestar atención a dónde iban, sumida en sus pensamientos. Sally sacó un cigarrillo, y comentó:
            - No sabés qué bueno estar en casa de vuelta, ¡De verdad! Creí que yéndome de acá me sentiría más libre, y bueno, por un lado fue así, pero por otro…- hizo una pausa mientras agarraba el encendedor y prendía el cigarro.- La verdad, no se puede ser totalmente libre con Matt al lado. Ya sabés que lo quiero un montón, pero es un poco paranoico. No me deja hacer casi nada…
Exhaló el humo al mismo tiempo que suspiraba, aparentemente feliz y fresca.
Jess no dijo nada, y Sally no se extrañó de eso. En el camino se cruzó con un par de personas que la reconocieron y la saludaron alegremente. Pero ninguno se detuvo a charlar con ella. Finalmente llegaron a la casa de las hermanas de Sally.
Jess hubiera jurado que la casa era un poco mas humilde que la de Matt… poco después se dio cuenta de que en realidad era que estaba más desordenada. Desde fuera se escuchaba una música bochinchera y ruidosa. Sally llamó a la puerta, y tuvo que llamar un par de veces más, porque al parecer la música estaba algo fuerte.
Abrió la hermana del medio, Becca. Al ver a su hermana, sonrió ampliamente y se abalanzó sobre ella en un abrazo afectuoso.
            - ¡Rachel! ¡Cuánto tiempo! Ruth decía que no ibas a volver, pero yo decía que no ibas a poder olvidarte tan fácilmente de nosotras…
            - Jaja, si, seguí soñando…- le respondió Sally con una sonrisa.
            - Pero tan equivocada no estaba, ¿No? por lo menos volviste…
            - Claro que iba a volver, teníamos que traerle los remedios a la madre de Matt…
            - Si, bueno, pero con vos nunca se sabe. – Cuando dijo esto, se apartó de la puerta e hizo un gesto para que las demás pasaran. Entró, y bajó el volumen del grabador, y entonces la música yo no parecía tan ruidosa. No se percató de la presencia de Jess hasta que estuvo adentro de la casa. La miró de arriba abajo sin disimulo y luego le dijo a Sally.
            - ¿Y a ésta de dónde la trajiste?
Sally se rió.
            - Es Jess. Nos ayudó mucho, tuvimos mucha suerte de encontrarla.
            - ¿Ah, si? ya me parecía que no podía haberle salido todo bien a ustedes sin un poquito de ayuda… ¿Y en qué los ayudó?
            - Ella…- Comenzó a decir Sally, y luego esbozó una sonrisita de complicidad.- Ella puede saberlo todo. Absolutamente todo.
Eso no era cierto, y era evidente que Sally lo había dicho así para agregarle un poco más de dramatismo. En otro momento, Jess hubiera saltado y habría corregido esa información, pero en ese instante se sentía extraña, como si estuviera demasiado concentrada en otra cosa, o como si estuviera en un lugar al cual ella no pertenecía. Estaba muda, desaparecida, inexistente. Más que nunca.
            - ¡No jodas! ¡Qué esas cosas no existen!
            - Lo digo enserio. Puede saber todo lo que pasó alguna vez y todo lo que está pasando en cualquier lugar del mundo. Puede saber hasta lo que estás pensando.
            - ¡No es cierto!
            - Preguntale a ella…
Becca se sentó en una silla, apoyó el codo en la mesa y miró a Jess, expectante.
            - Bueno, dale. Decime en qué estoy pensando.
Jess le respondió sin entusiasmo.
            - Estás pensando en mí.
Becca frunció el ceño.
            - No exactamente…
            - Es que no puedo saber exactamente lo que estás pensando. Tus otros pensamientos se contaminaron con el hecho de que estás pensando en mí, y eso bloquea gran parte de mi habilidad. No puedo saber los pensamientos de las personas cuando tienen que ver conmigo.
Becca se quedó callada durante unos instantes y luego miró a Sally con una expreción de decepción.
            - ¡Así cualquiera…!
Sally se encogió de hombros.
            - Lo creas o no, ella realmente es capaz de verlo todo… bueno, con algunas excepciones, pero muy pequeñas, la verdad. Gracias a ella logramos conseguir la plata suficiente para los remedios y estoy acá.
Becca torció el gesto y luego dijo.
            - Si vos lo decís… tendré que creerlo, porqué no. Hay tantas cosas extrañas en este mundo, que una más no hace nada… Bueno, pero sientense acá conmigo y cuentenme como fue su viaje… - Y luego miró a Sally.- Dale, que aunque no lo creas, te extrañé mucho…
Sally se rió, sabiendo que su hermana no había pensado en ella ni un solo día.
Las dos chicas se sentaron alrededor de la vieja mesa de madera, y enseguida Becca y su hermana se enfrascaron en una conversación en la cual volvieron a olvidarse completamente de Jess.
Esta se puso a observar los detalles de aquella habitación, que parecía ser algo así como una cocina/comedor, aunque bastante primitivo, a decir verdad. El piso era de tierra, las mesadas unos muebles viejos y gastados, mal colocados y cada uno de un diseño completamente diferente al otro (arriba de uno de ellos se encontraba el grabador). En un costado, había una palangana con agua aparentemente limpia, y otra con agua sucia. Uno de los muebles tenía bolsas de hielo adentro, hielo que estaba bastante derretido y se notaba gracias a un pequeño charco que amenazaba con crecer. Amontonados en un rincón, varios vasos y platos sucios que eran rondados por las moscas. Se encontraba también, entre las mesadas, unas garrafas de gas.
Las paredes eran de cemento sin pintar, y había otra habitación, cuya puerta estaba cerrada.
            - ¿Dónde está Ruth? – Escuchó que decía Sally en un momento.
            - Durmiendo, obviamente. Anoche se fue a no sé dónde y volvió tarde. – Dijo mientras hacía un gesto hacia la puerta cerrada.
Jess se puso a pensar en que conocía la historia completa de Sally y sus hermanas. Ellas eran Ruth, Rebecca y Rachel, y bien podrían llamarlas “Las hermanas R”.
Ruth era la más hermosa de las tres. Sus rasgos eran menos acentuados, a diferencia de sus hermanas, cuyo mayor defecto podría ser una nariz larga. Tenía la cara redonda, los ojos negros como la oscuridad más espesa, la nariz delicada y los labios gruesos, pero sin exagerar. Su piel era uniforme y del moreno más cálido.
Pero no era para nada perfecta, de hecho, era bastante antipática, o por lo menos, la menos simpática de las tres. Aunque quería a Sally, de pequeña siempre la descuidaba, y era de expresiones torpes, por lo cual solía verse más bonita cuando se quedaba quieta. Sally sabía que nunca iba a poder encontrar a Ruth levantada antes de las 4 de la tarde, y todas las noches las pasaba fuera de casa.
 Rebecca (Becca para casi todo el mundo) era la contraparte de Ruth. No era tan linda como sus dos hermanas, sus rasgos eran más marcados y su nariz era decididamente larga. Pero tenía un encanto natural, era cálida y agradable con casi todo el mundo, lo cual también le daba hermosura. Tenía una buena relación Sally cuando era pequeña, mejor que la que tenía Ruth, pero tampoco era muy responsable con ella. Aún así, siempre fue un poco más recatada que Ruth y procuraba quedarse en casa por las noches para no dejar sola a la pequeña Rachel.
Así, casi podemos decir que Sally es una mezcla de las dos. Pero la verdad es más larga que eso. Rebecca no es pariente sanguínea ni de Ruth ni de Rachel. Las tres emigraron a Mágistral cuando eran muy pequeñas, huyendo de las guerras de Terra. Sus padres las metieron en ese barco, cómo hicieron con muchos de los jóvenes. Ruth y Rebecca eran pequeñas y Rachel, casi era una bebé. Rebecca tuvo la suerte de encontrarse con Ruth en el barco, y desde entonces no estuvo más sola. Se ayudaron entre ellas durante toda su vida, de manera que prácticamente olvidaron que en realidad no son hermanas. De hecho, Sally nunca supo que Becca no era pariente suyo, y como son bastante parecidas entre sí, en la Villa siempre asumieron que eran hermanas. Ninguna guarda recuerdos de su pasado, y Sally nunca les preguntó sobre su origen, o sus padres, por un lado porque pensaba que a sus hermanas no les gustaba hablar del tema, y por otro porque, en realidad, no le importaba demasiado. Sally siempre fue de encarar al futuro y no pensar en el pasado, y como junto con sus hermanas se las arreglaba bastante bien ¿Para qué necesitaba un padre o una madre?
Pero Jess sí sabía todo eso, y se estaba dando cuenta de que en la Villa Terrena, los lazos familiares eran bastante extraños, y se estaba preguntando si debía hacer algo al respecto…
            - … Y ese chico, Matt, ¿sigue enganchado con vos? - Escuchó que preguntó Becca en un momento.
Sally se encogió de hombros.
            - Supongo que sí.
            - Ese chico sí que es raro. Y bastante terco, además.
Sally se rió.
            - Sí, es verdad. Pero tiene su lado divertido. Y es el único con ganas de cambiar las cosas. También es el único que me ofreció la oportunidad de irme de acá, lo cual fue lo mejor que alguien hizo por mi.
            - ¡Hey! no seas así, este lugar no es tan malo…
            - Decís eso porque no conocés nada mejor.
Becca lanzó una carcajada.
            - Me parece que Matt te está llenando la cabeza.
Sally sonrió.
            - Puede ser. – Admitió.
Se quedaron un rato en silencio, y luego Becca retomó la charla.
            - Pero si algún día decidís sentar cabeza… Matt no es un mal chico, ¿no? Y te quiere. Y además es bastante listo, así que seguro que puede cuidarte bien.
            - Yo también quiero mucho a Matt, pero no necesito que alguien me cuide. Y él, me cuida demasiado… Es decir, no es que él no me guste, pero creo que nunca podría estar con él. Estar con Matt es sinónimo de comprometerse, y no estoy segura de que eso sea bueno para mí. A parte, sé que si algún día empiezo a estar con Matt, no me animaría a dejarlo, y eso me asusta. Sé que podría mandarme muchas cagadas y terminar lastimándolo, más de lo que tal vez ya lo hice. No creo que sea bueno para él que yo le corresponda.
            - Es una lástima. Ojalá alguien me quisiera así.
            - ¡No digas estupideces! ¿Quién no te quiere a vos?
Becca volvió a reír.
            - ¿O sea que no le vas a dar nunca una oportunidad?
            - No sé… Tal vez.
Jess volvió a distraerse, pensando en que el día que Sally le diera una oportunidad a Matt, ella estaría pasando por un muy mal momento.
Su mente fue hasta la casa de Matt y comprobó que éste estaba cruzando la puerta, yendo a saludar unos vecinos y ver si alguien podía conseguirle un poco de agua limpia. Pensó en que esa era su oportunidad y se levantó. Las dos hermanas detuvieron su charla y la miraron sorprendidas.
            - Eh… Tengo que hacer una cosa. – Se excusó Jess torpemente, y sin esperar respuesta alguna se fue hacía la salida. Aún cuando había cerrado la puerta, le llegó a la mente el comentario de Sally “No te preocupes, es medio rara. Supongo que no puede evitarlo”.
Durante el trayecto que hizo hasta la casa de Matt, no se detuvo a pensar seriamente en las consecuencias de sus futuras acciones. En realidad, en ese momento, las consecuencias no le importaban. Jess no podía ver el futuro, y no podía arrepentirse de cosas que todavía no habían pasado.
Hizo algo muy estúpido e impulsivo. Algo casi humano. Abrió la puerta de la casa de Matt y fue allí donde estaba su madre, Mercedes, sentada en su silla. La pobre mujer apenas la había visto antes, y no tenía la menor idea de quién era aquella extraña joven, pero de golpe le pareció una aparición de las pesadillas más aterradoras que nunca había imaginado tener. Vio cómo la mirada invisible de la albina se dirigía hacia ella, y sintió cómo la misma sensación que había tenido Matt cuando miró por primera vez a aquellos ojos blancos la abrazaba, la asfixiaba, la aturdía. Esa era la sensación que se debe tener cuando le mirás la cara al vacío, era el vértigo de lo inevitable.
Y entonces Jess se puso gritarle cosas sin pensar. Le dijo que era una hipócrita mentirosa, que con esas cosas no se juega, que la identidad de una persona es algo importante, que si realmente querés a alguien no le hacés esas cosas, que si nadie le decía la verdad se lo iba a decir ella misma, que lo sabía todo y que nada impedía que hiciera algo al respecto.
Probablemente Mercedes apenas captó el significado completo de aquel parloteo infernal, pero un par de palabras le bastaron para ponerse de piedra, casi literalmente.
Supo que Jess era nada menos que el espíritu de la culpa, y que era hora de pagar por sus pecados, pero no estaba segura de querer hacerlo. Le agarró un miedo imparable, y si le hubiera dado la voz, las energías y la vida se hubiera puesto a gritar como una loca, o por lo menos habría intentado salir corriendo (aunque eso no la habría ayudado a escapar de su destino). Pero no pudo, y toda esa emoción le explotó adentro del cuerpo como una bomba.
Y antes de que se diera cuenta, Jess le estaba gritando a un cadáver.

viernes, 3 de agosto de 2012

Átomos y vetores

Desde el momento que Bianca nació, todos supieron que sería alguien especial, sobre todo sus padres. Estaban convencidos de que provenía de algún extraño lugar maravilloso, que había caído en este mundo por error, por alguna desastrosa casualidad. Pero se sentían afortunados de ello.
Había nacido por cesaria, razón por la cual su rostro no había sido estrujado en sus esfuerzos por salir a la vida. Su cara cristalina, armoniosa y casi transparente era extraña en un bebé que llevaba apenas horas de vida. A pesar de eso, fue un parto complicado, en el cual la vida de la criatura corrió riesgo porque se negaba a respirar. Estuvo conectada a un aparato que respiraba por ella durante unos días, hasta que por alguna razón reaccionó y comenzó a hacerlo por sus propios medios.
Ese pequeño accidente, si podemos llamarlo así, fue la excusa que los padres utilizaron para mimarla y consolarla, para que no se sintiera rara en un mundo tan horrible en el cual había que respirar para existir. Al final, lograron convencerla de que era especial, ya que a la pequeña no le daban oportunidad para pensar en otra cosa.
El resto de sus familiares no la querían mucho. No era muy cálida, casi ni hablaba, y jamás dio la menor muestra de querer relacionarse con los demás.
Era cierto que sus facciones eran increíblemente delicadas, pero era tan falta de emociones que su belleza no lograba atraer a la gente.
A ella no le importaba. Había llegado a creerse tanto su propia magia, que adoptaba una posición misteriosa, enigmática, como si llamar su atención fuese algo inalcanzable, y por eso mismo, sublime.
Desde muy temprana edad, comenzó a sentir rechazo hacia ciertos aspectos de la vida. El pulóver picoso la agobiaba, las burbujitas de las gaseosas reventaban estrepitosamente en la superficie de su lengua, la barba de su tío era demasiado rasposa.
Se negaba a comer y también a ir al baño, y las caras de las personas desconocidas le parecían dibujadas por el caricaturista más morboso. Parecía no comprender algunas cosas cruciales en la vida cotidiana. Sus padres trataron de ayudarla a integrarse en el mundo real, pero nunca le faltaron el respeto a sus caprichos.
Algunas cosas las aceptó. Llegó a comer, beber y dormir con normalidad. A medida que iba creciendo, se iba acentuando más su inexpresividad y su aislamiento. Pasaba el tiempo dibujando, leyendo, o mirando tele.
A su madre le preocupaba lo que podía encontrarse en la televisión, esa ventana tan estridente y subjetiva que supuestamente daba al resto del mundo. Cuando veía que pasaban un programa que tenía la menor insinuación sobre un tema que ella consideraba peligroso (Cómo por ejemplo la muerte o los fantasmas), apagaba el aparato sin escuchar las quejas de su hija.
Pero Bianca sentía que su madre no entendía nada, que no le tenía miedo a la muerte ni a los fantasmas. Lo que la llenaban de terror eran otras cosas, pequeños detalles que le hacían sentir un miedo que se le escurría en un sudor frío en la parte baja de su espalda.
Lo que de pequeña le hacía llorar, ahora era algo que se quedaba adentro, inevitablemente clavado en la garganta.
Odiaba el calor que la hacía traspirar, la luz del sol que cegaba sus ojos delicados. El murmullo incesante de la gente al hablar, el tono de sus voces, las palabras complicadas y desconocidas. Odiaba cualquier cosa que le recordara la tristeza y la brutalidad del mundo, odiaba a la gente inteligente por sus agudas pero punzantes opiniones, y odiaba a la gente estúpida por su banalidad insoportable.
Pero por sobre todas las cosas, odiaba todo lo orgánico, todo lo que estaba vivo e irrumpía en su vida sin que ella pudiera detenerlo. Las plantas que atraían el zumbido de los insectos, la comida muerta, putrefacta, segregando líquidos que se descomponían en su propio cuerpo; el ruido imperceptible de la sangre arrastrándose por sus venas, las líneas de las expresiones que deformaban los rostros hasta convertirlos en máscaras espeluznantes.
Ella misma se sentía una masa deforme de carne, atrapada en un ciclo perpetuo de sudores y secreciones, consumiendo la porquería que su cuerpo exhalaba, y deseaba por sobre todo cualquier cosa inmaterial, algo que la salvara de la vida llena de tierra y de latidos que retumbaban majestuosos en lo recóndito de sus entrañas.
Anhelaba un sueño, un suspiro, algo suave y bello como ella, que le enfriara su mente hirviendo de pensamientos. Y un día mientras miraba la tele se dio cuenta de que estaba rodeada de gente como ella. De que no era única ni especial, de que todo en este mundo era frío y muerto, como el plástico, como lo etéreo, como el más sutil de los espíritus. Lo veía en la búsqueda de la adrenalina, en la fragilidad de las modelos anoréxicas. En el fondo, lo más emocionante y bello de todo era estar muerto.
Bianca nunca supo la gravedad de aquel pensamiento, y de hecho podría haber muerto por falta de alimento si no fuera porque la visión de sus costillas le produjo tanto rechazo que se largó a llorar, estrujando su rostro perfecto como no fue estrujado el día que nació, sorbiendo las lágrimas saladas como si fueran una comida proteínica que le devolvería la figura que antes ocultaba las partes más escabrosas de su fisionomía.
La madre la escuchó y se acercó a consolarla. Bianca quiso resistirse pero no pudo, y se dejo vencer, hundiéndose en el pecho de su madre, mientras recibía el delicado tacto de sus dedos de uñas largas acariciándole el cabello. El regazo de su madre se convirtió en algo cálido, infinito, algo que estaba más allá de lo orgánico o lo etéreo.