Se encontraban en el último vagón del tren, y estaban solos. Jess se había sacado los lentes, y Sally la observaba descaradamente, mientras que Matt miraba por la ventana.
toda imagen aquí vista es pura creación de alguna persona, ecepto grillito, a menos que ella diga lo contrario. Si quieren ver dibujos de ella, vayan a http://lachicamariposa.deviantart.com/
Procuren no chocarse con la luna!
martes, 24 de abril de 2012
Utopías: Cap 6 "Los Buscadores"
Se encontraban en el último vagón del tren, y estaban solos. Jess se había sacado los lentes, y Sally la observaba descaradamente, mientras que Matt miraba por la ventana.
martes, 3 de abril de 2012
Utopías: cap 5 "un escapismo sentimental"

Tercera anotación en el diario de Matt.
“Deben ser las 3 de la mañana, o algo así. Hace un rato que me desperté, y estoy bastante seguro de que no voy a volver a dormirme. Kevin sigue roncando como el mejor, y no creo que se despierte con la luz del velador. Bueno, eso espero.
Tengo mucha bronca. Si no fuera por eso, no me pondría a escribir a las 3 de la mañana. ¡Mierda! Me siento un imbécil. Tengo ganas de gritar y mandar todo al carajo, pero mi puto sentido común sabe que eso no me conviene.
Acabo de soñar con Sally. Acabo de soñar con Sally otra vez, para ser más exactos. Y eso no está bien. No está bien porque hace mil que no la veo, y si no la veo, es porque no quiero verla. Y porque es al re pedo que sueñe con ella, cuando seguramente ella ni piensa en mí.
¡Me siento tan patéticamente solo! Y pensar que en una época me sentía capaz de esperar a Sally toda la vida, hasta que ella pudiera amarme sinceramente, y ahora, ahora que la quiero sacar de mi puta vida, no puedo. ¡Mierda! Si hasta en una época era capaz de apartarla cuando sabía que se acercaba a mí por motivos diferentes a los míos ¡Qué ingenuo era! Ahora creo que no me alcanzarían las fuerzas.
Nunca estuve tan lejos de ella, hablando en todos los sentidos. Hace más de un año que no la veo. Creo que nunca en mi vida estuve tanto tiempo separado de ella. Y no sé nada de ella. Pero no tengo porqué saberlo, ni siquiera debería interesarme. Le di demasiadas oportunidades, pero siempre fui el estúpido que la esperaba. Y nunca se dio cuenta de todo lo que hacía por ella. Y a veces me costaba ver que no era perfecta, y sé que no es perfecta, y tal vez en ciertas ocasiones esperé más de ella. Y la verdad que la vez que nos despedimos, estaba bastante decepcionado de ella y estaba dispuesto a olvidarla.
Cómo al principio solo estaba concentrado en lo que Kevin me enseñaba, ni se me ocurría pensar en ella. Y aunque ahora tampoco pienso en ella, durante la noche la sueño. Y me asusta no poder olvidarla, me asusta pensar que voy a pasar el resto de mi vida extrañándola, y aunque en una época me sentía capaz de hacer eso, ahora no puedo, esa sola idea me deprime.
Supongo que me acostumbré tanto a la idea de quererla, de esperarla, pasé tanto tiempo con ella que aunque quiera olvidarla no va a ser fácil. Pasó más de un año pero todavía siento que la recuerdo cómo si la hubiera visto ayer. Su imagen en mis sueños se reproduce tan vivamente, que me impresiona. Mi inconciente reproduce con precisión sus gestos, las tenues arrugas de su rostro, el tono de su piel, el sonido de su voz, sus reacciones… Pero lo más doloroso de todo es que eso no alcanza, que ni siquiera mis sueños le hacen justicia. Porque si no, al menos, podría vivir y ser feliz con mis sueños. Pero saber que no es real, y despertar, y recordar que debería estar olvidándola, es un duro golpe que me devuelve a la realidad.
Supongo que estar acá casi todo el día es lo que me pudre el cerebro. Que si al menos conociera otras chicas, no me sentiría tan patéticamente miserable. A Kevin tampoco le hace bien. Se hace siempre el que no necesita de nadie, pero es muy obvio que no es verdad. Cuando duerme a veces le oigo decir el nombre de Pía en sueños. Por lo que me contó él, Pía es la persona más inocente que conoció en su vida (Más incluso que Jess, me aclaró) y que además prácticamente murió por su culpa y no quiso hablar más del tema. También me contó de Danielle, otra tipa de la que admitió haberse sentido interesado, pero luego dice haberse dado cuenta de que, aunque no se arrepiente del tiempo que pasó con ella, no era una persona tan especial como él creía. Mentira. Kevin se hace el duro, pero en realidad es un sentimental de mierda. Más que yo. Después de todo, él fue el que más comprendió y valoró a Jess.
... No sé exactamente en qué momento me obsesioné tanto con Sally. Ahora mismo no estoy seguro de qué es lo que me gusta de ella. Su sola imagen me atrae, casi como algo natural. Casi como si no supiera reaccionar de otra manera. Supongo que lo que más me gustaba era su personalidad libre, su frescura para enfrentar la vida. Pero ese también es su mayor defecto, y eso es también lo que más odio de ella.
No voy a negar que físicamente era hermosa. A pesar de tener la nariz alargada, sus gruesos labios y sus pestañas espesas de alguna manera equilibraban sus defectos. Tenía los ojos de un marrón luminoso. Tenía el cabello castaño y descontroladamente largo. No era muy prolija en cuanto a su aspecto, pero por alguna razón, eso la hacía más atractiva. A veces tenía aliento a tabaco, y eso me hacía enojar mucho. Tenía las caderas anchas, se notaba incluso debajo de sus sueltos ropajes. Me gustaba que tuviera las caderas anchas. Siempre creí que entre las caderas de la mujer se encontraba el secreto de la vida. Y a pesar de todo, ella siempre fue más fuerte, más grande, siempre estuvo y va a estar un paso más adelante que yo. No importa lo que haga, ella nunca va a fijarse en mi, sencillamente porque no lo necesita, porque no tengo nada para darle.
No debería estar hablando de esto. No vale la pena, no tiene sentido. Esto era para explicar lo que me pasó en los últimos años. La cosa era hablar de Jess, no de Sally. Porque si hay algo que Jess se merece, es que al menos la recuerden. Porque la historia se trata de ella. Y porque no me gusta hablar de esto, y no sé porqué lo estoy haciendo. No voy a poder dormir, así que me voy al bar de abajo. Que de todas formas va estar cerrado, pero no me importa. Cualquier cosa es mejor que revolcarme en mi propia depresión como un estúpido. Chau."
sábado, 24 de marzo de 2012
Utopías: cap 4 "negro"

Hace dos años, en Villa Laguna.
Matt, Sally y Jess solían usar mucho los trenes. Conectaban a casi todo el país, y no costaba muy caro. Pero también tenía sus desventajas, pues en los viajes largos, todo resultaba un poco más incómodo. Los asientos se volvían más duros, el calor más caluroso, el hambre más insoportable. Y las personas, también se volvían más insoportables.
Pero esta vez, viajaban en un colectivo. Era una especie de colectivo que se encontraba sólo en Villa Laguna, que funcionaba mediante una conexión eléctrica. Unos cables atravesaban el cielo de de Villa Laguna, y el colectivo se conectaba a esos cables para tener la energía suficiente para avanzar. De esta forma, estos colectivos se convertían en una especie de trenes que en vez de tener las vías abajo, las tenían arriba.
Era de noche. Matt y Sally dormían en sus asientos; pero, como de costumbre, Jess estaba despierta. Los lentes se le habían resbalado un poco, pero nadie miraba hacia su dirección, y casi todos estaban dormidos. Si no fuera por las luces que estaban encendidas adentro del colectivo, la mirada blanca de Jess hubiera bastado para iluminar todo el interior del vehículo.
La noche había hecho más soportable lo que durante el día había sido un calor infernal.
Por eso, no solo Matt y Sally, sino la ciudad entera, estaba agotada.
De golpe, se cortó la luz, rompiendo toda atmósfera de tranquilidad. El vehículo se detuvo en una fuerte sacudida, despertando a Matt, a Sally, y también a unos cuantos más.
Pero a Jess, la oscuridad la tomó de sorpresa y con la guardia baja. De repente empezó a temblar, y antes de que alguno de sus amigos atinara a hacer algo, Jess se sumió en lo que era una inconciencia inevitable.
…
Siempre que podía, Jess evitaba la oscuridad. Suena absurdo para alguien que puede saberlo todo.
Pero no podía evitarlo. No sabía porqué, pero algo en su interior le decía que lo mejor era estar en ambientes iluminados.
Toda esa negrura tenía algo que la inquietaba.
¿Qué otro lugar estaba en completa oscuridad?
Ah, si. Era el lugar dónde la habían tenido secuestrada.
Allí todo era tan oscuro que no se sabía dónde empezaba ni terminaba la habitación. La mayor parte del tiempo, Jess no tenía conciencia de ser ella misma. O en otras palabras, no se daba cuenta de que era una persona individual, de que no formaba parte de todos los pensamientos, recuerdos y sucesos que pasaban por su mente.
La oscuridad la confundía. Pero no era la oscuridad en sí, sino el saber que estaba todo oscuro, lo que le creaba la falsa ilusión de encontrarse sola y por ende el tener que enfrentarse a todos los horrores del mundo que ella conocía aunque no deseara hacerlo.
En la oscuridad, por momentos vivía otra vida, por momentos era otra persona.
De golpe, descubría que sí tenía recuerdos anteriores a su secuestro. Pero como todo en su vida, eran ajenos a ella. Eran recuerdos de una vida que no le pertenecía.
Pero lo peor de la oscuridad, es que allí todo era más real, o dicho de otra forma, los recuerdos y las vidas ajenas se convertían en su única realidad. Los vivía con tanta intensidad que le causaban daños visibles.
Recuerda sentirse bien en la oscuridad. Recuerda sentirse muy feliz. Pero entonces, un cosquilleo comenzaba a rozar sus pies. Al principio era un cosquilleo muy leve, y no lo hubiera sentido si no fuera por el contraste de haberse sentido tan cómoda y tan feliz.
Hubiera sido capaz de ignorar el cosquilleo, pero éste se fue intensificando, y, de a poco, fue apoderándose de todo su cuerpo. En un momento comenzó a arder. Gritó, gritó de dolor, y cómo en un eco escuchó un grito igual al de ella. Entonces, una luz naranja iluminó la habitación oscura, pero se dio cuenta de que tenía los ojos cerrados, y no estaba viendo la habitación. Estaba viendo lo que ocurría adentro de su mente…
Y En ese momento, Jess despertó. Incorporándose, abriendo sus ojos de ciega como platos, y gritando cómo si despertara de una pesadilla.
- ¡Jess! - Exclamó Matt con sorpresa. Ya no se hallaban en el tren, y al parecer había pasado bastante tiempo, porque se percibían a los rayos del sol atravesando las ventanas, brillando como solo pueden hacerlo en el mediodía. Jess estaba recostada en un colchón que Matt y Sally habían pedido en el hotel, alegando que llevaban a una enferma y necesitaba un buen reposo. Evidentemente, Matt se encontraba cerca del colchón de Jess incluso antes de que ella despertase.
Pero Jess no tuvo tiempo para darse cuenta de todo eso. Porque dos segundos después de despertar, sintió algo extraño en su interior. Y otro segundo más tarde, sintió que un dolor inmenso le invadía la zona de los pulmones, mientras que unas nauseas repentinas sacudían violentamente su estómago, haciendo que emitiera unas arcadas horrorosas.
Entonces, un líquido caliente brotó de su garganta, manchando su piel blanca en un crudo contraste.
- ¡Sangre! – Exclamó Matt, fuera de sí. - ¡Jess! ¡Vomitaste sangre!
Obviamente, Jess no necesitaba que se lo dijeran para darse cuenta. Aunque el líquido que brotó de sus labios era algo amarronado, y no tan rojo como es comúnmente la sangre; eso, sin duda, era sangre.
Para Matt, aquel momento fue uno de los más tétricos de su vida. La imagen de la chica retorciéndose en la cama, despertándose gritando y escupiendo sangre en medio de toces y ahorcadas, era algo horrible que le producía una sensación espantosa, y fue una imagen que se repitió a lo largo de su vida en un montón de pesadillas, cada una más retorcida y horripilante que la otra.
Los ojos de Matt estaban abiertos en casi dos círculos perfectos, y la sensación de miedo y de repulsión que sentía, podían leérsele claramente en la expresión. Sintió que segregaba saliva e hizo un esfuerzo por tragarla y respirar profundo para luego decir, con una voz aparentemente más calmada:
- ¿Qué pasa Jess? ¿Estás enferma? ¿Tenías una enfermedad y no nos dijiste nada? – Aún así, su voz tenía un dejo de pánico.
Jess no respondió. Pasado el momento feo, había vuelto a su típica expresión indiferente. Pero la verdad, ahora que no la distraían las arcadas y los dolores en el pecho, se daba cuenta de que tenía una jaqueca penetrante, y que probablemente no aguantaría mucho tiempo sin volverse a dormir.
Matt volvió a alarmarse. Jess no solo miraba sin delatar emociones, sino que parecía como desconectada. La sacudió.
- ¡Jess! – Exclamó, sin poder ocultar su miedo. - ¿Qué está pasando?
- No se… - Musitó con los ojos entrecerrados.
Matt suspiró al ver que al menos no había perdido el habla.
- ¿Nunca antes te había pasado?
- No…- dijo con voz débil. – Necesito dormir. – Declaró, esperando que el otro le de un momento de privacidad.
Matt se desconcertó.
- ¿Dormir?
La chica emitió un gemido de afirmación, y al instante se dejó caer en un sueño profundo. Matt la miró, sin comprender del todo lo que había ocurrido, y sin poder quitarse el mal gusto que le daba aquella situación. Salió de la habitación, llegando a la conclusión de que tal vez lo mejor era que descansara un poco.
…
El lugar donde se estaban alojando Matt, Jess y Sally en ese momento, era apenas más lujoso a lo que estaban acostumbrados. Como era lo normal, el departamento carecía completamente de muebles, pero los pisos relucían de limpio y consistía de dos habitaciones. Además, gracias a las ventanas, entraba una gran cantidad de luz, lo cual no podría significar nada a menos que, como ellos, estén acostumbrados a dormir en mono ambientes tan cerrados que no dejaban pasar ni una pizca de luminosidad.
Matt había tenido que insistir mucho para conseguirlos, usando el desmayo de Jess como una excusa. La noche en aquel departamento le costó la mitad de lo que costaba en realidad, y también había conseguido que le dejaran un colchón a Jess.
Cuando Matt abandonó la habitación donde reposaba la enferma, se encontró con Sally, que esperaba el veredicto sentada en la esquina del cuarto. Cuando vio a su amigo, se incorporó.
- ¿Despertó? - Preguntó, ya que había escuchado los ruidos a través de la puerta.
- Vomitó sangre. - Se limitó a responder.
Sally se quedó callada unos momentos, como si estuviera pensando en algo. Luego preguntó:
-¿Ahora está despierta?
Matt negó con la cabeza.
- Me dijo que necesitaba dormir.
Sally hizo una mueca de incomprensión.
- ¿Dormir? ¡Nunca la vi dormir!
- Yo tampoco. A la noche, a pesar de que se acostaba, siempre la veía despierta.
- ¡Me vas a decir a mi! Esos ojos blancos en la oscuridad me inquietaban demasiado... - hizo una pausa y respiró profundo. - y... ¿qué vamos a hacer?
- ¿Con qué? - inquirió Matt.
- ¡Con Jess! Es obvio que algo le está pasando. Está incubando una enfermedad, o algo así. No debió habérnoslo ocultado. Y no podemos acarrear con una enferma tampoco.
- Ella me dijo que era la primera vez que le pasada.
Sally torció el gesto.
- No vas a negar que es extraña. No duerme, no come. Y ahora, vomita sangre. Tal vez deberíamos dejarla en un hospital, sabrán que es lo mejor para ella.
- ¿Y dejar que la entreguen? - Exclamó Matt, con un tono de voz que expresaba un rotundo desacuerdo. - Sally, gracias a Jess hemos conseguido juntar la poca plata que tenemos. Y hasta ahora nos causó menos problemas que los que nos solucionó.
Sally lo miró con un gesto de resignación, sabiendo que no le haría cambiar de opinión, y, sobre todo, que tenía razón.
- Solamente digo que todavía no sé si podemos confiar en ella. Ella puede saberlo todo, y sabe todo sobre nosotros. ¿Qué nos asegura que nunca lo va a usar en nuestra contra?
- Nunca lo hizo, y si piensa hacer eso, no entiendo porque se ofreció a ayudarnos en primer lugar.
- Es todo muy raro...- Musitó Sally, casi sin darse cuenta.
…
Jess durmió el resto del día, y a la noche seguía sin despertar. Matt y Sally apenas salieron del departamento, decidieron quedarse a cuidarla. Tampoco les venía mal un descanso. Cuando oscureció, prepararon sus bolsas de dormir junto al colchón de Jess.
Cómo estuvieron todo el día juntos y sin hacer nada, no tenían sueño, y a decir verdad, estaban bastante estúpidos. Bromeaban todo el tiempo, decían una tontería tras otra, y no parecían realmente preocupados por su amiga. Pero ese era el quid de la cuestión, pues como Sally solía decir de vez en cuando: “es mejor reír que llorar”
- ¿Te acordás cuando salía con ese chico que se llamaba…? Pará, ¿Cómo se llamaba? – murmuraba Sally, visiblemente tentada.
- ¿Paul? – Preguntó Matt, también con cara de largarse a reír en cualquier momento. Pero fue Sally la que largó la carcajada.
- Ahh, Te hacés el boludo, pero bien que te acordás. – le dijo en medio de las risas. Le dolía el estómago de tanto reírse, y se inclinó un poco hacia delante.
- Yo no me hago el boludo.- se excusó Matt, y se dio cuenta de la actitud de ambos, y se le escapó otra risa, a causa de esa situación tan absurda. Al contrario que su amiga, se inclinó un poco para atrás.
- Bueh, lo que iba a decir es que a mi hermana ese chico no le gustaba una mierda…
- ¿Por qué?- preguntó en una voz apenas más baja. Pero Sally no le respondió.
De golpe, se encontraba alarmantemente cerca. Sus caras estaban separadas por escasos centímetros. Matt creía sentir el calor que emanaba el rostro de Sally, como un astro que ejerce luz por voluntad propia. De golpe, todo el ambiente de risas y de boludeo se apagó. Se mantuvieron la mirada unos instantes que parecieron eternos.
Entonces, algo hizo clic en la cabeza de Matt. Tomó de los hombros a la chica y… La empujó.
- ¿Qué te pasa, boluda? – Protestó con la voz un poco hosca. - ¿Qué te fumaste esta vez?
Sally lo miró, con cara de profunda ofenza.
- Andate a cagar. – Replicó de mal modo.
- Vos lo que necesitás es irte de joda.
- Mirá quien lo dice. Vos necesitás relajarte un poco.- Objetó la chica.
- A mi ese tipo de jodas no me relajan una mierda. – Repuso Matt. – Y si le vas a histeriquear a un chico, mejor que sea uno que no te quiera.
Sally se lo quedó mirando un rato, y luego revoleó los ojos.
- Definitivamente, necesitás relajarte un poco.
- Si, vos no me ayudás mucho.
Se observaron, esta vez con profunda seriedad. En ese momento, una especie de gemido que provenía de Jess rompió la tensión.
Los dos se incorporaron y giraron la cabeza hacia la dormida en una sincronía casi exacta, y por esos instantes, olvidaron completamente la pequeña discusión que acababan de tener.
Se acercaron a Jess, que se estaba moviendo violentamente.
- ¿Se está despertando? – Preguntó Sally.
- No estoy seguro. – Dijo Matt torciendo el gesto.
Jess seguía moviéndose inquieta en la cama, murmurando dormida palabras incomprensibles.
- Habría que exorcizarla. – Comentó Sally, un poco impresionada.
- ¿Estará soñando algo? – Preguntó Matt.
- ¿Podrá soñar? – Replicó Sally, y Matt se impresionó, como se impresionaba a veces, del hecho de que Sally no era tan bruta como solía aparentar, y que en ocasiones le daba al clavo con sus comentarios.
Se quedaron pensativos un rato, y parecía que Jess volvía a calmarse.
- ¿Habrá tenido una vida normal alguna vez? – Preguntó nuevamente Matt, como si siguiera el hilo de sus pensamientos.
- ¿Te parece que es posible?- repuso Sally con incredulidad.
- Algo raro pasó cuando la secuestraron. – Dijo Matt. – Tal vez, antes tenía una vida normal. Tal vez tenía un padre, una madre… quizás hasta hermanos… bah, eso es lo que creo yo. Para mi que cuando la secuestraron le hicieron algo y quedó así y perdió todos sus recuerdos.
- En ese caso, lo que sea que le hicieron, se la hicieron bien. – Objetó Sally. – Me resulta increíble que alguna vez haya tenido una vida normal. No me lo puedo imaginar.
- Y encima el gobierno exige su captura… es demasiado turbio. Lo menos que podemos esperar de ella es que tenga un par de pesadillas.
- Si, pero no que vomite sangre. – Señaló Sally muy sabiamente.
Dejaron de hablar. Jess no se había despertado, pero ya no se movía ni hacía ruidos raros, y parecía estable. Y a Matt y a Sally les estaba entrando el sueñito.
Desplegaron sus respectivas bolsas de dormir y se acostaron sobre el suelo, y al poco rato lograron dormirse.
Jess se despertó al otro día, apenas el sol extendió sus primeros rayos, cómo si no hubiera pasado nada. Sentía que se había sacado un gran peso de encima.
Matt y Sally la interrogaron, pero ella no tenía respuestas para darles. Y se sentía un poco incómoda, porque era consiente de la conversación que sus amigos habían tenido esa noche.
En un momento tomó iniciativa para irse y dejarlos atrás, pensando que era demasiado para ellos cargar con una loca fugitiva que vomitaba sangre. Pero ni Matt ni Sally la dejaron, y secretamente dio las gracias de que fuera así, porque no tenía a dónde ir ni lugar dónde quisiera estar que no fuera cerca de ellos dos.
No tenía a nadie más que a ellos. De golpe, por alguna razón, la vida de Sally y de Matt le pareció un poquito más importante que la del resto de los seres humanos, y de esa forma pudo superar el horror de observar todas las muertes que ocurrían en el mundo.
Estaba empezando a quererlos, y ese era un sentimiento nuevo que no sabía controlar.
A penas se aseguraron de que Jess estaba en buena forma, partieron de vuelta, rumbo hacia un destino del cual ni siquiera Jess podía sentirse segura.
jueves, 1 de marzo de 2012
Utopías: cap 3 "Algo en qué creer"

Mansión Azul, Hace dos años.
La Presidenta se despertó sobresaltada.
Se había quedado dormida en su escritorio, y había tenido otra pesadilla de sus antepasados. Así era su vida, tenía que cargar con el peso de su origen. Los antiguos presidentes de Mágistral no dejaban de enviarle mensajes oníricos, incluso más allá de la muerte.
Era algo que le perturbaba, porque sabía que a causa de esos sueños, jamás iba a poder abandonar la política, y todos sus errores la atormentarían eternamente. Si no encontraba la forma de perpetuar el gobierno de sus padres y el de sus abuelos y el de los abuelos de sus abuelos; los espíritus de los ancianos la acosarían sin descanso.
Y a pesar de esas aterradoras pesadillas, no había podido evitar el quedarse dormida.
Todo estaba tan tranquilo… Desde su despacho, tenía la vista al gran lago que formaba parte del parque nacional “cristalino”, y en el ambiente se respiraba un inconfundible aire de paz.
Así solían ser las cosas cuando gobernabas Mágistral, la utopía.
Alguien tocó la puerta, y ella se enderezó en su asiento, con expresión fastidiada.
- Pase.- Ordenó con voz amarga. ¡Cómo odiaba que la molestaran por insignificancias!
La puerta se abrió para dejar pasar a un hombre con un uniforme color verde agua.
- Oficial.- Reconoció la presidenta.- ¿Alguna noticia?
- Vengo del Instituto Secreto de las Aves- murmuró el hombre, al parecer, intimidado por la mujer.
La presidenta cambió su expresión fastidiada por una de ligero interés.
-¿ah, si?- inquirió.- ¿Y qué? ¿Pasó algo?
El oficial estaba visiblemente nervioso.
- Ella… la chica…- Tragó saliva.- Escapó.
La mujer abandonó su indiferencia y estalló en una furia que pareció borrar sus dulces rasgos infantiles.
-¿¡Qué!? ¿¡Cómo la dejaron escapar!? ¿¡Acaso no dejé bien en claro lo importante que era esa chica para nosotros!?
- Señora, a mi solo me dieron el mensaje…- Musitó el oficial, aterrado.
- ¡Yo les dije que era necesaria una buena seguridad! ¡Creyeron que porque la chica estaba confundida, no iba a saber escapar!- Siguió exclamando la Presidenta, sin hacer caso al oficial.- ¿¡Es que son imbéciles!? ¿¡Es que no se dan cuenta de todo lo que puede hacer!?
En un momento La Presidenta se calmó. El hombre no había atinado a hacer nada, y se había quedado inmóvil como un poste. La mujer le lazó una mirada de desprecio.
- ¿Y qué hace usted ahí, parado? ¡Haga algo! ¡Empapele la ciudad con su cara! ¡No podemos dejar que escape!
- Si… si, señora.- Farfulló el oficial, y salió disparado por la puerta de salida.
La Presidenta masculló un insulto, sintiendo con un placer mezquino su gusto amargo en la boca. Pensar que hace dos segundos atrás creía que nada iba a salir mal…
No, no importaba. No iba a dejar que una chica estúpida arruinara todas esas generaciones de gobierno.

Segunda anotación en el diario de Matt.
Escrita en el presente, en La Capital.
“Ahora mismo trato de recordar las cosas que hicimos Sally, Jess, y yo, mientras tuvimos la oportunidad.
Con Jess de nuestro lado, parecíamos imparables. Ella nos decía como aprovechar mejor las oportunidades, cómo actuar para que no nos metiéramos en líos.
Cometimos varios robos, también, aunque solo hurtamos instituciones privadas, y a veces también del gobierno. Ahora que recuerdo, una vez robamos el Museo de Villa Laguna… Fue increíble. Era uno de esos museos de cultura general, logramos robar todo el dinero, y también algunos objetos de valor… No recuerdo muy bien cómo fue que lo hicimos, ya que casi todo lo planeó Jess, y era un plan tan complejo y tan maniáticamente calculado, que es considerablemente difícil de recordar.
Pero apenas Jess se sumó al grupo, nos convertimos también en fugitivos. Bueno, no tanto en realidad, principalmente la que se tenía que esconder era Jess, pues al poco tiempo, descubrimos que el gobierno ofrecía una recompensa por quien la encontrase.
Fue ahí que terminé de entender la razón por la cual Jess se había aliado con nosotros, porque si yo quería, podía entregarla tranquilamente.
Nunca lo hice, aunque al principio fue sólo por desprecio al gobierno. En esa época, toda oportunidad para desobedecer a La Presidenta y sus aliados me parecía válida.
Así que tuvimos que ser aún más cautelosos para ocultar las anormalidades de Jess, pero obviamente eso tuvo sus beneficios. Además, con el tiempo, hasta yo mismo adquirí cierta fama. A pesar que después de cometer nuestros golpes nunca dejábamos huellas, se empezó a correr la voz de que había un nacido de Mágistral que estaba rompiendo la ley, pero que a diferencia de los Terrenos no eran débiles robos hacia algún chico desarmado, sino unos hurtos importantes a instituciones importantes. Además, jamás en nuestros robos lastimamos a nadie. A pesar de que con el tiempo mi nombre se hizo conocido, a mí nunca me buscaron ni intentaron atraparme, o al menos así fue al principio.¿Habrá sido solo porqué soy rubio y de ojos celestes? Incluso, había gente que me apoyaba. Desde luego, los que me apoyaban no eran ni gente a favor con el gobierno, ni Terrenos, sino que solían ser gente de razas extrañas, mestizos, que no se ataban a ninguna cultura y tampoco eran discriminados, por lo tanto eran completamente libres de estar a mi favor o no. Además, valga la aclaración, podían observar los hechos con más perspectiva.
… Ahora que lo pienso, ¿Qué pensará de mí la gente que me apoyaba en esos momentos, después de tanto tiempo? …Seguramente piensan que me atraparon, o que morí en el intento de escapar. Bueno, eso es lo que me gano por no salir ni a la calle.
Estoy tratando de hacer memoria, pero los recuerdo Jess están tan desgastados… tal vez sea por su naturaleza fantasmal, qué sé yo, pero los recuerdos de ella (sobretodo los antiguos) se me hacen muy borrosos.
Ah! Si, ahora me viene a la mente… No sé si fue una de nuestras Grandes aventuras pero lo que viví ese día me quedó marcado, por alguna u otra razón. Ocurrieron varias cosas que me hicieron reflexionar.
Jess, a pesar de su aparente fachada fría e inhumana, tenía varias manías que desarmaban su aspecto indiferente. Por ejemplo, no podíamos llamarla Jessica, el cual, lógicamente debería ser su nombre completo.
¡Mi nombre no es Jessica, es Jess! Incluso ahora puedo imaginarme su voz diciendo eso.
También, respetaba la vida, pero con una devoción admirable, y me sorprende que nunca se haya puesto a llorar por pisar un microbio. Los Terrenos tenían las costumbres de no matar, pero Jess solía llevar las cosas a otro extremo. Sabía todo sobre la vida, pero desconocía lo que ocurría después de la muerte, y eso la perturbaba más que a una persona normal.
También, estaba obsesionada con descubrir cosas de su pasado y su futuro. Por todo eso, Jess solía mandarse un par de cagadas.
Una vez fuimos a un mercado que quedaba en Villa Garúa, cerca de los límites de la capital. Era un mercado medio extraño con gente de la misma clasificación. En ese entonces, no teníamos interés de ganar plata, sino de gastarla. Necesitábamos comida, y ya que estábamos, algunas cosas más.
Era un mercado humilde, formado de hileras de tiendas armadas con palos y sábanas blancas. Puedo asegurar que en esos lugares podés conseguir cualquier cosa a cambio de dinero, sólo necesitas pedir.
Sally estaba entusiasmada, nunca antes había venido a un lugar así, y menos con plata suficiente cómo para gastar. Recuerdo que quería comprar un montón de cosas y yo tenía que controlarla. Jess caminaba al lado nuestro en silencio, protegida por sus lentes oscuros y su largo abrigo con capucha.
A nuestra derecha, una voz nos llamó:
- ¡Eh! ¡Ustedes! ¿No quieren conocer su futuro?
Jess movió la cabeza tan rápidamente que creí que se la iba a dislocar. La que nos llamaba era evidente una nacida de Ven, un país del cual salían muchas leyendas y supersticiones. Se notaba por su piel clara (algo amarillenta) y su largo cabello negro, de un tono que casi podría pasar por azulado. Estaba sentada al borde del camino, y su tienda se conformaba tan solo de un almohadón en el suelo y un cartel: Adivino el futuro por el camino de las venas.
La lectura a través del camino de las venas es una triquiñuela común que suelen usar los nativos de Ven como excusa para ganar algo de dinero y, si el cliente está distraído, robarle también alguna cadenita de oro que pendiera de su muñeca.
- ¿De verdad querés que una extraña te mire las venas para que al final termine diciendote una mentira? Los nativos de Ven no suelen ser muy confiables. – Le dije a Jess, al ver que seguía a la Adivina con la mirada.
- Si, y sin embargo, su reputación no es peor que la de los terrenos- dijo acertadamente, y luego me miró a través de sus lentes. – Me sorprende que vos seas el que juzgue a alguien según su origen.
Me callé, porque tenía razón. Con Jess no vale la pena equivocarse ni discutir.
- Si quieren, pueden ir a hablar con la adivina esa- Había dicho Sally.- Yo puedo encargarme de las compras.
- No sé si eso es muy recomendable…- Musité, pero Jess aún seguía mirando a la nacida de Ven, y supe que lo mejor era acompañarla para evitar que sus ansias de saber más sobre sí misma lo arruinaran todo. – …Está bien, pero por favor, no gastes toda la plata.
Sally se limitó a sacarme la lengua como respuesta, un gesto que ella solía usar cada vez que la sermoneaba por algo.
Con Jess nos acercamos hacia la adivina, que esbozaba una sonrisa a medida que nos aproximamos. Cuando la miré de cerca, me di cuenta de que era muy joven, más o menos tenía nuestra edad; y de golpe no estuve tan seguro de su nacionalidad. Sí tenía las mejillas y el mentón cuadrado (algo típico en los nativos de Ven) pero tenía los ojos de un celeste claro, y sus rasgos eran más suaves de lo normal. Su sonrisa también era extraña, era algo pícara, y al mismo tiempo, inteligente. Si mal no recuerdo, tenía un hoyuelo en un costado de la barbilla.
- Veo que están interesados en saber que les depara el futuro. – Dijo con entusiasmo.
- Ella es la interesada.- Dije señalando a mi amiga.
- Qué bien. – Dijo mientras le dirigía la mirada. – Con esa piel clara será más fácil seguir las venas.
Jess se sentó y extendió el brazo. La adivina se acercó a él, y lo tocó suavemente con las yemas de los dedos.
- ¡Qué raro! – Musitó, extrañada. – Tus venas son extrañas… como de un color amarronado… y tu piel es tan… transparente…. – Y entonces levantó la vista y le escrutó el rostro con la mirada. Para ese entonces, yo ya estaba pensando que acercarnos a la adivina no fue una buena idea.
La chica acercó una mano hacia el rostro de Jess, pero Jess la detuvo. Entonces estiró el otro brazo y le dio una cachetada, que Jess esquivó limpiamente. Pero sus lentes se habían resbalado unos milímetros, dejando al descubierto sus cejas incoloras y un atisbo de su mirada blanca.
- ¡Lo sabía! – Exclamó la Adivina. - ¡Sos la chica albina! ¡La que busca el gobierno!
Jess no parecía asustada. Le agarró los brazos con más fuerza y le dijo:
- ¡Callate! ¡No sabés con quién te estás metiendo! Si hablás, yo le digo a todo el mundo que sos una mentirosa de mierda.
La otra chica rió.
- ¡Decí lo que quieras! No voy a necesitar mentir nunca más cuando cobre la recompensa de tu captura.
En ese momento, supe que había llegado la hora de intervenir.
- Ehh… ¿No podríamos charlar un minutito en un café?
La Adivina me miró como si la estuviera jodiendo.
- No soy estúpida. No voy a dejar que vos entregues a la chica.
- Bueno, yo no puedo dejar que me la saques. La necesito. Si tenés un rato, te puedo explicar porqué. Pero hay algo que te voy a decir: Jess es una chica muy poderosa. La idea de que los de arriba tengan lo que ella tiene, asusta. Entregarla ahora, no es una buena idea.
La adivina me examinó con la mirada y por un momento, pareció olvidarse de la presencia de Jess.
- Sos raro. – al parecer, esa fue su conclusión. – Los dos son raros, en realidad. Creo que sí voy a aceptarte ese café. Me dan curiosidad. Pero no sé si voy a dejarlos ir tan fácilmente. – Y dicho esto esbozó una de sus sonrisas de duende.
…
El estúpido de Kevin apagó la luz. Y ya sabía que estaba escribiendo. Me dijo que deje de hacer boludeces y que quiere dormir. Es un pelotudo, pero bueno, sin él no tengo dónde vivir. En fin, ahora ya se durmió y volví a prender la luz… ¿En qué estaba?
Ah, si, fuimos a tomar un café con la Adivina.
Jess estaba enojada, y era obvio que no quería saber nada de la chica que estuvo a punto de delatarla. Pero yo pensaba que era mejor llevarse bien con aquella que sabía que éramos fugitivos. A parte… bueno, era una vendedora callejera, si podemos decir que predecir el futuro es vender algo. Quiero decir, seguramente necesitaba la plata de la captura de Jess, pero también, probablemente, nos entendería.
- Así que… ¿Cómo te llamabas?- Le pregunté una vez que nos sentamos.
- Amelie.- Respondió. - ¿Y vos?
- Me llamo Matt, y ella es Jess.- Dije, señalando a mi amiga con un gesto. Jess desvió la cabeza hacia otro lado, como si no le interesara conocer a Amelie.
- Si, ya haz dicho el nombre de ella antes… - Hizo unos segundos de silencio, y estuve a punto de volver a tocar el tema de la captura de Jess, pero ella se me adelantó.- Entonces… ¿Realmente eres un nativo de Mágistral? Debes ser el primero que no ama a su patria de manera febril.
Me dio un poco de bronca que saliera con eso, pero supuse que era inevitable.
- No soy un nativo de Mágistral.
- ¡Cómo que no! – Exclamó la chica – Se te ve en la cara. No solo sos rubio y de ojos celestes, tenés los rasgos típicos de Mágistral.
- Mi madre es Terrena. Así que mis orígenes no son de Mágistral.
- ¿Y tu padre?
- No sé, nunca lo conocí. Pero si algo te puedo asegurar es que mi madre es Terrena.
Amelie me miró con desconfianza.
- ¿Sabías que no vale la pena mentirle a una adivina? – Dijo con algo de sarcasmo.
Me reí.
- No te estoy mintiendo.
- Ok, supongo que algo de razón tendrás, porque no te parecés en nada a un Nativo de Mágistral…
- Gracias.
- Quiero decir, solo te parecés físicamente.
Se produjo una pausa, y entonces recordé que yo tampoco estaba muy seguro de la nacionalidad de ella.
- Y vos… ¿De dónde sos?
Me miró con ojos inteligentes, y volvió a formar otra de sus sonrisas, que parecían eternas en aquel rostro de facciones extrañas.
- Mi mamá era de País Ven, pero mi padre era de aquí. Y yo, nací aquí. Pero se separaron cuando era muy pequeña. No volví a ver a mi padre, y mamá y yo nos quedamos sin plata. Tuvimos que salir adelante con lo único que sabíamos hacer: predecir el futuro, y hacer valer las supersticiones de nuestra raza.
- Vaya. – Fue todo lo que supe decir.
-… Me parece que no le caigo bien a tu amiga.- Murmuró, cambiando de tema bruscamente y sin dejar de sonreír. Me di cuenta entonces de que Jess la había estado observando con el ceño fruncido.
- No hables como si no estuviera, me irrita que la gente haga eso. – Masculló.
- Dale, Jess, no te pongas así – le dije, bromeando. – tal vez si sonreís un poco, la convencemos a Amelie de que entregarte no es una buena idea.
Jess me miró, y supe que a través de sus lentes me estaba dedicando su peor cara de culo.
- No pienso ser amigable con una mina que se aprovecha de las creencias de los demás. Lo que ella hace es completamente deshonesto.
- Claro, porque vos sos el ejemplo perfecto de la honestidad- le dije con ironía.
- ¡Tal vez no! ¡Pero lo que ella hace es mucho peor que lo que hacemos nosotros!
- Me gustaría saber que es eso tan malo que hago. – Interrumpió Amelie.- Y a mí tampoco me gusta que los demás hablen cómo si no estuviera.
- ¡Lo que hacés es mentir!- le espetó Jess. - ¡Ni siquiera vos te creés lo que decís! ¿Cómo podés ser tan falsa? ¡Ganás plata aprovechándote de la fe de las personas!
Amelie la miró, atónita.
- Sí, eso hago. ¿Y qué?
Jess pareció perder fuerzas durante un segundo. Iba a decir algo, pero al final decidió quedarse callada y desviar la vista hacia otro lado.
- Hay gente que realmente cree en lo que decís. Hay gente cuyas incógnitas en la vida lo son todo. No podés burlarte de ellos.- murmuró luego de un rato de silencio.
Amelie no supo qué decir, y por alguna razón intuí que eso no era común en ella.
-… Jess… Tenés un poco de razón…- Decidí decir.- Pero no la podés culpar, ella hace lo que puede…
- Igual… - Me interrumpió Amelie. – Sí tiene razón. En realidad nunca lo había visto así, porque siempre estuve concentrada en hacer lo posible para sobrevivir. Ahora que lo pienso, es increíble lo poca fe que le tengo a las costumbres de mi raza.
- Entonces… ¿Es verdad? ¿Realmente no crees en que el futuro está tatuado en las venas, ni en ese tipo de cosas?
- Cuando le leo el destino a alguien, uso la técnica que me enseñaron. Pero en realidad, no puedo creer en que según la forma de nuestras venas está marcado nuestro destino. Me parece imposible. No se… debo ser una persona de poca fe…- Al decir esto frunció los labios.
- No es nada, igual. Yo tampoco soy una persona religiosa… Algo que he observado últimamente, es que la gente suele confiar poco en sus propias culturas…
- Sí, ni siquiera vos actuás como un nacido de Mágistral…
- Ya te dije que yo no soy…
- Pero por como andan las cosas últimamente- volvió a interrumpirme.- Es entendible. Es decir, andamos todos en cualquiera. No tenemos una tierra a la que llamar hogar, entonces, ¿Qué cultura vamos a respetar?
Pensé que Amelie había dado en la clave.
- La verdad, siempre pensé en que el resto del mundo tomaba la cultura de País Ven como un chiste, o como mucho, como un pasatiempo. – Dijo, retomando, su discurso. – Me sorprende que te hayas disgustado tanto. – ahora se dirigía a Jess.
Jess torció el gesto, pero seguía sin hablar. Decidí responder por ella.
- Jess es muy… sensible a algunas cosas.
- ¿Cómo es eso?
Y ahí le conté más o menos quién era Jess. No le costó demasiado creerlo.
- ¡vaya! Ahora entiendo… Ustedes dos debieron ser los que robaron el museo de Villa Laguna. ¿Un nacido de Mágistral rompiendo la ley? – Lanzó una risotada- ¡Tenías que ser vos! Con esta chica evadir a los policías debió ser pan comido.
- En realidad éramos tres… Sally también estaba ahí.
- Ah, si. La chica que los acompañaba… la terrena. – Luego miró a Jess. – si vos realmente lo sabés todo… ¿Por qué quisiste que te leyera el futuro? Seguro sos mejor adivina que yo.
- Te equivocás. No sé nada del futuro. Solo del presente, y del pasado.- Respondió Jess de malhumor.
- Pero aún así…
- Jess no recuerda nada sobre sí misma.- Expliqué.- No tiene memoria sobre su vida antes de estar encerrada. Seguramente pensó que vos podrías darle algunas respuestas.
Jess emitió un gruñido. Indudablemente, no le gustaría nada que exhibiera sus debilidades.
- Vaya… - Volvió a murmurar.- Perdoname, pero ya lo viste por vos misma. No puedo asegurarte nada. Ahora entiendo porqué te enojaste conmigo. Perdoname.- Repitió.
Jess se quedó un rato en silencio, pero luego gruñó.
- No importa. Debí haberme fijado si eras una mentirosa antes de acercarme.
Amelie expandió un poco más su sonrisa.
- Igual no te preocupes. Seguro que todo lo que necesitás saber, lo vas averiguar algún día. Las cosas importantes siempre terminan sabiéndose.
Jess ya lo no la miraba con cara de enojada, pero seguía seria. Parecía que la escrutaba con la mirada, a través de sus lentes oscuros.
- Entonces… ¿Después de que te escapaste, el gobierno te empezó a buscar?- Dijo Amelie, cambiando bruscamente de tema.
- Si, yo también pienso que es sospechoso. – Recuerdo que dije.- Pero como Jess no se acuerda de nada, no sabemos que quieren de ella.
- Bueno, es una persona valiosa, sin duda. – Musitó.
- De cualquier forma, nada relacionado con el gobierno puede ser bueno…
Amelie no dijo nada, pero volvió a dedicarme una mirada de ojos inteligentes.
- Amelie…- Murmuró Jess, y los dos nos sobresaltamos, porque hasta ahora no le había hablado directamente. – Si no creés en las supersticiones de tu raza… ¿En qué creés?
Amelie rió.
- ¿Para qué me preguntás? ¿no podés saberlo?
- Si te pregunto, es porque quiero que me contestes. A parte, me atrevo a aventurar que ni te lo habías planteado. No tenés una idea formada.
- La verdad es que no. Trato de no pensar en esas cosas. Del futuro ¿Quién sabe? Yo vivo en el presente.
- ¿Pero no tenés nada?
- No sé… no creo en Dios, pero no puedo evitar imaginarme la muerte como un paraíso donde te encontrás con la gente que querés… Tal vez de esa forma pueda reencontrarme con mi padre. – Frunció los labios, un gesto que evidentemente usaba cuando tocaba temas que la incomodaban. Aún así, sus ojos seguían sonriendo. – Y vos, ¿en qué creés?
- Yo no sé. Veo toda la realidad, con tanta claridad, y tanto detalle, que la muerte me parece algo incomprensible. Pero no sé si la muerte es lo mismo para mí que para todos los seres humanos… es evidente que soy diferente.
Se quedaron calladas, y yo ni quería aportar nada a esa conversación.
- Entonces… ¿Nos dejás marchar en paz?
Amelie volvió a reír.
- ¿Ya se van? ¡Pero yo quería que se quedaran un rato más!
- Perdón, pero dejamos a Sally sola, y eso no es seguro.
- Ok, andá con tu amiguita. No se preocupen, ya tendré otra oportunidad para volverme millonaria.
…
Ese fue, más o menos, mi encuentro con Amelie. No me acuerdo de todo exactamente, pero en términos generales, así fue nuestra conversación. Como dije antes, no fue una gran aventura, pero me dejó pensando.
Ahora que la recuerdo, Amelie era linda. Pero linda en serio, tenía una cara rara, poco común, y aún así muy agradable. Y era simpática. Pero en ese momento estaba muy enganchado con Sally, y ni me di cuenta. Me pregunto si seguirá en Villa Garúa. Tal vez si. O tal vez se hizo millonaria y se fue a vivir en una mansión con vista al mar.
Tal vez debería echarme un vistazo, a ver si la encuentro... Salir, mal no me viene.
La conversación que tuvimos con ella (sobre todo la última parte) ahora me resulta… curiosa, por decirlo de alguna manera. Me doy cuenta de que la repasé mentalmente demasiadas veces… después de todo lo que pasó, me parece tan… absurda.
Durante estos años, Kevin me estuvo enseñando a ser un Buscador, y el objetivo de éstos es saber que hay después de la muerte antes de morir. Pero últimamente creo en que no hay nada que saber. Que el alma es una energía que se siente naturalmente atraída hacia un cuerpo, y que después de la muerte, todo lo que aprendimos no cuenta, porque cambiamos de cerebro y nuestros recuerdos se pierden.
Creo que Kevin lo sabe, pero hace de cuenta que no. Porque… todos necesitamos de un objetivo. Y porque, sin embargo, yo también tengo mis dudas. Jamás estaré completamente seguro de nada, y aunque Kevin crea con todas sus fuerzas en la religión de los Buscadores, yo creo que nuestra mente no está preparada para saber que es lo ocurre después de la vida.
Por eso todos necesitamos algo en qué creer, incluso Jess, tal vez ella más que nadie. Y todos necesitamos de las esperanzas, por más absurdas que fuesen. Porque gracias a ellas tenemos la fuerza para seguir adelante, y, al fin y al cabo, eso es lo único que importa."
viernes, 10 de febrero de 2012
Utopías: cap 2 "Jess"

Primera anotación en el diario
Presente, La Capital.
“Hola, mi nombre es Matt. Me siento un reverendo estúpido. Acá, Kevin (mi compañero de cuarto) se está cagando de risa. Dice que escribir un diario es una boludez y es poco masculino. Eso me interesa poco, la verdad. Aunque no niego que la idea de compartir mis problemas con un objeto se me hace medio ridícula. Pero esto tampoco lo hago para desahogarme, si no para recordar la serie de sucesos que me llevaron hasta acá. Que me convirtieron en quien soy ahora. Fueron tantas las cosas que pasaron, y algunas tan increíbles que se me mezclan los hechos, me confundo las cosas, me olvido de porqué estoy acá ahora, en una especie de hotel de morondanga, en medio de la Capital y no en la villa terrena, compartiendo cuarto con quien hace un par de años era un completo desconocido.
A pesar de toda la información que ahora mismo se me amontona en el cerebro, haré lo posible por ser objetivo.
Todo comenzó hace un par de años, en los que solo tenía 17. Había tomado la decisión de ir yo mismo en busca de los remedios de mi madre, pero en realidad no tenía la más mínima idea de cómo lo iba a hacer. Los primeros meses no fueron fáciles. Sally y yo tuvimos que pasar muchísimas noches al aire libre, días enteros sin comer ni un pedazo de pan, hasta que nos fuimos adaptando a las normas de la ciudad.
Nos convertimos en unos cazarrecompensas, totalmente desesperados por conseguir una mínima cantidad de dinero, y por un tiempo olvidé completamente mi verdadero objetivo de ahorrar para los remedios, centrándome solo en conseguir lo suficiente para comer algo.
Llegó una etapa en la que más o menos nos estabilizamos. Conseguíamos un par de trabajos recurrentes, pero en general eran trabajos bastante desagradables. Sally era visiblemente Terrena, y los Terrenos tienen problemas para conseguir empleos en la ciudad de Mágistral.
Sin embargo, nos hacíamos valer. Teníamos un par de talentos, por así decirlo. Sally siempre tuvo su fuerza descomunal, muy útil en ciertas circunstancias. Y yo nunca olvidaba lo que leía en libros, y fácilmente podía pasar por una persona educada. Pero de todas formas, nuestros ingresos de dinero seguían siendo irregulares y escasos.
En ese tiempo, también aprendí varias cosas sobre Mágistral, cosas que eran necesarias vivir en carne propia para saber.
Los rumores de que Mágistral era una civilización perfecta, eran casi certeros (Sobre todo para gente que no es como yo, ya que odio todo lo que sea de Mágistral casi por instinto). Sus ciudadanos son unos fanáticos del orden y de cumplir la ley, no hay sobresaltos, casi no hay robos, es muy raro oír hablar de asesinatos, o incluso, de tristezas. Desde que acabaron las guerras (algo que ocurrió hace, más o menos, 20 años) Mágistral no ha hecho más que prosperar, en todos los aspectos.
Siguiendo esta línea de hechos, es fácil deducir el porqué del rencor hacia los terrenos. Los terrenos son los únicos que tienen la necesidad de romper la ley, lo únicos que alteran el orden.
Sin embargo, me sorprendió saber que también habían Terrenos conviviendo con ciudadanos de Mágistral en la capital. Claro, no era una convivencia agradable, pero yo creía que todos los Terrenos se hallaban en refugios, ocultos de aquella sociedad que había acabado con sus tierras de origen. Aún así, los Terrenos se hicieron un hueco en aquella ciudad, llevando una vida casi digna.
Supe de la existencia de estos Terrenos gracias a los Bares Clandestinos. Era un punto de reunión dónde todos los exiliados de Terra podían darse un respiro sin recibir insultos. Solíamos ir a esos bares con Sally. Al principio recelaron por mi aspecto, y no me dejaron pasar, pero con el tiempo me gané su confianza.
Era también en esos bares donde conseguíamos la mayoría de nuestros empleos, pues ellos tenían bien claro como sobrevivir en aquella ciudad donde todos los despreciaban.
En uno de esos bares fue dónde mi vida tomó un rumbo que jamás hubiera imaginado.
Era de noche, estaba en la barra tomando algo y hablando con el cantinero (Si la memoria no me falla, era un señor bastante mayor, muy delgado y algo cascarrabias). Un tipo estaba tocando algo con unos tambores, y Sally bailaba al son de ese ritmo con gracia. El resto de la gente observaba el espectáculo. Me encontraba tan relajado, que jamás hubiera imaginado lo que pasó después.
Entró una persona al bar. En primer lugar, ya es extraño que entre gente desconocida. Cómo este tipo de bar no suele estar bien visto por el gobierno, la entrada está bastante escondida, y solo llega gente que sabe qué es lo que se va a encontrar.
Pero la chica que entró llamaría la atención aunque estuviera en el lugar más legal del mundo. Para empezar, estaba completamente tapada, llevaba un abrigo enorme, unos pantalones largos, y una capucha le ocultaba toda la cabellera. Hasta cubría sus ojos con unos lentes oscuros.
Se le adivinaba que era mujer por los únicos rasgos que se le veían en el rostro, que eran marcadamente femeninos; e incluso parecía muy joven, casi parecía más joven que yo. Pero lo más sorprendente de todo es que era blanca, blanca como el papel. No sé si dije ya que los Terrenos son morenos, y normalmente a estos bares no entras si no eres de esa nacionalidad (o si no sos yo). Pero incluso para alguien que no era un Terreno, esa palidez era alarmante.
Se acercó, ignorando la música y el baile de Sally y se sentó en una silla próxima a la mía, con la mirada baja hacia a la barra. Cuando la vi de cerca, pude apreciar que su piel tenía una textura extraña, como de papel Tisú, que daba sensación de transparencia.
El tabernero no era un hombre de mucha paciencia, y no iba a dejar que esa extraña aparición se sentara en su bar como si nada sin reaccionar.
- ¡Eh, vos! ¿Quién sos?
La chica levantó la cabeza, pero no respondió.
- No podés estar acá si no me decís quien sos, así que si no vas a cooperar, te pido que te vayas.
La desconocida no dio señal alguna de haber entendido ni escuchado el mensaje, y el hombre ya comenzaba a enfadarse.
- Mirá, si no te vas por las buenas, voy a tener que echarte por las malas.
Y alargó el brazo con la clara intención de retener los de la chica. Pero la extraña esquivó la mano del tabernero con un movimiento limpio, como si supiera lo que el otro iba a hacer de antemano.
El tipo hizo un par de intentos más para agarrarla, pero ella seguía esquivándolo de forma metódica. Y repentinamente, la joven estiró el brazo con el puño cerrado, noqueando al tabernero con un golpe certero en la cabeza.
El que tocaba los tambores dejó de hacerlo, y Sally dejó de bailar.
La chica miró a su alrededor, y algo en sus movimientos me dio la impresión de que se encontraba asustada. Pero un segundo después, estaba saltando hacía el otro lado de la barra, buscando con seguridad en el cajón donde el tabernero guardaba el dinero, y al rato estaba huyendo con toda la plata del tipo que había noqueado (que en realidad, no era mucha).
Nadie se atrevió a enfrentarse a esa extraña chica que parecía un fantasma y que había podido noquear a un hombre de un solo golpe; pero, por instinto, la seguí.
Algo me dijo que necesitaba ayuda, y que yo podría dársela. Después de todo, supongo que es mejor que alguien que va noqueando gente por ahí, sea tu aliado y no tu enemigo.
Escapó hacia la calle, y yo salí corriendo tras ella. Pude sentir como todos los terrenos del bar nos seguían con la mirada antes de traspasar la puerta de salida, sin que terminaran de entender lo que estaba pasando.
Ahora que me acuerdo, esa noche llovía y las calles estaban mojadas.
La chica se dio cuenta de que la seguía, aunque nunca desvió la cabeza hacia atrás. La seguí un par de cuadras, hasta que en un momento de distracción desapareció de mi vista, o al menos eso parecía. Pero en ese momento escuché un gritito a mis espaldas.
Veo a mí alrededor, y me doy cuenta de que la desconocida se había escondido en un callejón que quedaba entre dos edificios, en algún momento que dejé de verla. Se había tropezado con un tacho de basura. Supuse que los lentes oscuros no le ayudaban para distinguir objetos en la oscuridad.
Me acerqué y le ofrecí una mano para que pudiera levantarse. Me ignoró completamente. Tenía la vista al piso y no estaba haciendo ningún esfuerzo por levantarse.
- ¿Te lastimaste?- Recuerdo que pregunté, aunque me parecía absurdo que alguien que hace pocos segundos hubiera mostrado tal determinación se lastimara tan fácilmente.
Después, todo pasó muy rápido. Vi que los lentes se le habían caído al suelo. Y no tuve ni tiempo de hacer ningún razonamiento, porque cuando volví a observarla, ella había echado una fugaz mirada blanca hacia mi dirección.
Si, así eran sus ojos. Blancos. Un círculo oscuro rodeaba lo que debería ser el iris, pero en su interior no había nada. No había pupilas, ni siquiera un rastro de color. Pero además de eso, tuve una sensación rarísima. Cómo si me asomara al vacío, a la muerte, a todo lo desconocido. Cómo si una enorme nada me tragara… si, ahora que lo pienso, su mirada era como la nada. Si… si tan solo me hubiera dado cuenta antes…
…Con el correr del tiempo, me acostumbré a sus ojos, pero en el primer momento se me heló la sangre.
- ¿Qué…? ¿Quién eres?- Musité sin darme cuenta. La joven me miró con expresión angustiada, pero yo sólo podía prestarle atención a sus ojos.
Se incorporó, se estiró el abrigo y por último llevó atrás su capucha, dejando al descubierto una larga cabella, incolora, al igual que todo su cuerpo. Entonces me di cuenta que sus cejas también eran blancas, y que en las mejillas tenía un rubor extraño, de color amarronado, que parecía brotar detrás de su piel transparente. Pera nada de eso me perturbaba tanto como su mirada.
- Mi nombre… es Jess.- Dijo, con cierta inseguridad. – Creo… creo que tengo que contarte muchas cosas.
Sin embargo se quedó callada, y yo estaba tan extrañado que solo pude murmurar.
-…Creo que es una buena idea.
Entonces Jess volvió a ponerse los lentes, la capucha y comenzó a hablar…
Ésta parte es algo difícil. No es que haya olvidado lo que Jess me dijo la primera vez que hablé con ella, porque en general todo lo que me contó aquella vez tuve que vivirlo en carne propia.
Es difícil escribirlo porque para mí ya es difícil escribir un diario, y escribir esa serie de imposibilidades y comentarios sin sentido requiere también que recuerde un par de cosas que en los últimos años no he hecho más que olvidar; simplemente, cómo una defensa del cerebro para no perder la cordura.
Y aunque pudiera recordarlo todo con exactitud, siempre tendré la sensación de haber olvidado algo esencial.
Jess comenzó a parlotear y contó muchas cosas, demasiadas, y también muy raras y al principio no entendí porqué lo hacía ni de dónde sacaba la confianza para contarme todas sus locuras. Hasta que dijo:
- Yo lo sé todo, Matt. Bueno, casi todo. Sé cual es tu nombre, sé quién es Sally, sé porqué estás en la capital. Y si prometés no decirle nada a nadie, te ayudaré, en todo lo que necesites.
Recuerdo que esas fueron sus palabras textuales, que de golpe lograron hacer, de alguna manera, que todos los disparates que había dicho antes cobraran un sentido. Me sorprendió mucho que supiera mi nombre, y aún más que conociera el nombre de Sally, sobre todo porque yo soy la única persona que la llamaba así; así que decidí tomármela un poco más en serio.
Me dijo que cuando decía que lo sabía todo, no se refería a mi historia ni a mi pasado, si no al mundo en general. Es decir que, si ella quería, podía decirme qué estaba ocurriendo en Foggia en ese mismo momento. Podía saber que era lo que estaba haciendo La Presidenta en La Mansión Azul. Si quería, podía decirme hasta cuáles eran mis propios pensamientos.
- ¿Si lo sabés todo, cómo fue que tropezaste con el tacho de basura? – Recuerdo que pregunté.
- ¡Yo no lo sé todo!- Protestó. Jess solía estallar así cuándo alguien creía que su omnipotencia era absoluta.
Jess podía conocer los pensamientos de todos los seres humanos, y también era capaz de saber que era lo que había ocurrido o lo que estaba ocurriendo en cualquier parte del mundo. Pero no podía saber nada acerca del reino de los animales, jamás había podido escuchar sus pensamientos ni comprenderlos, los animales eran un mundo completamente ajeno a lo que ella conocía. Y tampoco podía ver el futuro, aunque con toda la información que ella poseía del presente y del pasado, podía acertarle, pero jamás con seguridad.
Y aunque estas debilidades parecían muy escasas en comparación con todo su poder, Jess tenía otros agujeros, otros huecos vacíos de información que no podía completar. No podía saber que era lo que la gente pensaba de ella, tampoco podía saber de su pasado, de su historia, nada. No sabía porqué era diferente, porqué tenía ese poder.
-Pero de algo te tenés que acordar – Recuerdo que dije.
Ella dijo que todo lo que recordaba era que un día despertó y se encontraba encerrada en un cuarto negro. Al principio no sabía dónde estaba, pero su cerebro recibía información del mundo exterior, y supo que afuera de aquel lugar oscuro se encontraba todo un universo. Y tanteó en la oscuridad hasta que halló la forma de escapar.
Al poco tiempo se dio cuenta de que era una completa extraña. Su anatomía totalmente blanca no era normal, y se las arreglo para conseguir aquél gran abrigo y un par de anteojos.
No recordaba nada de su pasado (o al menos eso decía ella) pero se sentía en peligro. Alguien la había encerrado en aquella habitación sin ventanas ni fuentes de luz, y probablemente la estarían buscando. Y desesperada, comenzó a esconderse y cometer robos, ayudándose con sus poderes. Y siguió así hasta que llegó al bar de los Terrenos.
- Sigo sin entender porque te tropezaste ¿Qué fue lo que te impidió ver el tacho?
Jess se quedó callada unos segundos y después dijo:
- Cuando tenés toda la información del mundo en tu cerebro, es difícil prestar atención a ciertas cosas.
Y luego, volvió a repetir lo de que si no le decía nada a nadie, me iba a ofrecer su ayuda. Me dijo que ella no sería una molestia, que casi ni comía, y era capaz de hacer que su presencia sea prácticamente invisible.
- ¿Por qué querés ayudarme?- recuerdo que le pregunté.
- Porque ya sabés quien soy, y en cualquier momento, podés usar eso en mi contra. – Murmuró Jess.- Viste mis ojos blancos, que es lo que me hace menos humana. Con eso, ya tenés el arma para destruirme, para venderme a aquella persona que me encerró todo este tiempo. Y probablemente no te negarías si esa persona te ofrese una gran cantidad de dinero a cambio de lo que sabes sobre mi. Lo menos que puedo hacer es ofrecerte mi ayuda para que decidas que te es más conveniente que esté libre.
Bueno, eso no fue exactamente lo que dijo, pero en general ese fue su argumento.
Ahora mismo no recuerdo cuánto tardé en terminar de creerle y de confiar en ella, pero evidentemente obvio que no era una persona cualquiera, y el hecho de que tuviera poderes no resultaba más extraño que su apariencia
Y… ¿Qué más decir? Más o menos así fue como Jess se unió a Sally y a mi, y también (aunque no lo quisiera) nos metió en un montón de quilombos.
…
La verdad, ahora que lo releo, está bastante resumido, es un texto muy breve para presentar a alguien tan complejo como Jess. Pero no sé, no sé. Para ser sincero, me duele un poco hablar de Jess, después de tanto tiempo evitando mencionarla.
Jess se incorporó al grupo bien, aunque muchas veces pensamos en mandarla a la mierda. Era muy extraña, y eso a veces nos ponía nerviosos.
Sally al principio receló un poco, no obstante con el tiempo la fue aceptando, o eso creía.
Al final, yo terminé queriéndola como una buena amiga.
Con la ayuda de Jess, logramos ir más lejos, y en ese entonces conseguir el dinero para los remedios no parecía algo tan imposible.
Pero más allá de su omnipotencia y de sus aspectos inhumanos, por momentos, Jess parecía una persona completamente normal. A veces, hasta olvidaba que podía saberlo todo.
Después de todo lo que pasó, pienso lo mismo que me dijo Kevin una vez. Que Jess era una persona increíblemente inocente, que no podía soportar el dolor de conocer todos los horrores del mundo. Sabía cuales eran los actos más horribles y prohibidos que habían sucedido sobre la faz de la tierra, pero al no haberlos vivido, se convertía en una persona increíblemente temerosa. Nunca había vivido nada, así que era demasiado sensible.
Y sin embargo, se las arreglaba para ocultar todo esto en una fachada indiferente. Después de todo, nada la sorprendía, pero aún así, debía ser insoportable. Ser tan inocente, y al mismo tiempo, saberlo todo. Por eso mismo debía estar un poco loca.
La verdad, no me gustaría estar en sus zapatos.”
domingo, 29 de enero de 2012
Utopías: Cap 1 "Antes que nada"

Matt estuvo en la Villa Terrena desde siempre, por eso nadie recuerda exactamente el momento que pisó el lugar por primera vez, ni saben nada acerca de su origen. Porque desde luego, con sus grandes ojos azules, su cabello rubio y su cara de nene inmaculado e inocente, no pertenece a la misma raza que el resto de sus vecinos.
Esto Matt no lo cuenta en sus “diarios de aventuras” pero es primordial saberlo para comprenderlo mejor, y también, comprender mejor su historia.
Su madre, o al menos la que cuidaba de él, era una mujer enorme, cuyo cuerpo parecía abarcar más de lo que en realidad hacía, debido a los múltiples pliegues de su anatomía, y también, a su cara de vieja sabía, que parecía poder observarlo todo con una mirada diferente. Era bastante mayor, y fácilmente podía pasar por abuela en vez de madre, pero Matt siempre la había llamado mamá. Tenía una justificada fama de mala salud, pero tampoco podía comprar los remedios. Por eso se quedaba siempre empotrada en su silla, lo que acentuaba su aire de diosa de la tierra. Era de piel morena, y una de sus enfermedades le había provocado manchas oscuras en la piel, pero nada de eso había logrado quitarle la dulzura maternal de su mirada, ni que su amplio regazo dejara de ser un nido seguro y lleno de amor.
A pesar de su don de madre y su aura de diosa ancestral, era increíblemente bruta, algo de lo que casi nadie se salvaba en las Villas Terrenas. Por culpa de eso, y de que ni siquiera era capaz de levantarse de la silla, Matt tuvo que criarse prácticamente solo. Lo cual, de todas formas, para el chico no era tan malo, porque le permitía mucha libertad y la libertad siempre fue algo que estaba primero en su lista de necesidades.
La comida y los remedios de la madre la conseguían sus vecinos. En ese lugar, la vida era dura, y habían acostumbrado a cuidarse entre todos, aunque eso no era lo común en esas clases de Villas. Los pocos habitantes que tenían un trabajo decente, conseguían la comida, los remedios y demás mercancía imprescindible, y trataban de repartirlo equitativamente entre todos, lo cual, desde luego, nunca alcanzaba. El resto intentaba conseguir beneficios por medios no tan legales, pero eso tampoco ayudaba mucho, ya que rara vez conseguían algo bueno, y en general solo servía para que la reputación de los terrenos sea aún más mala de lo que ya era de por sí.
Porque aquella villa, situada en algún lugar remoto del país de Mágistral, era el único lugar que tenían los terrenos que se habían refugiado de las guerras pasadas, de las cuales Mágistral había salido victoriosa.
Matt supo desde el primer momento que en aquél lugar, él era un bicho raro, algo que no encajaba. Le bastaba solo con mirar el aspecto de los demás: Morenos, altos, de nariz alargada. Cuando observada estos rasgos, una incógnita oscura invadía su interior, pero no sabía explicar la razón de su diferente apariencia, por lo tanto, el único modo de quitarse esa tristeza era un abrazo de mamá; y, cuando ya era un poco más grande, distraerse de sus problemas con los amigos.
El resto de los habitantes aceptaron al niño a pesar de su origen incierto, y lo criaron cómo a un igual, de lo cual Matt siempre se sintió agradecido. Guardó para siempre un gran cariño a aquel pueblo, y por eso llegó a convencerse de que él mismo era un terreno, y de que la que se hacía llamar su madre era realmente su madre, y que sus diferencias físicas no eran más que un extraño error de ADN.
La madre, encantada, alimentó las creencias del niño con mentiras sobre su pasado y engaños de su nacimiento, sin saber que, tiempo después, esas mentiras le provocarían una culpa que la llevarían a la muerte.
En seguida Matt trabó muchas amistades, entre ellas, Mark, un chico con el jugaba a patearse una latita, y Rachel, una niña que, como él, tenía un pasado incierto.
Porque ella no tenía recuerdos de sus padres, se había criado con sus dos hermanas, que, como no podía ser de otro modo, no eran para nada responsables. En la villa terrena, las hermanas de Rachel tenían fama de ser las jóvenes más hermosas y simpáticas de aquél pequeño refugio, lo cual les daba muchas oportunidades para divertirse y poco tiempo para cuidar de su pequeña hermana.
Por eso mismo, durante la niñez, Matt y Rachel fueron unidos por una complicidad infantil, en la cual los dos ya eran lo suficientemente listos como para darse cuenta de varios de los errores de los adultos.
Rachel era una pequeña siempre dispuesta a la aventura, a las novedades, a probar cosas nuevas. Había heredado el mismo encanto de sus hermanas, y ya desde entonces se corrían rumores de que ella también se convertiría en una joven espléndida que asombraría a todos con su belleza. Era igual de bruta que el resto de los ciudadanos, pero tenía un par de dones que con el tiempo había logrado perfeccionar, gracias a unas de las pocas veces que sus hermanas le ponían atención. Sabía cantar y bailar, y conocía un montón de canciones y bailes típicos de Terra, su país de origen; a causa de que los vecinos, al ver su talento, intentaron preservar en ella la poca cultura que recordaban.
También, tenía otra habilidad: poseía una fuerza sobrenatural, algo anormal en su cuerpo de niñita escuálida.
Su espíritu aventurero había hecho que su relación con Matt se convirtiera en una verdadera amistad, y pasaban el tiempo juntos divagando en las afueras de la villa.
Cuando eran pequeños, procuraban no alejarse mucho, y finalmente terminaban investigando las montañas de chatarra que se juntaban detrás de las pequeñas casuchas. Eso era algo realmente divertido, porque encontraban toda clase de cosas allí, pero llegó un punto en que las cosas interesantes se acabaron, y desde entonces tenían suerte si encontraban algo más que comida podrida.
Por eso, cuando fueron un poco más grandes, se animaron a atravesar el interminable desierto que rodeaba la villa. En realidad, esto era solo una excusa para pasar el tiempo juntos, porque si no encontraban cosas interesantes en las montañas de chatarra, menos lo iban a hacer en aquellas hectáreas de tierra árida.
Pero era divertido escaparse juntos de la Villa Terrena (Ese lugar tan familiar que resultaba aburrido) y también, de la vigilancia de los adultos.
En una de esas escapadas de charlas interminables, ocurrió algo que cambió para siempre la vida de Matt.
Iban caminando ya desde un largo rato, y temían que esta vez se hubieran alejado demasiado. Cuando de pronto, el interminable desierto llegó a su fin, y se hallaban en lo que parecía el límite de una ciudad. Era, desde luego, una zona apartada de la población, porque casi no había gente. Pero era una civilización. Limpia, ordenada, con edificios de cemento; y no de chapa y restos de madera, como los que conocían.
Miraron a su alrededor. Se encontraban entre una estación de tren (evidentemente, la última estación de aquella vía) y lo que parecía un negocio.
Como no podían dejar pasar esa oportunidad, los dos niños entraron al negocio.
Allí dentro se encontraba una mujer, rubia, esbelta, con rasgos aniñados y unos ojos azules que no podían menos que ser familiares.
La mujer observó a Matt, sin reparar en Rachel, y esbozó una sonrisa absurda, como la que suelen emplear los adultos cuando se dirigen a un niño.
- Hola pequeño, ¿buscabas algo para leer?
Solo ahí, Matt y Rachel se dieron cuenta que ese negocio era una biblioteca. Matt tardó en responder, porque se había quedado sorprendido en los rasgos de la bibliotecaria.
Era la primera vez que veía a alguien tan parecido a él, y en ese momento supo que los terrenos no eran la única raza que poblaba aquel mundo.
Sin embargo, se hallaba en una biblioteca, con estanterías y libros auténticos, y sintió que esa oportunidad no la podía dejar pasar. Nunca en su vida había visto un libro, y en la Villa se los mencionaba como algo inalcanzable, puesto a que la mayoría de sus vecinos eran analfabetas.
Entonces, tímidamente, Matt asintió con la cabeza. Rachel se sorprendió al ver este gesto en su amigo.
- Matt, tal vez leer algo sea divertido, pero esta vez nos demoramos demasiado. Tu mamá se va a preocupar.
En ese momento, la bibliotecaria reparó en la existencia de la niña, y sus cejas se levantaron en una mueca de horror. Se arrodilló, para ponerse a la altura de Matt, y luego le dijo en una voz que pretendía ser un susurro:
- ¿ella está contigo?
Matt la miró con desconfianza, pero respondió “si” con seguridad.
- No debes juntarte con esa gente. No te hacen bien, lo único que quieren hacer es robarte, o engañarte para que los ayudes en algún trabajo sucio.
El chico volvió a mirarla con incredulidad.
- Es solo una niña- dijo, señalando lo obvio. – y es mi amiga, y no es una mala persona.
La mujer se paró, al parecer, ofendida.
- Pues si ella no se va, tu no puedes quedarte.
Rachel se asustó. Había oído hablar de la discriminación hacia los terrenos, pero nunca la había experimentado. Ella era normalmente de carácter fuerte y difícil de intimidar, pero aquella situación la había desarmado. Fue la primera y última vez que se sintió tan indefensa, porque ese momento le enseñó a no asustarse de las mujeres rubias y altas que se escandalizaban cuando veían niños morenos. Incluso, luego de un tiempo, creyó comprender la razón de la discriminación, aceptándola, de alguna forma, como un hecho inexorable.
-¿Por qué no?- insistió Matt, que estaba experimentando, sin que se diera cuenta, su primera acción rebelde ante la raza que mandaba en ese país
- No importa, Matt- Murmuró Rachel, aterrada- igual no tenía ganas de quedarme. Ni siquiera sé leer.
- ¡Pero no tiene sentido!- Exclamó Matt, exasperado por lo injusto de la situación.- Si yo puedo quedarme, no veo porqué vos no…
- no importa, de verdad, ya tengo ganas de volver a casa- dijo Rachel en voz inconcientemente baja.
Matt miró las largas estanterías de libros que se encontraban a su alrededor, y por primera vez, sintió ganas de separarse de su amiga para descubrir el secreto que hacía a los libros algo tan inalcanzable.
Rachel se dio cuenta.
- Si querés quedarte, puedo volverme sola…
Matt la observó y sonrió.
- Bueno, pero cuidate…
La niña le sacó la lengua.
- Obvio, nene, no necesito que me cuides. Si soy más grande que vos.
Matt se rió, porque sabía de antemano que la chica reaccionaría así. Rachel también sonrió, pero luego observó el lugar con una fugaz mirada triste, comprendiéndose rechazada, y sintiendo que por culpa de una estupidez se estaba perdiendo todo un mundo. Se fue cerrando la puerta de cristal, sin mirar hacia atrás.
Así fue como Matt entró sin retorno al mundo secreto de los libros. Empezó con libros sencillos, que eran puro dibujo y solo te enseñaban a cantar el abc, pero al poco rato comenzó a interesarse en cosas más complejas. Libros que contaban historias fantásticas, que nunca habían sucedido, libros que contaban historias fantásticas acerca de la realidad, libros que le brindaban información que él jamás hubiera imaginado.
Rachel lo acompañaba hasta la biblioteca, pero no se atrevía a entrar. Se volvía procurando no acercarse mucho a la puerta de cristal.
Cuando la bibliotecaria la veía despedirse de Matt, volvía a intentar hacerlo entrar en razón, y convencerlo que esas no eran amistades para su categoría. Pero Matt no le hacía caso y la ignoraba olímpicamente.
La bibliotecaria no lo comprendía. No había razón alguna para que un nacido de Mágistral tan inmaculado como él se relacionara con terrenos. Por que desde luego, él era un nacido de Mágistral, cualquiera lo sabría con solo verlo. Bueno, cualquiera menos él. Y los nacidos de Mágistral se alejan de los Terrenos casi por instinto.
En el primer momento que Matt vio a la bibliotecaria, tuvo un eco de esperanza que poco tiempo después se transformó en horror. No podía creer que guardara algún parecido con aquel ser tan despreciable. Secretamente, allí comenzó el rechazo que le tenía a todos los que eran rubios, aniñados, de ojos celestes; consecuentemente sentía rechazo hacia sí mismo. Nunca pudo llegar a sentirse conforme con su aspecto, a pesar de sus esfuerzos por ser visiblemente diferente.
Pero la biblioteca, la biblioteca era para él un lugar maravilloso. Era similar a los juegos de explorar cosas, esos que inventaba con Rachel, pero esto era increíble, porque no tenía límites, porque sentía que podía estar en cualquier lugar o saberlo todo sin ni siquiera moverse de su silla.
Al poco tiempo de ir y venir a la biblioteca, Matt ya había aprendido un montón de cosas, razón por la cual se distanció con la mayoría de sus vecinos. Cómo casi todos sus conocidos eran personas incultas, que ni siquiera tenían la posibilidad de educarse, no les hizo mucha gracia. A parte de que el muchacho, a medida de que pasaban los años, estaba cada vez más extraño. Había incorporado una idea de higiene demasiado ortodoxa para lo acostumbrado en la Villa, y cada vez que alguien se lo mencionaba, empezaban a contar historias de lo más fantásticas que hablaban de unos seres llamados microbios y gérmenes. También, había venido con el cuento de había que tener una alimentación variada, porque si no el cuerpo no iba a tener suficientes vitaminas. Cómo si ellos supieran lo que eran las vitaminas.
Un día estuvo estudiando un libro de geografía, que hablaba de los distintos continentes de su mundo, y descubrió algo de los Terrenos que no sabía: Ellos valoraban la vida por encima de todo, y en su sociedad, era pecado matar. Pero no solo humanos, era pecado matar cualquier cosa, desde animales hasta el más pequeño de los insectos. Cuando apareció esa tarde por su casa, fue con el cuento de que a partir de ahora era vegetariano.
Los habitantes de la Villa no recordaban prácticamente ninguna de las costumbres de su país de origen, y solo conservaban la de las vestimentas: todos llevaban ropas sueltas de colores claros o pasteles, que contrastaban con sus pieles morenas. Por eso, la idea de Matt les pareció absurda y ridícula. ¿Por qué cambiaría algo tan delicioso como la carne por insípidos vegetales? Pero no había caso, el chico era terco como un poste.
A pesar de las burlas, Matt nunca dejó de tenerle cariño a aquél pueblo, y solo por eso, el pueblo tampoco podía perderle aprecio.
Cuando tuvo alrededor de 12 años, empezó a vagar por su cabeza la idea de irse a probar suerte a la Capital. No por rechazo a la Villa, sino por sus ganas de demostrar que podía. Que podía hallar la manera de hacer de la vida de sus vecinos una vida más fácil, y que era capaz de cambiar el orden de las cosas. Aún a esa edad, recordaba algo que había vivido de muy pequeño: El invierno mortal. No había forma de salvarse del frío, se colaba por las mantas, por los recovecos de las casuchas de madera, por la piel de las personas, hasta congelarles las entrañas. Mágistral era generalmente un país caluroso y húmedo (con una clara excepción al lugar donde se hallaba la Villa, que era prácticamente un desierto) Pero ese invierno fue increíblemente frío. No podían escarpar, no tenían recursos para defenderse. Los más débiles, murieron, y a los demás les quedó un catarro que tardó varios años en irse (a algunos les arruinó los pulmones de por vida). En ese momento Matt tenía 5 años, e incluso a los 12, 18 años, incluso el resto de su vida, siguió preguntándose por qué sucedía esto. Porqué nadie los ayudaba, ni se preocupaban siquiera. Al menos hubieran tenido la decencia de hacer de cuenta que les importaba y prestarles otra manta. Pero no, los dejaban morir como perros. Esas palabras las decía Matt y se prometió seguirlas repitiendo mientras tuviera voz.
Y desde entonces, supo que si tenía la posibilidad, iba a hacer algo.
Pero solo tenía 12, y sabía que mucho no iba a poder hacer siendo tan pequeño. Sin embargo, esa idea siguió dando vueltas hasta que consideró que ya tenía edad y motivos suficientes como para marcharse.
A los 12 su amistad con Rachel se había profundizado notablemente, mientras que su amistad con Mark y el resto de sus vecinos (a pesar de que no llegaba a desaparecer) se había ido desgastando. Esto era, más que nada, porque las ideas extrañas que Matt adquiría a partir de lo que había aprendido en los libros, generaba unas discusiones algo fuertes.
Matt odiaba a los nacidos en Mágistral, odiaba su fanatismo de pureza de raza, odiaba como trataban a los terrenos, odiaba su aspecto angelical, y sobre todo odiaba parecerse a uno de ellos. Pero contra todo pronóstico, los de la Villa Terrena no tenían nada en contra de los nacidos de Mágistral, y a Matt eso lo sacaba de quicio.
- Si no fuera por su fanatismo estúpido, ustedes podrían tener un trabajo digno, y no tendríamos que andar escondidos en esta villa, podríamos vivir allá entre la gente. – Objetaba Matt.
- Pero nosotros tenemos la culpa de que nos discriminen. Mágistral sería un lugar perfecto si no fuera por nosotros. Los nacidos de Mágistral ni siquiera se plantean en romper las reglas, en cambio, es común ver a un Terreno robando. – Solía replicar Mark, o su interlocutor de turno.- A parte de que la tierra donde estamos parados, es de ellos, y si no estamos de acuerdo con sus reglas o sus costumbres, también estamos despreciando el lugar donde vivimos. Tenemos suerte de estar aquí y no hundiéndonos en el mar. Fueron piadosos con nosotros.
- ¡No! ¡No es así!- Saltaba Matt, indignado de que su amigo se pusiera en el bando de los de Mágistral y no del suyo propio. – ¡Si hubieran sido piadosos, hubieran tenido la decencia de tratar a los terrenos como iguales! ¡¿Cómo quieres que un terreno no robe, si no puede conseguir un trabajo?! ¡No nos están tratando como humanos, nos tratan como animales!
Pero nadie podía comprender del todo el punto de vista de Matt. Ni si quiera Rachel, pero esta tenía la prudencia de no sacar el tema.
La diferencia crucial entre Rachel y los demás, era que ella era de mente abierta, y a las cosas extrañas de Matt; aunque algunas les parecían demasiado absurdas o incluso les impresionaban, siempre supo respetarlas. Pero eso no quería decir que Rachel se perdiera la ocasión de hacerle bromas al respecto para molestarlo. De todas formas, Matt siempre aceptaba las bromas con buen humor.
Igual, Rachel también tenía sus rarezas. Estaba su fuerza anormal, sus talentos poco comunes en ese pueblo perdido en el olvido, y también tenía la costumbre de saltar con temas recurrentes, de decir lo que pasaba por su mente sin tapujos, sin miedo a la vergüenza o al qué dirán.
También ella apoyaba la idea de su amigo de marcharse de la villa. Moría de ganas de saber que había allá afuera, que escondía aquél mundo desconocido, y no le tenía miedo a las discriminaciones ni a los insultos.
Un día, le dijo a Matt:
- Odio mi nombre.
El chico, que ya estaba acostumbrado de que Rachel saliera con cosas que no iban al caso, no se extrañó demasiado con aquella declaración.
- ¿Por qué? Rachel no es feo.
- Es que es muy común, muy soso. Me gustaría un nombre que tuviera más personalidad.
- Matt tampoco es la gran cosa. – Replicó el muchacho.- Es el nombre más común y trillado del mundo. Y suena más a abreviación que a nombre completo.
- No, pero Matt es lindo, tiene más gracia. Pero Rachel es tan… tan nada.
Matt se encogió de hombros y dio por terminada esa conversación. Para él, el nombre Rachel no tenía nada de malo, pero él también había aprendido a no discutir en ciertos casos.
Esta conversación carecería de importancia, si no fuera por la incursión a la biblioteca que tuvo al día siguiente. Había escogido un libro muy estúpido, que contaba una historia de amor al estilo de Pocahontas: El conquistador enamorado del nativo.
Sin embargo, para Matt, ese libro fue casi una revelación, o al menos lo fue en su momento.
El libro contaba la historia de un nacido de Mágistral que se enamoraba de una mujer Terrena, cuyo nombre era Sally.
Matt, que para ese entonces ya tenía edad suficiente como para apreciar la belleza natural de Rachel, le ofreció aquel nombre, un nombre que para él tenía el significado oculto de la remota posibilidad de que ella le correspondiera.
A Rachel, el nombre “Sally” le encantó. Matt no entendió porqué, porque para él Sally era incluso un nombre menos “especial” que Rachel. Pero Rachel estaba fascinada.
Durante esos días, le exigió a todo el mundo que la llamaran “Sally”, a lo cual le hicieron caso durante un tiempo; pero luego se olvidaron, y Rachel perdió interés por el nombre, hasta el punto que nadie recordó que ese había sido alguna vez su apodo.
No fue así para Matt, que siguió llamándola Sally hasta el final de sus días, hasta que el nombre terminó por convertirse en una especie de código entre ellos dos.
Matt supo desde el principio que Rachel nunca le iba a corresponder, o al menos no del modo que quisiera. Rachel no era una chica hecha para enamorarse, ella necesitaba ser libre, vivir un montón de aventuras, probarlo todo. Nunca ocultó su amor por ella, mientras estuvo en la villa, se le declaró al menos 3 veces, a lo cual ella nunca dio una respuesta precisa.
- Yo te quiero, Matt, pero no sé si te quiero tanto. – Más o menos eso era lo que le decía. Todo el mundo sabía que Matt andaba atrás de ella, y sin embargo eso no impidió que Rachel tuviera amoríos con otros chicos de La Villa, que comenzaron peligrosamente apenas ella cumplió 15 años.
Para Matt fue un golpe duro, pero nunca se animó a reprochárselo. Y, a pesar de los sentimientos no correspondidos, la amistad entre ellos dos nunca flaqueó, sino que se hizo más fuerte con el tiempo; Tanto, que eran capaces de contarse cualquier cosa, sin vergüenza ni pudor.
También en esa edad, Rachel comenzó a adquirir malos hábitos, a meterse de lleno en cosas que le causaban placer sin pensar en las consecuencias. Entre esas cosas, fumaba, algo a lo que Matt no se cansaba de reprocharle.
- Esa cosa que consumís te llena de humo los pulmones ¡dentro de un tiempo no vas a poder respirar!
Pero Rachel hacía caso omiso a las advertencias del joven, porque le parecían cuentos tan absurdos como la historia de las vitaminas, los alimentos variados o el vegetarianismo.
Por momentos, parecía que Rachel vivía una vida muy diferente a la de Matt, y sin embargo, el chico la esperó siempre. La veneraba con una devoción increíble, y se había acostumbrado tanto a quererla que tiempo después se dio cuenta de que no podría amar a ninguna otra chica ni aunque quisiera; más que nada, por fuerza del hábito.
Matt comprendió que había llegado el momento de marcharse cuando los remedios que le conseguían los habitantes de La Villa no eran suficientes para la salud de su madre. Hacían lo que podían, pero nunca alcanzaba.
Fue la excusa perfecta que andaba buscando desde hacía rato.
Para la ocasión, decidió raparse el pelo, pues ya estaba alto de ese maldito rubio que delataba su procedencia incierta. Igual, no quedó completamente pelado, le quedó un pelo incipiente que le daba a su cabeza la textura de un cepillo amarillo. De esa manera, ya estaba listo para marchar.
Se propuso a sí mismo conseguir el dinero de la manera que sea y lo más rápido posible. Le pidió a Sally que lo acompañara, pues ni se planteaba marcharse si no iba con ella, la cual aceptó sin pensárselo dos veces. Y por último, se despidió de su madre con un beso en la mejilla, rogándole que lo esperara para que pudiera entregarle los remedios, y así darle la oportunidad de devolverle todos esos años de crianza, y también, darle un sentido a su viaje remoto.
De esa manera, prepararon un escaso equipaje y se marcharon por el camino que cientos de veces tomaron para ir a la biblioteca. Pero esta vez, en vez de dirigirse al negocio, fueron a la estación de tren.
Con todo el dinero que tenían, compraron un pasaje y fueron rumbo a lo desconocido.
Matt sabía que sus posibilidades de lograr algo productivo eran escasas. Todo lo que sabía sobre la ciudad de Mágistral, lo había visto en libros, y la teoría suele ser diferente a la práctica. Pero era lo único que podía hacer.
Lo que no sabía era que durante su viaje, iba a contar con un poco de ayuda.