Todo texto aquí visto es pura creación de grillito, alias Azul, alias Fairy, alias la chica astronauta, alias Azul, alias la loca esa

toda imagen aquí vista es pura creación de alguna persona, ecepto grillito, a menos que ella diga lo contrario. Si quieren ver dibujos de ella, vayan a http://lachicamariposa.deviantart.com/

Procuren no chocarse con la luna!

jueves, 1 de marzo de 2012

Utopías: cap 3 "Algo en qué creer"


Mansión Azul, Hace dos años.

La Presidenta se despertó sobresaltada.
Se había quedado dormida en su escritorio, y había tenido otra pesadilla de sus antepasados. Así era su vida, tenía que cargar con el peso de su origen. Los antiguos presidentes de Mágistral no dejaban de enviarle mensajes oníricos, incluso más allá de la muerte.
Era algo que le perturbaba, porque sabía que a causa de esos sueños, jamás iba a poder abandonar la política, y todos sus errores la atormentarían eternamente. Si no encontraba la forma de perpetuar el gobierno de sus padres y el de sus abuelos y el de los abuelos de sus abuelos; los espíritus de los ancianos la acosarían sin descanso.
Y a pesar de esas aterradoras pesadillas, no había podido evitar el quedarse dormida.
Todo estaba tan tranquilo… Desde su despacho, tenía la vista al gran lago que formaba parte del parque nacional “cristalino”, y en el ambiente se respiraba un inconfundible aire de paz.
Así solían ser las cosas cuando gobernabas Mágistral, la utopía.
Alguien tocó la puerta, y ella se enderezó en su asiento, con expresión fastidiada.
- Pase.- Ordenó con voz amarga. ¡Cómo odiaba que la molestaran por insignificancias!
La puerta se abrió para dejar pasar a un hombre con un uniforme color verde agua.
- Oficial.- Reconoció la presidenta.- ¿Alguna noticia?
- Vengo del Instituto Secreto de las Aves- murmuró el hombre, al parecer, intimidado por la mujer.
La presidenta cambió su expresión fastidiada por una de ligero interés.
-¿ah, si?- inquirió.- ¿Y qué? ¿Pasó algo?
El oficial estaba visiblemente nervioso.
- Ella… la chica…- Tragó saliva.- Escapó.
La mujer abandonó su indiferencia y estalló en una furia que pareció borrar sus dulces rasgos infantiles.
-¿¡Qué!? ¿¡Cómo la dejaron escapar!? ¿¡Acaso no dejé bien en claro lo importante que era esa chica para nosotros!?
- Señora, a mi solo me dieron el mensaje…- Musitó el oficial, aterrado.
- ¡Yo les dije que era necesaria una buena seguridad! ¡Creyeron que porque la chica estaba confundida, no iba a saber escapar!- Siguió exclamando la Presidenta, sin hacer caso al oficial.- ¿¡Es que son imbéciles!? ¿¡Es que no se dan cuenta de todo lo que puede hacer!?
En un momento La Presidenta se calmó. El hombre no había atinado a hacer nada, y se había quedado inmóvil como un poste. La mujer le lazó una mirada de desprecio.
- ¿Y qué hace usted ahí, parado? ¡Haga algo! ¡Empapele la ciudad con su cara! ¡No podemos dejar que escape!
- Si… si, señora.- Farfulló el oficial, y salió disparado por la puerta de salida.
La Presidenta masculló un insulto, sintiendo con un placer mezquino su gusto amargo en la boca. Pensar que hace dos segundos atrás creía que nada iba a salir mal…
No, no importaba. No iba a dejar que una chica estúpida arruinara todas esas generaciones de gobierno.


Segunda anotación en el diario de Matt.
Escrita en el presente, en La Capital.


“Ahora mismo trato de recordar las cosas que hicimos Sally, Jess, y yo, mientras tuvimos la oportunidad.
Con Jess de nuestro lado, parecíamos imparables. Ella nos decía como aprovechar mejor las oportunidades, cómo actuar para que no nos metiéramos en líos.
Cometimos varios robos, también, aunque solo hurtamos instituciones privadas, y a veces también del gobierno. Ahora que recuerdo, una vez robamos el Museo de Villa Laguna… Fue increíble. Era uno de esos museos de cultura general, logramos robar todo el dinero, y también algunos objetos de valor… No recuerdo muy bien cómo fue que lo hicimos, ya que casi todo lo planeó Jess, y era un plan tan complejo y tan maniáticamente calculado, que es considerablemente difícil de recordar.
Pero apenas Jess se sumó al grupo, nos convertimos también en fugitivos. Bueno, no tanto en realidad, principalmente la que se tenía que esconder era Jess, pues al poco tiempo, descubrimos que el gobierno ofrecía una recompensa por quien la encontrase.
Fue ahí que terminé de entender la razón por la cual Jess se había aliado con nosotros, porque si yo quería, podía entregarla tranquilamente.
Nunca lo hice, aunque al principio fue sólo por desprecio al gobierno. En esa época, toda oportunidad para desobedecer a La Presidenta y sus aliados me parecía válida.
Así que tuvimos que ser aún más cautelosos para ocultar las anormalidades de Jess, pero obviamente eso tuvo sus beneficios. Además, con el tiempo, hasta yo mismo adquirí cierta fama. A pesar que después de cometer nuestros golpes nunca dejábamos huellas, se empezó a correr la voz de que había un nacido de Mágistral que estaba rompiendo la ley, pero que a diferencia de los Terrenos no eran débiles robos hacia algún chico desarmado, sino unos hurtos importantes a instituciones importantes. Además, jamás en nuestros robos lastimamos a nadie. A pesar de que con el tiempo mi nombre se hizo conocido, a mí nunca me buscaron ni intentaron atraparme, o al menos así fue al principio.¿Habrá sido solo porqué soy rubio y de ojos celestes? Incluso, había gente que me apoyaba. Desde luego, los que me apoyaban no eran ni gente a favor con el gobierno, ni Terrenos, sino que solían ser gente de razas extrañas, mestizos, que no se ataban a ninguna cultura y tampoco eran discriminados, por lo tanto eran completamente libres de estar a mi favor o no. Además, valga la aclaración, podían observar los hechos con más perspectiva.
… Ahora que lo pienso, ¿Qué pensará de mí la gente que me apoyaba en esos momentos, después de tanto tiempo? …Seguramente piensan que me atraparon, o que morí en el intento de escapar. Bueno, eso es lo que me gano por no salir ni a la calle.
Estoy tratando de hacer memoria, pero los recuerdo Jess están tan desgastados… tal vez sea por su naturaleza fantasmal, qué sé yo, pero los recuerdos de ella (sobretodo los antiguos) se me hacen muy borrosos.
Ah! Si, ahora me viene a la mente… No sé si fue una de nuestras Grandes aventuras pero lo que viví ese día me quedó marcado, por alguna u otra razón. Ocurrieron varias cosas que me hicieron reflexionar.
Jess, a pesar de su aparente fachada fría e inhumana, tenía varias manías que desarmaban su aspecto indiferente. Por ejemplo, no podíamos llamarla Jessica, el cual, lógicamente debería ser su nombre completo.
¡Mi nombre no es Jessica, es Jess! Incluso ahora puedo imaginarme su voz diciendo eso.
También, respetaba la vida, pero con una devoción admirable, y me sorprende que nunca se haya puesto a llorar por pisar un microbio. Los Terrenos tenían las costumbres de no matar, pero Jess solía llevar las cosas a otro extremo. Sabía todo sobre la vida, pero desconocía lo que ocurría después de la muerte, y eso la perturbaba más que a una persona normal.
También, estaba obsesionada con descubrir cosas de su pasado y su futuro. Por todo eso, Jess solía mandarse un par de cagadas.
Una vez fuimos a un mercado que quedaba en Villa Garúa, cerca de los límites de la capital. Era un mercado medio extraño con gente de la misma clasificación. En ese entonces, no teníamos interés de ganar plata, sino de gastarla. Necesitábamos comida, y ya que estábamos, algunas cosas más.
Era un mercado humilde, formado de hileras de tiendas armadas con palos y sábanas blancas. Puedo asegurar que en esos lugares podés conseguir cualquier cosa a cambio de dinero, sólo necesitas pedir.
Sally estaba entusiasmada, nunca antes había venido a un lugar así, y menos con plata suficiente cómo para gastar. Recuerdo que quería comprar un montón de cosas y yo tenía que controlarla. Jess caminaba al lado nuestro en silencio, protegida por sus lentes oscuros y su largo abrigo con capucha.
A nuestra derecha, una voz nos llamó:
- ¡Eh! ¡Ustedes! ¿No quieren conocer su futuro?
Jess movió la cabeza tan rápidamente que creí que se la iba a dislocar. La que nos llamaba era evidente una nacida de Ven, un país del cual salían muchas leyendas y supersticiones. Se notaba por su piel clara (algo amarillenta) y su largo cabello negro, de un tono que casi podría pasar por azulado. Estaba sentada al borde del camino, y su tienda se conformaba tan solo de un almohadón en el suelo y un cartel: Adivino el futuro por el camino de las venas.
La lectura a través del camino de las venas es una triquiñuela común que suelen usar los nativos de Ven como excusa para ganar algo de dinero y, si el cliente está distraído, robarle también alguna cadenita de oro que pendiera de su muñeca.
- ¿De verdad querés que una extraña te mire las venas para que al final termine diciendote una mentira? Los nativos de Ven no suelen ser muy confiables. – Le dije a Jess, al ver que seguía a la Adivina con la mirada.
- Si, y sin embargo, su reputación no es peor que la de los terrenos- dijo acertadamente, y luego me miró a través de sus lentes. – Me sorprende que vos seas el que juzgue a alguien según su origen.
Me callé, porque tenía razón. Con Jess no vale la pena equivocarse ni discutir.
- Si quieren, pueden ir a hablar con la adivina esa- Había dicho Sally.- Yo puedo encargarme de las compras.
- No sé si eso es muy recomendable…- Musité, pero Jess aún seguía mirando a la nacida de Ven, y supe que lo mejor era acompañarla para evitar que sus ansias de saber más sobre sí misma lo arruinaran todo. – …Está bien, pero por favor, no gastes toda la plata.
Sally se limitó a sacarme la lengua como respuesta, un gesto que ella solía usar cada vez que la sermoneaba por algo.
Con Jess nos acercamos hacia la adivina, que esbozaba una sonrisa a medida que nos aproximamos. Cuando la miré de cerca, me di cuenta de que era muy joven, más o menos tenía nuestra edad; y de golpe no estuve tan seguro de su nacionalidad. Sí tenía las mejillas y el mentón cuadrado (algo típico en los nativos de Ven) pero tenía los ojos de un celeste claro, y sus rasgos eran más suaves de lo normal. Su sonrisa también era extraña, era algo pícara, y al mismo tiempo, inteligente. Si mal no recuerdo, tenía un hoyuelo en un costado de la barbilla.
- Veo que están interesados en saber que les depara el futuro. – Dijo con entusiasmo.
- Ella es la interesada.- Dije señalando a mi amiga.
- Qué bien. – Dijo mientras le dirigía la mirada. – Con esa piel clara será más fácil seguir las venas.
Jess se sentó y extendió el brazo. La adivina se acercó a él, y lo tocó suavemente con las yemas de los dedos.
- ¡Qué raro! – Musitó, extrañada. – Tus venas son extrañas… como de un color amarronado… y tu piel es tan… transparente…. – Y entonces levantó la vista y le escrutó el rostro con la mirada. Para ese entonces, yo ya estaba pensando que acercarnos a la adivina no fue una buena idea.
La chica acercó una mano hacia el rostro de Jess, pero Jess la detuvo. Entonces estiró el otro brazo y le dio una cachetada, que Jess esquivó limpiamente. Pero sus lentes se habían resbalado unos milímetros, dejando al descubierto sus cejas incoloras y un atisbo de su mirada blanca.
- ¡Lo sabía! – Exclamó la Adivina. - ¡Sos la chica albina! ¡La que busca el gobierno!
Jess no parecía asustada. Le agarró los brazos con más fuerza y le dijo:
- ¡Callate! ¡No sabés con quién te estás metiendo! Si hablás, yo le digo a todo el mundo que sos una mentirosa de mierda.
La otra chica rió.
- ¡Decí lo que quieras! No voy a necesitar mentir nunca más cuando cobre la recompensa de tu captura.
En ese momento, supe que había llegado la hora de intervenir.
- Ehh… ¿No podríamos charlar un minutito en un café?
La Adivina me miró como si la estuviera jodiendo.
- No soy estúpida. No voy a dejar que vos entregues a la chica.
- Bueno, yo no puedo dejar que me la saques. La necesito. Si tenés un rato, te puedo explicar porqué. Pero hay algo que te voy a decir: Jess es una chica muy poderosa. La idea de que los de arriba tengan lo que ella tiene, asusta. Entregarla ahora, no es una buena idea.
La adivina me examinó con la mirada y por un momento, pareció olvidarse de la presencia de Jess.
- Sos raro. – al parecer, esa fue su conclusión. – Los dos son raros, en realidad. Creo que sí voy a aceptarte ese café. Me dan curiosidad. Pero no sé si voy a dejarlos ir tan fácilmente. – Y dicho esto esbozó una de sus sonrisas de duende.



El estúpido de Kevin apagó la luz. Y ya sabía que estaba escribiendo. Me dijo que deje de hacer boludeces y que quiere dormir. Es un pelotudo, pero bueno, sin él no tengo dónde vivir. En fin, ahora ya se durmió y volví a prender la luz… ¿En qué estaba?
Ah, si, fuimos a tomar un café con la Adivina.
Jess estaba enojada, y era obvio que no quería saber nada de la chica que estuvo a punto de delatarla. Pero yo pensaba que era mejor llevarse bien con aquella que sabía que éramos fugitivos. A parte… bueno, era una vendedora callejera, si podemos decir que predecir el futuro es vender algo. Quiero decir, seguramente necesitaba la plata de la captura de Jess, pero también, probablemente, nos entendería.
- Así que… ¿Cómo te llamabas?- Le pregunté una vez que nos sentamos.
- Amelie.- Respondió. - ¿Y vos?
- Me llamo Matt, y ella es Jess.- Dije, señalando a mi amiga con un gesto. Jess desvió la cabeza hacia otro lado, como si no le interesara conocer a Amelie.
- Si, ya haz dicho el nombre de ella antes… - Hizo unos segundos de silencio, y estuve a punto de volver a tocar el tema de la captura de Jess, pero ella se me adelantó.- Entonces… ¿Realmente eres un nativo de Mágistral? Debes ser el primero que no ama a su patria de manera febril.
Me dio un poco de bronca que saliera con eso, pero supuse que era inevitable.
- No soy un nativo de Mágistral.
- ¡Cómo que no! – Exclamó la chica – Se te ve en la cara. No solo sos rubio y de ojos celestes, tenés los rasgos típicos de Mágistral.
- Mi madre es Terrena. Así que mis orígenes no son de Mágistral.
- ¿Y tu padre?
- No sé, nunca lo conocí. Pero si algo te puedo asegurar es que mi madre es Terrena.
Amelie me miró con desconfianza.
- ¿Sabías que no vale la pena mentirle a una adivina? – Dijo con algo de sarcasmo.
Me reí.
- No te estoy mintiendo.
- Ok, supongo que algo de razón tendrás, porque no te parecés en nada a un Nativo de Mágistral…
- Gracias.
- Quiero decir, solo te parecés físicamente.
Se produjo una pausa, y entonces recordé que yo tampoco estaba muy seguro de la nacionalidad de ella.
- Y vos… ¿De dónde sos?
Me miró con ojos inteligentes, y volvió a formar otra de sus sonrisas, que parecían eternas en aquel rostro de facciones extrañas.
- Mi mamá era de País Ven, pero mi padre era de aquí. Y yo, nací aquí. Pero se separaron cuando era muy pequeña. No volví a ver a mi padre, y mamá y yo nos quedamos sin plata. Tuvimos que salir adelante con lo único que sabíamos hacer: predecir el futuro, y hacer valer las supersticiones de nuestra raza.
- Vaya. – Fue todo lo que supe decir.
-… Me parece que no le caigo bien a tu amiga.- Murmuró, cambiando de tema bruscamente y sin dejar de sonreír. Me di cuenta entonces de que Jess la había estado observando con el ceño fruncido.
- No hables como si no estuviera, me irrita que la gente haga eso. – Masculló.
- Dale, Jess, no te pongas así – le dije, bromeando. – tal vez si sonreís un poco, la convencemos a Amelie de que entregarte no es una buena idea.
Jess me miró, y supe que a través de sus lentes me estaba dedicando su peor cara de culo.
- No pienso ser amigable con una mina que se aprovecha de las creencias de los demás. Lo que ella hace es completamente deshonesto.
- Claro, porque vos sos el ejemplo perfecto de la honestidad- le dije con ironía.
- ¡Tal vez no! ¡Pero lo que ella hace es mucho peor que lo que hacemos nosotros!
- Me gustaría saber que es eso tan malo que hago. – Interrumpió Amelie.- Y a mí tampoco me gusta que los demás hablen cómo si no estuviera.
- ¡Lo que hacés es mentir!- le espetó Jess. - ¡Ni siquiera vos te creés lo que decís! ¿Cómo podés ser tan falsa? ¡Ganás plata aprovechándote de la fe de las personas!
Amelie la miró, atónita.
- Sí, eso hago. ¿Y qué?
Jess pareció perder fuerzas durante un segundo. Iba a decir algo, pero al final decidió quedarse callada y desviar la vista hacia otro lado.
- Hay gente que realmente cree en lo que decís. Hay gente cuyas incógnitas en la vida lo son todo. No podés burlarte de ellos.- murmuró luego de un rato de silencio.
Amelie no supo qué decir, y por alguna razón intuí que eso no era común en ella.
-… Jess… Tenés un poco de razón…- Decidí decir.- Pero no la podés culpar, ella hace lo que puede…
- Igual… - Me interrumpió Amelie. – Sí tiene razón. En realidad nunca lo había visto así, porque siempre estuve concentrada en hacer lo posible para sobrevivir. Ahora que lo pienso, es increíble lo poca fe que le tengo a las costumbres de mi raza.
- Entonces… ¿Es verdad? ¿Realmente no crees en que el futuro está tatuado en las venas, ni en ese tipo de cosas?
- Cuando le leo el destino a alguien, uso la técnica que me enseñaron. Pero en realidad, no puedo creer en que según la forma de nuestras venas está marcado nuestro destino. Me parece imposible. No se… debo ser una persona de poca fe…- Al decir esto frunció los labios.
- No es nada, igual. Yo tampoco soy una persona religiosa… Algo que he observado últimamente, es que la gente suele confiar poco en sus propias culturas…
- Sí, ni siquiera vos actuás como un nacido de Mágistral…
- Ya te dije que yo no soy…
- Pero por como andan las cosas últimamente- volvió a interrumpirme.- Es entendible. Es decir, andamos todos en cualquiera. No tenemos una tierra a la que llamar hogar, entonces, ¿Qué cultura vamos a respetar?
Pensé que Amelie había dado en la clave.
- La verdad, siempre pensé en que el resto del mundo tomaba la cultura de País Ven como un chiste, o como mucho, como un pasatiempo. – Dijo, retomando, su discurso. – Me sorprende que te hayas disgustado tanto. – ahora se dirigía a Jess.
Jess torció el gesto, pero seguía sin hablar. Decidí responder por ella.
- Jess es muy… sensible a algunas cosas.
- ¿Cómo es eso?
Y ahí le conté más o menos quién era Jess. No le costó demasiado creerlo.
- ¡vaya! Ahora entiendo… Ustedes dos debieron ser los que robaron el museo de Villa Laguna. ¿Un nacido de Mágistral rompiendo la ley? – Lanzó una risotada- ¡Tenías que ser vos! Con esta chica evadir a los policías debió ser pan comido.
- En realidad éramos tres… Sally también estaba ahí.
- Ah, si. La chica que los acompañaba… la terrena. – Luego miró a Jess. – si vos realmente lo sabés todo… ¿Por qué quisiste que te leyera el futuro? Seguro sos mejor adivina que yo.
- Te equivocás. No sé nada del futuro. Solo del presente, y del pasado.- Respondió Jess de malhumor.
- Pero aún así…
- Jess no recuerda nada sobre sí misma.- Expliqué.- No tiene memoria sobre su vida antes de estar encerrada. Seguramente pensó que vos podrías darle algunas respuestas.
Jess emitió un gruñido. Indudablemente, no le gustaría nada que exhibiera sus debilidades.
- Vaya… - Volvió a murmurar.- Perdoname, pero ya lo viste por vos misma. No puedo asegurarte nada. Ahora entiendo porqué te enojaste conmigo. Perdoname.- Repitió.
Jess se quedó un rato en silencio, pero luego gruñó.
- No importa. Debí haberme fijado si eras una mentirosa antes de acercarme.
Amelie expandió un poco más su sonrisa.
- Igual no te preocupes. Seguro que todo lo que necesitás saber, lo vas averiguar algún día. Las cosas importantes siempre terminan sabiéndose.
Jess ya lo no la miraba con cara de enojada, pero seguía seria. Parecía que la escrutaba con la mirada, a través de sus lentes oscuros.
- Entonces… ¿Después de que te escapaste, el gobierno te empezó a buscar?- Dijo Amelie, cambiando bruscamente de tema.
- Si, yo también pienso que es sospechoso. – Recuerdo que dije.- Pero como Jess no se acuerda de nada, no sabemos que quieren de ella.
- Bueno, es una persona valiosa, sin duda. – Musitó.
- De cualquier forma, nada relacionado con el gobierno puede ser bueno…
Amelie no dijo nada, pero volvió a dedicarme una mirada de ojos inteligentes.
- Amelie…- Murmuró Jess, y los dos nos sobresaltamos, porque hasta ahora no le había hablado directamente. – Si no creés en las supersticiones de tu raza… ¿En qué creés?
Amelie rió.
- ¿Para qué me preguntás? ¿no podés saberlo?
- Si te pregunto, es porque quiero que me contestes. A parte, me atrevo a aventurar que ni te lo habías planteado. No tenés una idea formada.
- La verdad es que no. Trato de no pensar en esas cosas. Del futuro ¿Quién sabe? Yo vivo en el presente.
- ¿Pero no tenés nada?
- No sé… no creo en Dios, pero no puedo evitar imaginarme la muerte como un paraíso donde te encontrás con la gente que querés… Tal vez de esa forma pueda reencontrarme con mi padre. – Frunció los labios, un gesto que evidentemente usaba cuando tocaba temas que la incomodaban. Aún así, sus ojos seguían sonriendo. – Y vos, ¿en qué creés?
- Yo no sé. Veo toda la realidad, con tanta claridad, y tanto detalle, que la muerte me parece algo incomprensible. Pero no sé si la muerte es lo mismo para mí que para todos los seres humanos… es evidente que soy diferente.
Se quedaron calladas, y yo ni quería aportar nada a esa conversación.
- Entonces… ¿Nos dejás marchar en paz?
Amelie volvió a reír.
- ¿Ya se van? ¡Pero yo quería que se quedaran un rato más!
- Perdón, pero dejamos a Sally sola, y eso no es seguro.
- Ok, andá con tu amiguita. No se preocupen, ya tendré otra oportunidad para volverme millonaria.



Ese fue, más o menos, mi encuentro con Amelie. No me acuerdo de todo exactamente, pero en términos generales, así fue nuestra conversación. Como dije antes, no fue una gran aventura, pero me dejó pensando.
Ahora que la recuerdo, Amelie era linda. Pero linda en serio, tenía una cara rara, poco común, y aún así muy agradable. Y era simpática. Pero en ese momento estaba muy enganchado con Sally, y ni me di cuenta. Me pregunto si seguirá en Villa Garúa. Tal vez si. O tal vez se hizo millonaria y se fue a vivir en una mansión con vista al mar.
Tal vez debería echarme un vistazo, a ver si la encuentro... Salir, mal no me viene.
La conversación que tuvimos con ella (sobre todo la última parte) ahora me resulta… curiosa, por decirlo de alguna manera. Me doy cuenta de que la repasé mentalmente demasiadas veces… después de todo lo que pasó, me parece tan… absurda.
Durante estos años, Kevin me estuvo enseñando a ser un Buscador, y el objetivo de éstos es saber que hay después de la muerte antes de morir. Pero últimamente creo en que no hay nada que saber. Que el alma es una energía que se siente naturalmente atraída hacia un cuerpo, y que después de la muerte, todo lo que aprendimos no cuenta, porque cambiamos de cerebro y nuestros recuerdos se pierden.
Creo que Kevin lo sabe, pero hace de cuenta que no. Porque… todos necesitamos de un objetivo. Y porque, sin embargo, yo también tengo mis dudas. Jamás estaré completamente seguro de nada, y aunque Kevin crea con todas sus fuerzas en la religión de los Buscadores, yo creo que nuestra mente no está preparada para saber que es lo ocurre después de la vida.
Por eso todos necesitamos algo en qué creer, incluso Jess, tal vez ella más que nadie. Y todos necesitamos de las esperanzas, por más absurdas que fuesen. Porque gracias a ellas tenemos la fuerza para seguir adelante, y, al fin y al cabo, eso es lo único que importa."

viernes, 10 de febrero de 2012

Utopías: cap 2 "Jess"


Primera anotación en el diario
Presente, La Capital.


“Hola, mi nombre es Matt. Me siento un reverendo estúpido. Acá, Kevin (mi compañero de cuarto) se está cagando de risa. Dice que escribir un diario es una boludez y es poco masculino. Eso me interesa poco, la verdad. Aunque no niego que la idea de compartir mis problemas con un objeto se me hace medio ridícula. Pero esto tampoco lo hago para desahogarme, si no para recordar la serie de sucesos que me llevaron hasta acá. Que me convirtieron en quien soy ahora. Fueron tantas las cosas que pasaron, y algunas tan increíbles que se me mezclan los hechos, me confundo las cosas, me olvido de porqué estoy acá ahora, en una especie de hotel de morondanga, en medio de la Capital y no en la villa terrena, compartiendo cuarto con quien hace un par de años era un completo desconocido.
A pesar de toda la información que ahora mismo se me amontona en el cerebro, haré lo posible por ser objetivo.
Todo comenzó hace un par de años, en los que solo tenía 17. Había tomado la decisión de ir yo mismo en busca de los remedios de mi madre, pero en realidad no tenía la más mínima idea de cómo lo iba a hacer. Los primeros meses no fueron fáciles. Sally y yo tuvimos que pasar muchísimas noches al aire libre, días enteros sin comer ni un pedazo de pan, hasta que nos fuimos adaptando a las normas de la ciudad.
Nos convertimos en unos cazarrecompensas, totalmente desesperados por conseguir una mínima cantidad de dinero, y por un tiempo olvidé completamente mi verdadero objetivo de ahorrar para los remedios, centrándome solo en conseguir lo suficiente para comer algo.
Llegó una etapa en la que más o menos nos estabilizamos. Conseguíamos un par de trabajos recurrentes, pero en general eran trabajos bastante desagradables. Sally era visiblemente Terrena, y los Terrenos tienen problemas para conseguir empleos en la ciudad de Mágistral.
Sin embargo, nos hacíamos valer. Teníamos un par de talentos, por así decirlo. Sally siempre tuvo su fuerza descomunal, muy útil en ciertas circunstancias. Y yo nunca olvidaba lo que leía en libros, y fácilmente podía pasar por una persona educada. Pero de todas formas, nuestros ingresos de dinero seguían siendo irregulares y escasos.
En ese tiempo, también aprendí varias cosas sobre Mágistral, cosas que eran necesarias vivir en carne propia para saber.
Los rumores de que Mágistral era una civilización perfecta, eran casi certeros (Sobre todo para gente que no es como yo, ya que odio todo lo que sea de Mágistral casi por instinto). Sus ciudadanos son unos fanáticos del orden y de cumplir la ley, no hay sobresaltos, casi no hay robos, es muy raro oír hablar de asesinatos, o incluso, de tristezas. Desde que acabaron las guerras (algo que ocurrió hace, más o menos, 20 años) Mágistral no ha hecho más que prosperar, en todos los aspectos.
Siguiendo esta línea de hechos, es fácil deducir el porqué del rencor hacia los terrenos. Los terrenos son los únicos que tienen la necesidad de romper la ley, lo únicos que alteran el orden.
Sin embargo, me sorprendió saber que también habían Terrenos conviviendo con ciudadanos de Mágistral en la capital. Claro, no era una convivencia agradable, pero yo creía que todos los Terrenos se hallaban en refugios, ocultos de aquella sociedad que había acabado con sus tierras de origen. Aún así, los Terrenos se hicieron un hueco en aquella ciudad, llevando una vida casi digna.
Supe de la existencia de estos Terrenos gracias a los Bares Clandestinos. Era un punto de reunión dónde todos los exiliados de Terra podían darse un respiro sin recibir insultos. Solíamos ir a esos bares con Sally. Al principio recelaron por mi aspecto, y no me dejaron pasar, pero con el tiempo me gané su confianza.
Era también en esos bares donde conseguíamos la mayoría de nuestros empleos, pues ellos tenían bien claro como sobrevivir en aquella ciudad donde todos los despreciaban.
En uno de esos bares fue dónde mi vida tomó un rumbo que jamás hubiera imaginado.
Era de noche, estaba en la barra tomando algo y hablando con el cantinero (Si la memoria no me falla, era un señor bastante mayor, muy delgado y algo cascarrabias). Un tipo estaba tocando algo con unos tambores, y Sally bailaba al son de ese ritmo con gracia. El resto de la gente observaba el espectáculo. Me encontraba tan relajado, que jamás hubiera imaginado lo que pasó después.
Entró una persona al bar. En primer lugar, ya es extraño que entre gente desconocida. Cómo este tipo de bar no suele estar bien visto por el gobierno, la entrada está bastante escondida, y solo llega gente que sabe qué es lo que se va a encontrar.
Pero la chica que entró llamaría la atención aunque estuviera en el lugar más legal del mundo. Para empezar, estaba completamente tapada, llevaba un abrigo enorme, unos pantalones largos, y una capucha le ocultaba toda la cabellera. Hasta cubría sus ojos con unos lentes oscuros.
Se le adivinaba que era mujer por los únicos rasgos que se le veían en el rostro, que eran marcadamente femeninos; e incluso parecía muy joven, casi parecía más joven que yo. Pero lo más sorprendente de todo es que era blanca, blanca como el papel. No sé si dije ya que los Terrenos son morenos, y normalmente a estos bares no entras si no eres de esa nacionalidad (o si no sos yo). Pero incluso para alguien que no era un Terreno, esa palidez era alarmante.
Se acercó, ignorando la música y el baile de Sally y se sentó en una silla próxima a la mía, con la mirada baja hacia a la barra. Cuando la vi de cerca, pude apreciar que su piel tenía una textura extraña, como de papel Tisú, que daba sensación de transparencia.
El tabernero no era un hombre de mucha paciencia, y no iba a dejar que esa extraña aparición se sentara en su bar como si nada sin reaccionar.
- ¡Eh, vos! ¿Quién sos?
La chica levantó la cabeza, pero no respondió.
- No podés estar acá si no me decís quien sos, así que si no vas a cooperar, te pido que te vayas.
La desconocida no dio señal alguna de haber entendido ni escuchado el mensaje, y el hombre ya comenzaba a enfadarse.
- Mirá, si no te vas por las buenas, voy a tener que echarte por las malas.
Y alargó el brazo con la clara intención de retener los de la chica. Pero la extraña esquivó la mano del tabernero con un movimiento limpio, como si supiera lo que el otro iba a hacer de antemano.
El tipo hizo un par de intentos más para agarrarla, pero ella seguía esquivándolo de forma metódica. Y repentinamente, la joven estiró el brazo con el puño cerrado, noqueando al tabernero con un golpe certero en la cabeza.
El que tocaba los tambores dejó de hacerlo, y Sally dejó de bailar.
La chica miró a su alrededor, y algo en sus movimientos me dio la impresión de que se encontraba asustada. Pero un segundo después, estaba saltando hacía el otro lado de la barra, buscando con seguridad en el cajón donde el tabernero guardaba el dinero, y al rato estaba huyendo con toda la plata del tipo que había noqueado (que en realidad, no era mucha).
Nadie se atrevió a enfrentarse a esa extraña chica que parecía un fantasma y que había podido noquear a un hombre de un solo golpe; pero, por instinto, la seguí.
Algo me dijo que necesitaba ayuda, y que yo podría dársela. Después de todo, supongo que es mejor que alguien que va noqueando gente por ahí, sea tu aliado y no tu enemigo.
Escapó hacia la calle, y yo salí corriendo tras ella. Pude sentir como todos los terrenos del bar nos seguían con la mirada antes de traspasar la puerta de salida, sin que terminaran de entender lo que estaba pasando.
Ahora que me acuerdo, esa noche llovía y las calles estaban mojadas.
La chica se dio cuenta de que la seguía, aunque nunca desvió la cabeza hacia atrás. La seguí un par de cuadras, hasta que en un momento de distracción desapareció de mi vista, o al menos eso parecía. Pero en ese momento escuché un gritito a mis espaldas.
Veo a mí alrededor, y me doy cuenta de que la desconocida se había escondido en un callejón que quedaba entre dos edificios, en algún momento que dejé de verla. Se había tropezado con un tacho de basura. Supuse que los lentes oscuros no le ayudaban para distinguir objetos en la oscuridad.
Me acerqué y le ofrecí una mano para que pudiera levantarse. Me ignoró completamente. Tenía la vista al piso y no estaba haciendo ningún esfuerzo por levantarse.
- ¿Te lastimaste?- Recuerdo que pregunté, aunque me parecía absurdo que alguien que hace pocos segundos hubiera mostrado tal determinación se lastimara tan fácilmente.
Después, todo pasó muy rápido. Vi que los lentes se le habían caído al suelo. Y no tuve ni tiempo de hacer ningún razonamiento, porque cuando volví a observarla, ella había echado una fugaz mirada blanca hacia mi dirección.
Si, así eran sus ojos. Blancos. Un círculo oscuro rodeaba lo que debería ser el iris, pero en su interior no había nada. No había pupilas, ni siquiera un rastro de color. Pero además de eso, tuve una sensación rarísima. Cómo si me asomara al vacío, a la muerte, a todo lo desconocido. Cómo si una enorme nada me tragara… si, ahora que lo pienso, su mirada era como la nada. Si… si tan solo me hubiera dado cuenta antes…
…Con el correr del tiempo, me acostumbré a sus ojos, pero en el primer momento se me heló la sangre.
- ¿Qué…? ¿Quién eres?- Musité sin darme cuenta. La joven me miró con expresión angustiada, pero yo sólo podía prestarle atención a sus ojos.
Se incorporó, se estiró el abrigo y por último llevó atrás su capucha, dejando al descubierto una larga cabella, incolora, al igual que todo su cuerpo. Entonces me di cuenta que sus cejas también eran blancas, y que en las mejillas tenía un rubor extraño, de color amarronado, que parecía brotar detrás de su piel transparente. Pera nada de eso me perturbaba tanto como su mirada.
- Mi nombre… es Jess.- Dijo, con cierta inseguridad. – Creo… creo que tengo que contarte muchas cosas.
Sin embargo se quedó callada, y yo estaba tan extrañado que solo pude murmurar.
-…Creo que es una buena idea.
Entonces Jess volvió a ponerse los lentes, la capucha y comenzó a hablar…
Ésta parte es algo difícil. No es que haya olvidado lo que Jess me dijo la primera vez que hablé con ella, porque en general todo lo que me contó aquella vez tuve que vivirlo en carne propia.
Es difícil escribirlo porque para mí ya es difícil escribir un diario, y escribir esa serie de imposibilidades y comentarios sin sentido requiere también que recuerde un par de cosas que en los últimos años no he hecho más que olvidar; simplemente, cómo una defensa del cerebro para no perder la cordura.
Y aunque pudiera recordarlo todo con exactitud, siempre tendré la sensación de haber olvidado algo esencial.
Jess comenzó a parlotear y contó muchas cosas, demasiadas, y también muy raras y al principio no entendí porqué lo hacía ni de dónde sacaba la confianza para contarme todas sus locuras. Hasta que dijo:
- Yo lo sé todo, Matt. Bueno, casi todo. Sé cual es tu nombre, sé quién es Sally, sé porqué estás en la capital. Y si prometés no decirle nada a nadie, te ayudaré, en todo lo que necesites.

Recuerdo que esas fueron sus palabras textuales, que de golpe lograron hacer, de alguna manera, que todos los disparates que había dicho antes cobraran un sentido. Me sorprendió mucho que supiera mi nombre, y aún más que conociera el nombre de Sally, sobre todo porque yo soy la única persona que la llamaba así; así que decidí tomármela un poco más en serio.
Me dijo que cuando decía que lo sabía todo, no se refería a mi historia ni a mi pasado, si no al mundo en general. Es decir que, si ella quería, podía decirme qué estaba ocurriendo en Foggia en ese mismo momento. Podía saber que era lo que estaba haciendo La Presidenta en La Mansión Azul. Si quería, podía decirme hasta cuáles eran mis propios pensamientos.
- ¿Si lo sabés todo, cómo fue que tropezaste con el tacho de basura? – Recuerdo que pregunté.
- ¡Yo no lo sé todo!- Protestó. Jess solía estallar así cuándo alguien creía que su omnipotencia era absoluta.
Jess podía conocer los pensamientos de todos los seres humanos, y también era capaz de saber que era lo que había ocurrido o lo que estaba ocurriendo en cualquier parte del mundo. Pero no podía saber nada acerca del reino de los animales, jamás había podido escuchar sus pensamientos ni comprenderlos, los animales eran un mundo completamente ajeno a lo que ella conocía. Y tampoco podía ver el futuro, aunque con toda la información que ella poseía del presente y del pasado, podía acertarle, pero jamás con seguridad.
Y aunque estas debilidades parecían muy escasas en comparación con todo su poder, Jess tenía otros agujeros, otros huecos vacíos de información que no podía completar. No podía saber que era lo que la gente pensaba de ella, tampoco podía saber de su pasado, de su historia, nada. No sabía porqué era diferente, porqué tenía ese poder.
-Pero de algo te tenés que acordar – Recuerdo que dije.
Ella dijo que todo lo que recordaba era que un día despertó y se encontraba encerrada en un cuarto negro. Al principio no sabía dónde estaba, pero su cerebro recibía información del mundo exterior, y supo que afuera de aquel lugar oscuro se encontraba todo un universo. Y tanteó en la oscuridad hasta que halló la forma de escapar.
Al poco tiempo se dio cuenta de que era una completa extraña. Su anatomía totalmente blanca no era normal, y se las arreglo para conseguir aquél gran abrigo y un par de anteojos.
No recordaba nada de su pasado (o al menos eso decía ella) pero se sentía en peligro. Alguien la había encerrado en aquella habitación sin ventanas ni fuentes de luz, y probablemente la estarían buscando. Y desesperada, comenzó a esconderse y cometer robos, ayudándose con sus poderes. Y siguió así hasta que llegó al bar de los Terrenos.
- Sigo sin entender porque te tropezaste ¿Qué fue lo que te impidió ver el tacho?
Jess se quedó callada unos segundos y después dijo:
- Cuando tenés toda la información del mundo en tu cerebro, es difícil prestar atención a ciertas cosas.
Y luego, volvió a repetir lo de que si no le decía nada a nadie, me iba a ofrecer su ayuda. Me dijo que ella no sería una molestia, que casi ni comía, y era capaz de hacer que su presencia sea prácticamente invisible.
- ¿Por qué querés ayudarme?- recuerdo que le pregunté.
- Porque ya sabés quien soy, y en cualquier momento, podés usar eso en mi contra. – Murmuró Jess.- Viste mis ojos blancos, que es lo que me hace menos humana. Con eso, ya tenés el arma para destruirme, para venderme a aquella persona que me encerró todo este tiempo. Y probablemente no te negarías si esa persona te ofrese una gran cantidad de dinero a cambio de lo que sabes sobre mi. Lo menos que puedo hacer es ofrecerte mi ayuda para que decidas que te es más conveniente que esté libre.
Bueno, eso no fue exactamente lo que dijo, pero en general ese fue su argumento.
Ahora mismo no recuerdo cuánto tardé en terminar de creerle y de confiar en ella, pero evidentemente obvio que no era una persona cualquiera, y el hecho de que tuviera poderes no resultaba más extraño que su apariencia
Y… ¿Qué más decir? Más o menos así fue como Jess se unió a Sally y a mi, y también (aunque no lo quisiera) nos metió en un montón de quilombos.

La verdad, ahora que lo releo, está bastante resumido, es un texto muy breve para presentar a alguien tan complejo como Jess. Pero no sé, no sé. Para ser sincero, me duele un poco hablar de Jess, después de tanto tiempo evitando mencionarla.
Jess se incorporó al grupo bien, aunque muchas veces pensamos en mandarla a la mierda. Era muy extraña, y eso a veces nos ponía nerviosos.
Sally al principio receló un poco, no obstante con el tiempo la fue aceptando, o eso creía.
Al final, yo terminé queriéndola como una buena amiga.
Con la ayuda de Jess, logramos ir más lejos, y en ese entonces conseguir el dinero para los remedios no parecía algo tan imposible.
Pero más allá de su omnipotencia y de sus aspectos inhumanos, por momentos, Jess parecía una persona completamente normal. A veces, hasta olvidaba que podía saberlo todo.
Después de todo lo que pasó, pienso lo mismo que me dijo Kevin una vez. Que Jess era una persona increíblemente inocente, que no podía soportar el dolor de conocer todos los horrores del mundo. Sabía cuales eran los actos más horribles y prohibidos que habían sucedido sobre la faz de la tierra, pero al no haberlos vivido, se convertía en una persona increíblemente temerosa. Nunca había vivido nada, así que era demasiado sensible.
Y sin embargo, se las arreglaba para ocultar todo esto en una fachada indiferente. Después de todo, nada la sorprendía, pero aún así, debía ser insoportable. Ser tan inocente, y al mismo tiempo, saberlo todo. Por eso mismo debía estar un poco loca.
La verdad, no me gustaría estar en sus zapatos.”

domingo, 29 de enero de 2012

Utopías: Cap 1 "Antes que nada"


Matt estuvo en la Villa Terrena desde siempre, por eso nadie recuerda exactamente el momento que pisó el lugar por primera vez, ni saben nada acerca de su origen. Porque desde luego, con sus grandes ojos azules, su cabello rubio y su cara de nene inmaculado e inocente, no pertenece a la misma raza que el resto de sus vecinos.
Esto Matt no lo cuenta en sus “diarios de aventuras” pero es primordial saberlo para comprenderlo mejor, y también, comprender mejor su historia.
Su madre, o al menos la que cuidaba de él, era una mujer enorme, cuyo cuerpo parecía abarcar más de lo que en realidad hacía, debido a los múltiples pliegues de su anatomía, y también, a su cara de vieja sabía, que parecía poder observarlo todo con una mirada diferente. Era bastante mayor, y fácilmente podía pasar por abuela en vez de madre, pero Matt siempre la había llamado mamá. Tenía una justificada fama de mala salud, pero tampoco podía comprar los remedios. Por eso se quedaba siempre empotrada en su silla, lo que acentuaba su aire de diosa de la tierra. Era de piel morena, y una de sus enfermedades le había provocado manchas oscuras en la piel, pero nada de eso había logrado quitarle la dulzura maternal de su mirada, ni que su amplio regazo dejara de ser un nido seguro y lleno de amor.
A pesar de su don de madre y su aura de diosa ancestral, era increíblemente bruta, algo de lo que casi nadie se salvaba en las Villas Terrenas. Por culpa de eso, y de que ni siquiera era capaz de levantarse de la silla, Matt tuvo que criarse prácticamente solo. Lo cual, de todas formas, para el chico no era tan malo, porque le permitía mucha libertad y la libertad siempre fue algo que estaba primero en su lista de necesidades.
La comida y los remedios de la madre la conseguían sus vecinos. En ese lugar, la vida era dura, y habían acostumbrado a cuidarse entre todos, aunque eso no era lo común en esas clases de Villas. Los pocos habitantes que tenían un trabajo decente, conseguían la comida, los remedios y demás mercancía imprescindible, y trataban de repartirlo equitativamente entre todos, lo cual, desde luego, nunca alcanzaba. El resto intentaba conseguir beneficios por medios no tan legales, pero eso tampoco ayudaba mucho, ya que rara vez conseguían algo bueno, y en general solo servía para que la reputación de los terrenos sea aún más mala de lo que ya era de por sí.
Porque aquella villa, situada en algún lugar remoto del país de Mágistral, era el único lugar que tenían los terrenos que se habían refugiado de las guerras pasadas, de las cuales Mágistral había salido victoriosa.
Matt supo desde el primer momento que en aquél lugar, él era un bicho raro, algo que no encajaba. Le bastaba solo con mirar el aspecto de los demás: Morenos, altos, de nariz alargada. Cuando observada estos rasgos, una incógnita oscura invadía su interior, pero no sabía explicar la razón de su diferente apariencia, por lo tanto, el único modo de quitarse esa tristeza era un abrazo de mamá; y, cuando ya era un poco más grande, distraerse de sus problemas con los amigos.
El resto de los habitantes aceptaron al niño a pesar de su origen incierto, y lo criaron cómo a un igual, de lo cual Matt siempre se sintió agradecido. Guardó para siempre un gran cariño a aquel pueblo, y por eso llegó a convencerse de que él mismo era un terreno, y de que la que se hacía llamar su madre era realmente su madre, y que sus diferencias físicas no eran más que un extraño error de ADN.
La madre, encantada, alimentó las creencias del niño con mentiras sobre su pasado y engaños de su nacimiento, sin saber que, tiempo después, esas mentiras le provocarían una culpa que la llevarían a la muerte.
En seguida Matt trabó muchas amistades, entre ellas, Mark, un chico con el jugaba a patearse una latita, y Rachel, una niña que, como él, tenía un pasado incierto.
Porque ella no tenía recuerdos de sus padres, se había criado con sus dos hermanas, que, como no podía ser de otro modo, no eran para nada responsables. En la villa terrena, las hermanas de Rachel tenían fama de ser las jóvenes más hermosas y simpáticas de aquél pequeño refugio, lo cual les daba muchas oportunidades para divertirse y poco tiempo para cuidar de su pequeña hermana.
Por eso mismo, durante la niñez, Matt y Rachel fueron unidos por una complicidad infantil, en la cual los dos ya eran lo suficientemente listos como para darse cuenta de varios de los errores de los adultos.
Rachel era una pequeña siempre dispuesta a la aventura, a las novedades, a probar cosas nuevas. Había heredado el mismo encanto de sus hermanas, y ya desde entonces se corrían rumores de que ella también se convertiría en una joven espléndida que asombraría a todos con su belleza. Era igual de bruta que el resto de los ciudadanos, pero tenía un par de dones que con el tiempo había logrado perfeccionar, gracias a unas de las pocas veces que sus hermanas le ponían atención. Sabía cantar y bailar, y conocía un montón de canciones y bailes típicos de Terra, su país de origen; a causa de que los vecinos, al ver su talento, intentaron preservar en ella la poca cultura que recordaban.
También, tenía otra habilidad: poseía una fuerza sobrenatural, algo anormal en su cuerpo de niñita escuálida.
Su espíritu aventurero había hecho que su relación con Matt se convirtiera en una verdadera amistad, y pasaban el tiempo juntos divagando en las afueras de la villa.
Cuando eran pequeños, procuraban no alejarse mucho, y finalmente terminaban investigando las montañas de chatarra que se juntaban detrás de las pequeñas casuchas. Eso era algo realmente divertido, porque encontraban toda clase de cosas allí, pero llegó un punto en que las cosas interesantes se acabaron, y desde entonces tenían suerte si encontraban algo más que comida podrida.
Por eso, cuando fueron un poco más grandes, se animaron a atravesar el interminable desierto que rodeaba la villa. En realidad, esto era solo una excusa para pasar el tiempo juntos, porque si no encontraban cosas interesantes en las montañas de chatarra, menos lo iban a hacer en aquellas hectáreas de tierra árida.
Pero era divertido escaparse juntos de la Villa Terrena (Ese lugar tan familiar que resultaba aburrido) y también, de la vigilancia de los adultos.
En una de esas escapadas de charlas interminables, ocurrió algo que cambió para siempre la vida de Matt.
Iban caminando ya desde un largo rato, y temían que esta vez se hubieran alejado demasiado. Cuando de pronto, el interminable desierto llegó a su fin, y se hallaban en lo que parecía el límite de una ciudad. Era, desde luego, una zona apartada de la población, porque casi no había gente. Pero era una civilización. Limpia, ordenada, con edificios de cemento; y no de chapa y restos de madera, como los que conocían.
Miraron a su alrededor. Se encontraban entre una estación de tren (evidentemente, la última estación de aquella vía) y lo que parecía un negocio.
Como no podían dejar pasar esa oportunidad, los dos niños entraron al negocio.
Allí dentro se encontraba una mujer, rubia, esbelta, con rasgos aniñados y unos ojos azules que no podían menos que ser familiares.
La mujer observó a Matt, sin reparar en Rachel, y esbozó una sonrisa absurda, como la que suelen emplear los adultos cuando se dirigen a un niño.
- Hola pequeño, ¿buscabas algo para leer?
Solo ahí, Matt y Rachel se dieron cuenta que ese negocio era una biblioteca. Matt tardó en responder, porque se había quedado sorprendido en los rasgos de la bibliotecaria.
Era la primera vez que veía a alguien tan parecido a él, y en ese momento supo que los terrenos no eran la única raza que poblaba aquel mundo.
Sin embargo, se hallaba en una biblioteca, con estanterías y libros auténticos, y sintió que esa oportunidad no la podía dejar pasar. Nunca en su vida había visto un libro, y en la Villa se los mencionaba como algo inalcanzable, puesto a que la mayoría de sus vecinos eran analfabetas.
Entonces, tímidamente, Matt asintió con la cabeza. Rachel se sorprendió al ver este gesto en su amigo.
- Matt, tal vez leer algo sea divertido, pero esta vez nos demoramos demasiado. Tu mamá se va a preocupar.
En ese momento, la bibliotecaria reparó en la existencia de la niña, y sus cejas se levantaron en una mueca de horror. Se arrodilló, para ponerse a la altura de Matt, y luego le dijo en una voz que pretendía ser un susurro:
- ¿ella está contigo?
Matt la miró con desconfianza, pero respondió “si” con seguridad.
- No debes juntarte con esa gente. No te hacen bien, lo único que quieren hacer es robarte, o engañarte para que los ayudes en algún trabajo sucio.
El chico volvió a mirarla con incredulidad.
- Es solo una niña- dijo, señalando lo obvio. – y es mi amiga, y no es una mala persona.
La mujer se paró, al parecer, ofendida.
- Pues si ella no se va, tu no puedes quedarte.
Rachel se asustó. Había oído hablar de la discriminación hacia los terrenos, pero nunca la había experimentado. Ella era normalmente de carácter fuerte y difícil de intimidar, pero aquella situación la había desarmado. Fue la primera y última vez que se sintió tan indefensa, porque ese momento le enseñó a no asustarse de las mujeres rubias y altas que se escandalizaban cuando veían niños morenos. Incluso, luego de un tiempo, creyó comprender la razón de la discriminación, aceptándola, de alguna forma, como un hecho inexorable.
-¿Por qué no?- insistió Matt, que estaba experimentando, sin que se diera cuenta, su primera acción rebelde ante la raza que mandaba en ese país
- No importa, Matt- Murmuró Rachel, aterrada- igual no tenía ganas de quedarme. Ni siquiera sé leer.
- ¡Pero no tiene sentido!- Exclamó Matt, exasperado por lo injusto de la situación.- Si yo puedo quedarme, no veo porqué vos no…
- no importa, de verdad, ya tengo ganas de volver a casa- dijo Rachel en voz inconcientemente baja.
Matt miró las largas estanterías de libros que se encontraban a su alrededor, y por primera vez, sintió ganas de separarse de su amiga para descubrir el secreto que hacía a los libros algo tan inalcanzable.
Rachel se dio cuenta.
- Si querés quedarte, puedo volverme sola…
Matt la observó y sonrió.
- Bueno, pero cuidate…
La niña le sacó la lengua.
- Obvio, nene, no necesito que me cuides. Si soy más grande que vos.
Matt se rió, porque sabía de antemano que la chica reaccionaría así. Rachel también sonrió, pero luego observó el lugar con una fugaz mirada triste, comprendiéndose rechazada, y sintiendo que por culpa de una estupidez se estaba perdiendo todo un mundo. Se fue cerrando la puerta de cristal, sin mirar hacia atrás.

Así fue como Matt entró sin retorno al mundo secreto de los libros. Empezó con libros sencillos, que eran puro dibujo y solo te enseñaban a cantar el abc, pero al poco rato comenzó a interesarse en cosas más complejas. Libros que contaban historias fantásticas, que nunca habían sucedido, libros que contaban historias fantásticas acerca de la realidad, libros que le brindaban información que él jamás hubiera imaginado.
Rachel lo acompañaba hasta la biblioteca, pero no se atrevía a entrar. Se volvía procurando no acercarse mucho a la puerta de cristal.
Cuando la bibliotecaria la veía despedirse de Matt, volvía a intentar hacerlo entrar en razón, y convencerlo que esas no eran amistades para su categoría. Pero Matt no le hacía caso y la ignoraba olímpicamente.
La bibliotecaria no lo comprendía. No había razón alguna para que un nacido de Mágistral tan inmaculado como él se relacionara con terrenos. Por que desde luego, él era un nacido de Mágistral, cualquiera lo sabría con solo verlo. Bueno, cualquiera menos él. Y los nacidos de Mágistral se alejan de los Terrenos casi por instinto.
En el primer momento que Matt vio a la bibliotecaria, tuvo un eco de esperanza que poco tiempo después se transformó en horror. No podía creer que guardara algún parecido con aquel ser tan despreciable. Secretamente, allí comenzó el rechazo que le tenía a todos los que eran rubios, aniñados, de ojos celestes; consecuentemente sentía rechazo hacia sí mismo. Nunca pudo llegar a sentirse conforme con su aspecto, a pesar de sus esfuerzos por ser visiblemente diferente.
Pero la biblioteca, la biblioteca era para él un lugar maravilloso. Era similar a los juegos de explorar cosas, esos que inventaba con Rachel, pero esto era increíble, porque no tenía límites, porque sentía que podía estar en cualquier lugar o saberlo todo sin ni siquiera moverse de su silla.
Al poco tiempo de ir y venir a la biblioteca, Matt ya había aprendido un montón de cosas, razón por la cual se distanció con la mayoría de sus vecinos. Cómo casi todos sus conocidos eran personas incultas, que ni siquiera tenían la posibilidad de educarse, no les hizo mucha gracia. A parte de que el muchacho, a medida de que pasaban los años, estaba cada vez más extraño. Había incorporado una idea de higiene demasiado ortodoxa para lo acostumbrado en la Villa, y cada vez que alguien se lo mencionaba, empezaban a contar historias de lo más fantásticas que hablaban de unos seres llamados microbios y gérmenes. También, había venido con el cuento de había que tener una alimentación variada, porque si no el cuerpo no iba a tener suficientes vitaminas. Cómo si ellos supieran lo que eran las vitaminas.
Un día estuvo estudiando un libro de geografía, que hablaba de los distintos continentes de su mundo, y descubrió algo de los Terrenos que no sabía: Ellos valoraban la vida por encima de todo, y en su sociedad, era pecado matar. Pero no solo humanos, era pecado matar cualquier cosa, desde animales hasta el más pequeño de los insectos. Cuando apareció esa tarde por su casa, fue con el cuento de que a partir de ahora era vegetariano.
Los habitantes de la Villa no recordaban prácticamente ninguna de las costumbres de su país de origen, y solo conservaban la de las vestimentas: todos llevaban ropas sueltas de colores claros o pasteles, que contrastaban con sus pieles morenas. Por eso, la idea de Matt les pareció absurda y ridícula. ¿Por qué cambiaría algo tan delicioso como la carne por insípidos vegetales? Pero no había caso, el chico era terco como un poste.
A pesar de las burlas, Matt nunca dejó de tenerle cariño a aquél pueblo, y solo por eso, el pueblo tampoco podía perderle aprecio.
Cuando tuvo alrededor de 12 años, empezó a vagar por su cabeza la idea de irse a probar suerte a la Capital. No por rechazo a la Villa, sino por sus ganas de demostrar que podía. Que podía hallar la manera de hacer de la vida de sus vecinos una vida más fácil, y que era capaz de cambiar el orden de las cosas. Aún a esa edad, recordaba algo que había vivido de muy pequeño: El invierno mortal. No había forma de salvarse del frío, se colaba por las mantas, por los recovecos de las casuchas de madera, por la piel de las personas, hasta congelarles las entrañas. Mágistral era generalmente un país caluroso y húmedo (con una clara excepción al lugar donde se hallaba la Villa, que era prácticamente un desierto) Pero ese invierno fue increíblemente frío. No podían escarpar, no tenían recursos para defenderse. Los más débiles, murieron, y a los demás les quedó un catarro que tardó varios años en irse (a algunos les arruinó los pulmones de por vida). En ese momento Matt tenía 5 años, e incluso a los 12, 18 años, incluso el resto de su vida, siguió preguntándose por qué sucedía esto. Porqué nadie los ayudaba, ni se preocupaban siquiera. Al menos hubieran tenido la decencia de hacer de cuenta que les importaba y prestarles otra manta. Pero no, los dejaban morir como perros. Esas palabras las decía Matt y se prometió seguirlas repitiendo mientras tuviera voz.
Y desde entonces, supo que si tenía la posibilidad, iba a hacer algo.
Pero solo tenía 12, y sabía que mucho no iba a poder hacer siendo tan pequeño. Sin embargo, esa idea siguió dando vueltas hasta que consideró que ya tenía edad y motivos suficientes como para marcharse.
A los 12 su amistad con Rachel se había profundizado notablemente, mientras que su amistad con Mark y el resto de sus vecinos (a pesar de que no llegaba a desaparecer) se había ido desgastando. Esto era, más que nada, porque las ideas extrañas que Matt adquiría a partir de lo que había aprendido en los libros, generaba unas discusiones algo fuertes.
Matt odiaba a los nacidos en Mágistral, odiaba su fanatismo de pureza de raza, odiaba como trataban a los terrenos, odiaba su aspecto angelical, y sobre todo odiaba parecerse a uno de ellos. Pero contra todo pronóstico, los de la Villa Terrena no tenían nada en contra de los nacidos de Mágistral, y a Matt eso lo sacaba de quicio.
- Si no fuera por su fanatismo estúpido, ustedes podrían tener un trabajo digno, y no tendríamos que andar escondidos en esta villa, podríamos vivir allá entre la gente. – Objetaba Matt.
- Pero nosotros tenemos la culpa de que nos discriminen. Mágistral sería un lugar perfecto si no fuera por nosotros. Los nacidos de Mágistral ni siquiera se plantean en romper las reglas, en cambio, es común ver a un Terreno robando. – Solía replicar Mark, o su interlocutor de turno.- A parte de que la tierra donde estamos parados, es de ellos, y si no estamos de acuerdo con sus reglas o sus costumbres, también estamos despreciando el lugar donde vivimos. Tenemos suerte de estar aquí y no hundiéndonos en el mar. Fueron piadosos con nosotros.
- ¡No! ¡No es así!- Saltaba Matt, indignado de que su amigo se pusiera en el bando de los de Mágistral y no del suyo propio. – ¡Si hubieran sido piadosos, hubieran tenido la decencia de tratar a los terrenos como iguales! ¡¿Cómo quieres que un terreno no robe, si no puede conseguir un trabajo?! ¡No nos están tratando como humanos, nos tratan como animales!
Pero nadie podía comprender del todo el punto de vista de Matt. Ni si quiera Rachel, pero esta tenía la prudencia de no sacar el tema.
La diferencia crucial entre Rachel y los demás, era que ella era de mente abierta, y a las cosas extrañas de Matt; aunque algunas les parecían demasiado absurdas o incluso les impresionaban, siempre supo respetarlas. Pero eso no quería decir que Rachel se perdiera la ocasión de hacerle bromas al respecto para molestarlo. De todas formas, Matt siempre aceptaba las bromas con buen humor.
Igual, Rachel también tenía sus rarezas. Estaba su fuerza anormal, sus talentos poco comunes en ese pueblo perdido en el olvido, y también tenía la costumbre de saltar con temas recurrentes, de decir lo que pasaba por su mente sin tapujos, sin miedo a la vergüenza o al qué dirán.
También ella apoyaba la idea de su amigo de marcharse de la villa. Moría de ganas de saber que había allá afuera, que escondía aquél mundo desconocido, y no le tenía miedo a las discriminaciones ni a los insultos.
Un día, le dijo a Matt:
- Odio mi nombre.
El chico, que ya estaba acostumbrado de que Rachel saliera con cosas que no iban al caso, no se extrañó demasiado con aquella declaración.
- ¿Por qué? Rachel no es feo.
- Es que es muy común, muy soso. Me gustaría un nombre que tuviera más personalidad.
- Matt tampoco es la gran cosa. – Replicó el muchacho.- Es el nombre más común y trillado del mundo. Y suena más a abreviación que a nombre completo.
- No, pero Matt es lindo, tiene más gracia. Pero Rachel es tan… tan nada.
Matt se encogió de hombros y dio por terminada esa conversación. Para él, el nombre Rachel no tenía nada de malo, pero él también había aprendido a no discutir en ciertos casos.
Esta conversación carecería de importancia, si no fuera por la incursión a la biblioteca que tuvo al día siguiente. Había escogido un libro muy estúpido, que contaba una historia de amor al estilo de Pocahontas: El conquistador enamorado del nativo.
Sin embargo, para Matt, ese libro fue casi una revelación, o al menos lo fue en su momento.
El libro contaba la historia de un nacido de Mágistral que se enamoraba de una mujer Terrena, cuyo nombre era Sally.
Matt, que para ese entonces ya tenía edad suficiente como para apreciar la belleza natural de Rachel, le ofreció aquel nombre, un nombre que para él tenía el significado oculto de la remota posibilidad de que ella le correspondiera.
A Rachel, el nombre “Sally” le encantó. Matt no entendió porqué, porque para él Sally era incluso un nombre menos “especial” que Rachel. Pero Rachel estaba fascinada.
Durante esos días, le exigió a todo el mundo que la llamaran “Sally”, a lo cual le hicieron caso durante un tiempo; pero luego se olvidaron, y Rachel perdió interés por el nombre, hasta el punto que nadie recordó que ese había sido alguna vez su apodo.
No fue así para Matt, que siguió llamándola Sally hasta el final de sus días, hasta que el nombre terminó por convertirse en una especie de código entre ellos dos.
Matt supo desde el principio que Rachel nunca le iba a corresponder, o al menos no del modo que quisiera. Rachel no era una chica hecha para enamorarse, ella necesitaba ser libre, vivir un montón de aventuras, probarlo todo. Nunca ocultó su amor por ella, mientras estuvo en la villa, se le declaró al menos 3 veces, a lo cual ella nunca dio una respuesta precisa.
- Yo te quiero, Matt, pero no sé si te quiero tanto. – Más o menos eso era lo que le decía. Todo el mundo sabía que Matt andaba atrás de ella, y sin embargo eso no impidió que Rachel tuviera amoríos con otros chicos de La Villa, que comenzaron peligrosamente apenas ella cumplió 15 años.
Para Matt fue un golpe duro, pero nunca se animó a reprochárselo. Y, a pesar de los sentimientos no correspondidos, la amistad entre ellos dos nunca flaqueó, sino que se hizo más fuerte con el tiempo; Tanto, que eran capaces de contarse cualquier cosa, sin vergüenza ni pudor.
También en esa edad, Rachel comenzó a adquirir malos hábitos, a meterse de lleno en cosas que le causaban placer sin pensar en las consecuencias. Entre esas cosas, fumaba, algo a lo que Matt no se cansaba de reprocharle.
- Esa cosa que consumís te llena de humo los pulmones ¡dentro de un tiempo no vas a poder respirar!
Pero Rachel hacía caso omiso a las advertencias del joven, porque le parecían cuentos tan absurdos como la historia de las vitaminas, los alimentos variados o el vegetarianismo.
Por momentos, parecía que Rachel vivía una vida muy diferente a la de Matt, y sin embargo, el chico la esperó siempre. La veneraba con una devoción increíble, y se había acostumbrado tanto a quererla que tiempo después se dio cuenta de que no podría amar a ninguna otra chica ni aunque quisiera; más que nada, por fuerza del hábito.
Matt comprendió que había llegado el momento de marcharse cuando los remedios que le conseguían los habitantes de La Villa no eran suficientes para la salud de su madre. Hacían lo que podían, pero nunca alcanzaba.
Fue la excusa perfecta que andaba buscando desde hacía rato.
Para la ocasión, decidió raparse el pelo, pues ya estaba alto de ese maldito rubio que delataba su procedencia incierta. Igual, no quedó completamente pelado, le quedó un pelo incipiente que le daba a su cabeza la textura de un cepillo amarillo. De esa manera, ya estaba listo para marchar.
Se propuso a sí mismo conseguir el dinero de la manera que sea y lo más rápido posible. Le pidió a Sally que lo acompañara, pues ni se planteaba marcharse si no iba con ella, la cual aceptó sin pensárselo dos veces. Y por último, se despidió de su madre con un beso en la mejilla, rogándole que lo esperara para que pudiera entregarle los remedios, y así darle la oportunidad de devolverle todos esos años de crianza, y también, darle un sentido a su viaje remoto.
De esa manera, prepararon un escaso equipaje y se marcharon por el camino que cientos de veces tomaron para ir a la biblioteca. Pero esta vez, en vez de dirigirse al negocio, fueron a la estación de tren.
Con todo el dinero que tenían, compraron un pasaje y fueron rumbo a lo desconocido.
Matt sabía que sus posibilidades de lograr algo productivo eran escasas. Todo lo que sabía sobre la ciudad de Mágistral, lo había visto en libros, y la teoría suele ser diferente a la práctica. Pero era lo único que podía hacer.
Lo que no sabía era que durante su viaje, iba a contar con un poco de ayuda.

viernes, 19 de agosto de 2011

EPDA 15 El extraño que vino del Infierno


Había pasado poco tiempo desde que las innumerables plantas de menta habían desaparecido, y sin embargo su olor refrescante fue rápidamente reemplazado por uno desagradable, similar al de huevo podrido, que arrugaba las narices de las habitantes del prado.

Unos segundos antes, un leve temblor había sacudido la tierra. Y entonces, llegó el olor.

El olor cada vez se hacía más intenso. Al mismo tiempo, la Temperatura del lugar había aumentado de forma considerable.

- ¿Qué está pasando? – Exclamó Azul, tapándose la nariz y haciendo muecas de desagrado.

- No sé… - Murmuró el Ángel, pero unos instantes después abrió desmesuradamente los ojos, como si repentinamente hubiera recordado algo, o como si violentas imágenes se cruzaran por su cerebro. De golpe sintió un miedo irracional y unas ganas de huir ante lo que sus instintos le decían que era un peligro inminente. Pero se quedó quieta, en su lugar, sin poder reaccionar.

Su memoria comenzó a funcionar sin poder controlarla, recordándole los momentos más horribles de su vida, y luego los recuerdos se distorsionaron para mostrarle cosas que en realidad no había vivido, pero que aún así le producían escozor. Imágenes de los castigos divinos a causa de los pecados capitales, las condenas naturales de los excesos y otras cosas terribles de las que nadie se salvaba.

El Ángel supo que significaba todo aquello, conocía los síntomas. Pero no hizo nada, por que si algo le había enseñado su estadía con las hadas, era a desconfiar de sus instintos angelicales, y a no creer en el prejuicio del bien y el mal.

Al cabo de un rato, confirmando sus sospechas, apareció un joven caminando por el prado.

Estaba lastimado, manchado de un menjunje de sangre, cenizas y sudor; y caminaba con mucha dificultad. A penas vio que cerca de él había gente que podría ayudarlo, sintió tanto alivio que perdió el conocimiento y se desplomó sobre el pasto.

Azul y la Princesa pegaron un grito al ver tal aparición, y fueron corriendo a ver que era lo que le había ocurrido, pero el Ángel se quedo atrás, a una prudente distancia.

- Tal vez no sea buena idea que nos acerquemos a él…- Tanteó, aunque mostrando indiferencia.

-¿Por qué no?- Preguntó la Princesa.

- ¡Necesita ayuda! –Objetó Azul – Además no sabemos desde donde vino, ni hace cuanto que…

- Ese es el caso. – La interrumpió el Ángel- Creo que viene de allá abajo. – Y con un gesto señaló al piso.

Las dos la miraron sin comprender.

- ¿Cómo que de “allá abajo”? – Inquirió la Princesa.

Él Ángel las miró con impaciencia, frustrada por el poco tacto que ambas tenían con las indirectas.

- Del infierno- Dijo a regañadientes, como si acabara de soltar una palabrota. - ¿de dónde más?

Ahora Azul y la Princesa las miraban incrédulas.

Y, de golpe, la Princesa soltó un gritito y se alejó del joven moribundo.

- ¡No hagas eso! – La chistó el Ángel.

- Pero… ¿no se supone que el infierno es un lugar malo, o algo así? ¿No se supone que eso es lo que tú crees?

- Esa no es excusa para tratarlo así, como… como si estuviera contaminado, o si te diera asco acercarte a él.

- ¿entonces como hay que tratarlo? ¿Podemos confiar en él?

El Ángel la observó detenidamente antes de responder.

- Ya no sé que pensar... – y se quedó un rato absorta.

- ¿Estás completamente segura de que viene del infierno?. – Inquirió Azul.

El Ángel asintió.

- Me sorprendería mucho que no fuera así.

- ¿Y cómo estás tan segura?

El Ángel ladeó la cabeza.

- Para empezar, apesta a Azufre. Según las leyendas que contaban en el Reino Celestial, el infierno está lleno de lava, fuego y azufre. Aparte ¿no vieron el rastro que dejó al caminar?

La Princesa y Azul giraron la cabeza. Y descubrieron que allí por donde el joven había caminado, se encontraban rastros de una destrucción.

No era como el Ángel, que cuando el fuego se le desbordaba chamuscaba la hierba del prado, si no algo mucho más catastrófico.

El pasto no solo estaba quemado, la tierra también se encontraba rajada, como si de golpe alguien hubiera decidido abrir el suelo en dos.

Destructivo o no, si era de fiar o no, daba igual, de todas maneras el extraño joven se quedó en el prado.

Recuperó el conocimiento un par de horas después, y aunque no habló mucho (pues aún se encontraba cansado) Se mostró bastante cortés.

La Princesa en seguida superó su primera impresión, y lo trataba con total confianza.

Azul se encargó, con sus poderes de agua, de limpiarle el rostro de aquel menjunje, producto del sufrimiento y el dolor.

Hasta el Ángel se acercó a hablar con él.

Él chico era de piel morena y llevaba puesta ropa negra, holgada y rotosa. Aún no conocían su nombre, ni pudieron confirmar si venía del infierno.

Sin embargo, una vez que recuperó fuerzas nadie le hizo preguntas sobre aquello. Él se había mostrado muy agradecido por las atenciones de las hadas, y poco después habló de sus intenciones de marcharse. Pero aún se encontraba demasiado débil, tanto que solo podía mantenerse en pie unos segundos. Así que tuvo que desistir de sus esfuerzos, y a pesar de que no le hacía mucha gracia, tuvo que reconocer que en esas condiciones no podía ir muy lejos.

El muchacho pudo disfrutar un poco más del privilegio de ser el nuevo centro de atención, al menos por unos días.

La Princesa hablaba mucho con él. Demasiado, quizás, pero el joven no se quejaba. Le parecía divertida aquella chica que saltaba siempre con un tema distinto y se enredaba con sus propias palabras. Sin embargo le pareció que era una persona muy común, con intereses comunes. En fin, alguien con quien entretenerse para pasar el rato.

Ella era capaz de contarle cualquier cosa, ya que estaba un poco aburrida de tener que hablar siempre con las mismas. Un día le dijo:

- Así que… ¿vienes de lejos?

El muchacho la miró con una sonrisa irónica.

- ¿por qué preguntas?- dijo alzando una ceja.

- Por que yo me quiero ir. Estoy harta de este lugar.

El joven rió.

- ¿ah, si? Igual, acá no se está tan mal.

- Si, eso decís vos, por que estás todo el día tirado y nosotras te tenemos que cuidar.

El chico lanzó una carcajada más audible.

- ¿Y a donde quieres ir, si se puede saber?

La Princesa hizo como que lo meditaba.

- No sé, -mintió.- Algún lugar más interesante.

El joven volvió a reír, divertido por la espontaneidad de la Princesa.

- ¿y vos? ¿Por qué viniste acá? – Preguntó ella.

El chico se puso un poco más serio, aunque volvió a sonreír de forma irónica.

- Yo estoy harto de las cosas interesantes. Necesitaba un poco de tranquilidad.

Azul, en cambio, era la más desconfiada. No por un tema en especial. Aunque no pareciera, Azul y las demás ya llevaban un tiempo considerable en el prado, y habían crecido. Estaban casi por atravesar la adolescencia. Y pasar todo ese tiempo, aislada del mundo y sólo con sus amigas, la habían hecho más desconfiada de lo que ya era, por no mencionar el poco contacto que había tenido con el género opuesto.

Además, ese chico era tan confiado y tan cortés, que Azul no podía menos que pensar que algo andaba mal. Que algo debía de estar ocultando. Y si el Ángel tenía razón, y venía del infierno…

El Ángel lo trataba, pero solo lo justo y necesario. Se mostraba cálida y agradable, como se mostraba con todo el mundo, pero nada más. Y sin embargo, el muchacho se dio cuenta de que ella era distinta. De que no era un hada, pero tampoco era exactamente un ángel, por que algo extraño interrumpía su aura de perfección. Algo que era casi humano.

Un día decidió preguntárselo. Ella estaba caminando por ahí cerca y él la llamó. Ella se acercó más y le preguntó si necesitaba algo.

- No, estoy bien. – Le respondió.- Solamente me preguntaba… Tú no eres un hada ¿verdad? Eres como yo.

El Ángel sonrió, pero, tratándose de ella, era una sonrisa fría, que no llegaba a derretir sus ojos de miel.

- No, no soy un hada. Pero tampoco soy exactamente como tú.

El joven copió su sonrisa inexpresiva. Si ella quería ponerlo difícil…

- Ya veo. Entonces, vienes del Cielo… ¿Me equivoco?

- No, no te equivocas.

Se produjo un silencio tenso. Ambos se miraban como si se sintieran superior al otro en algún aspecto. Sin embargo, el joven no estaba de humor para pelear con esa chica, por lo que agregó en un tono que pretendía ser amigable:

- No debe ser fácil para ti estar aquí… Recién vi como le echabas un vistazo a las nubes.

- ¡Eso no es de tu incumbencia!- Lo atajó el Ángel, creyendo que se estaba burlando.

- Tal vez no, pero tal vez yo pueda entenderte. De hecho, yo también escapé ¿o no?

Ella lo miró por un momento y sintió que tenía razón. Sus palabras la ablandaron un poco. Entonces murmuró, con una vocecita arrepentida:

- Si, no es muy fácil estar aquí. A veces siento que no podré resistir más el Llamado Celestial.

- Algún día te tendrás que ir, no podrás eludirlo por siempre.

- Si, es verdad. Pero no puedo volver allí. De cualquier forma, no tengo ganas de marcharme todavía. Al menos aquí tengo tranquilidad…

El chico la miró unos momentos, como si pensase sobre sus últimas palabras. Luego, dijo, como si siguiera el hilo de sus pensamientos:

- Sin embargo, tu partida es inevitable. Además no puedes ser del todo feliz aquí con las hadas… ellas nunca te comprenderían.

La chica volvió la cabeza hacia él, intuyendo algo.

- ¿Qué insinúas?

El joven se quedó callado, mirándola fijo.

Eso era raro, hasta ese momento, el joven jamás se había mostrado tan titubeante.

- Me estás asustando. – Murmuró el Ángel, nerviosa por la intensa mirada del muchacho.

Luego, el chico sonrió un poco, aunque fue una sonrisa muy pequeña y muy breve, y luego dijo:

- Podrías irte conmigo.

Se había estado aguantando de decirle eso desde el momento que la vio, tan pura y al mismo tiempo tan sencilla…

Y sin embargo, se dio cuenta, ella no era perfecta, o al menos desde el punto de vista celestial. Lo supo porque los ángeles solían causarle una sensación molesta, como si un ruido blanco aturdiera sus oídos, e intentara purgar su interior. Sin embargo lo único que ella le producía era… calor.

Calor. Ahí estaba la clave de todo. Con el paso de los años, había aprendido a detestar el fuego, porque allí de donde venía, el fuego era sinónimo de destrucción, y se devoraba todo a su paso; lo bueno, lo malo, todo. Y sin embargo, se había olvidado de que el fuego también era una bendición. Y a pesar de haber convivido toda su vida con lava, con fuego, con destrucción, por primera vez desde que tiene memoria, pudo sentir el calor como algo hermoso que se esparce por las entrañas, para derretirlas y fermentarlas hasta convertirlas en un jugo dulce que produce éxtasis en las arterias y acelera el latido del corazón.

Desde el momento que la vio, supo que no podía dejarla ir, porque la felicidad que ella producía a su alrededor no podría producirla nadie más, y porque era la única persona en todo el mundo, en todas las dimensiones y universos distintos que existían en esa vida, que podía brindarle esas sensaciones. Y porque la necesitaba. La necesitaba para recordar que el fuego era más que destrucción, que era vida, por que ella era vida; y por que ya no podía el solo con los castigos de las tinieblas, y las guerra entre el cielo y el infierno, y que aunque había vendido su alma necesitaba recordar que habían otras cosas en ese mundo, cosas hermosas.

Ella reaccionó ofendida.

-¿¡Qué estás diciendo!?¡Yo nunca podría irme contigo! ¡Yo vengo del cielo ¿Recuerdas?!

- Pero ahora no estás ahí. – Replicó el muchacho, sin perder la calma. – Vamos, si al fin al cabo, guardas un infierno en tu interior.

El Ángel se sintió terriblemente insultada.

- ¡Pero yo no caí tan bajo! ¡Aún puedo ser una persona inmaculada! – farfulló, sin darse cuenta que con sus propias palabras estaba despreciando a su interlocutor.

El chico la miró, todavía sin inmutarse, aunque sí algo decepcionado. “Vaya, esta chica será muy diferente a las demás, pero aún conserva el estúpido orgullo perfeccionista de los ángeles” Pensó.

- No sabes como es el Infierno. No es tan malo…

- Si, claro. Allí de donde vengo se habla mucho de ese lugar ¿sabes? Los castigos divinos, la condena de los excesos… ¿crees que no los conozco? Ni si quiera sé porque razón te encuentras allí, pero no quiero ni imaginarlo…

- ¿Ah, si? Pues de donde vengo tampoco se habla muy bien del cielo. No es como crees… Nada es tan perfecto, ni tan perfectamente terrible… - El muchacho vio como la otra lo miraba enfadada, y como sus ojitos de miel se mezclaban con las lágrimas, y decidió cortar por lo sano. – … Está bien, no importa. Tienes razón, no te mereces el infierno. Haz como si no hubiera dicho nada.- Y dio media vuelta, terminando con la conversación.

El Ángel se sintió confundida, pero aceptó alejarse de buena gana. Tenía unas ganas increíbles de soltar todo el fuego de su corazón para convertir el prado en un interminable desierto, pero creyó que ni siquiera eso bastaría.

El muchacho maldijo por lo bajo. Cuando quería podía mantenerse calmado, pero cuando tenía que actuar de verdad se volvía torpe, y terminaba haciendo cosas que no quería hacer. Supo que había perdido su oportunidad con el Ángel, porque después de aquel suceso, no se animaría a verle la cara nunca más. Pero no podía dejarla ir… No podía.

Azul se acercó al muchacho, que estaba dormido. Éste despertó al oír sus pasos sigilosos.

- Ah… hola, ¿que ocurre? – Dijo, aún sin despabilarse del todo.

Azul no le contestó. Lo miraba terriblemente seria, y luego de un lapso de silencio murmuró:

- Vete.

- ¿Qué?

- Ya estás casi recuperado. No es necesario que te quedes aquí. Puedes marcharte.

El muchacho la estudió con la mirada. Azul había sido la residente del prado que menos le había llamado la atención, parecía que ella misma hacía el esfuerzo de que nadie la mirara. Sin embargo, ahora que la observaba por primera vez, se dio cuenta de que era pequeña, lánguida, y aún así parecía tener fuerzas para guardarle a él un profundo rencor. La poca aparición que tuvo delante de su persona, no había sido casualidad.

-¿Porqué me echas?

Azul frunció el ceño.

- No soy tan estúpida como parezco. Sé que me voy a quedar sola en este prado, tarde o temprano. ¿Creías que nadie se había dado cuenta de las intenciones de la Princesa antes de que te las contara a ti? Somos pocas, pero no tenemos otra cosa que hacer que conocernos. Así que nos conocemos. También sé que tarde o temprano el Ángel se va a ir. Pero… ¿Pero a ti que te incumbe? Eres solo un chico cualquiera que acaba de llegar, y simplemente te crees dueño de hacer con nosotras lo que te plazca. No juegues con ella. Y no juegues conmigo tampoco. Tal vez no lo entiendas, ni lo entiendas nunca, pero no puedo quedarme aquí, sola. No puedo. Ahora que entiendes la magnitud del problema, te voy a pedir que te marches.

Soltó todo esto sin pensarlo, y las palabras salieron fluidamente de su boca para dejar en libertad aquello que tenía dentro.

El chico la miró un rato en silencio, como si estuviera asimilando aquel discurso.

- Eso que dices es terriblemente egoísta. ¿Acaso no puedes pensar en los deseos de ella?

Azul se enfadó aún más.

- ¿Y tú no eres egoísta? ¿Y Qué sabes si soy egoísta? ¡Tal vez tengo un motivo para actuar como actúo! ¡Tal vez… tal vez solo esté muy asustada!

Y sin poder evitarlo se puso a llorar. Primero soltó unas lágrimas, como compadeciéndose de ella misma, pues lo que acaba de decir le producía mucha pena. Y después se largó a llorar, de bronca, de bronca por ser tan llorona, y por llorar ante un desconocido que encima quería llevarse consigo a una de sus amigas, y que seguro se reiría de ella, o no la comprendería, pues… ¿Cómo podría comprenderla alguien que había conocido hace dos días atrás?

Pero el chico no se rió de ella, aunque tampoco se apiadó. Esperó a que ella se calmara un poco, y después dijo:

- ¿Por qué tienes tanto miedo a quedarte sola?

Azul tragó las lágrimas y soltó un desdeñoso

-¿Y a ti que te importa?

Pero en realidad dijo eso porque no sabía que contestar. Le tenía miedo a sus propios pensamientos, tal vez. Pero no a los mundos imaginarios, sino a esos pensamientos sueltos que se suceden uno encima del otro, que simplemente acechan por los lugares más oscuros de tu mente, esperando el momento oportuno para atacar.

O tal vez le tenía miedo al vacío, a la nada misma. Por que ella siempre tuvo la certeza de que algo le faltaba, una pieza al rompecabezas de su persona. Pero cuando estaba acompañada, se olvidaba de eso, y de todo.

Pero tampoco era eso. Seguramente era pura y sencilla cobardía. Cobardía a enfrentar a su destino sola, sin que nadie la apoye en el camino, sin que nadie la reconforte cuando se caiga o no pueda más, sin que nadie le diga “no importa, está bien” cuando falle en su cometido. Pero no podía decirle eso. No podía decirle que era una cobarde. Estaba terriblemente avergonzada de ser una cobarde. Muy avergonzada.

- Si no aprendes a estar sola, todo será muy difícil después. – Dijo el chico, contemplándola con tranquilidad.

- Ya lo sé.- Respondió ella, con bronca. “Y éste quién se cree para darme consejos” Pensó.

-A parte no tienes que ponerte mal. Ella me rechazó, no quiere irse conmigo.

- Eso es mentira. Terminará yéndose contigo, de cualquier forma.

- ¿Cómo lo sabes?

- Por que le gustas. – Dijo ella, enjuagándose las lágrimas con las manos, ya casi calmada.

- ¡…! Espera… ¿¡Qué!?

- Por favor, si yo me doy cuenta, con lo despistada que soy, no me vas a decir que no te enteraste.

- ¡¡…!! ¿Pero como lo sabes?

- Bueno, estuvo todo el día fuera, pensando… No se acercó a nosotras ni un segundo. Creo que si fueras uno cualquiera, no se haría tanto drama. Parece que le diste un planteo interesante. – Y al decir esta última frase, bajó el semblante un poco afligida.

El chico la miró, bastante irritado. ¿Por qué diablos Azul le decía algo así, cuando en realidad no tenía pruebas concretas? Claro, se había olvidado que Azul estaba molesta con él. Ahora todo tenía sentido. Seguro era una mentira de mal gusto.

La conversación quedó ahí, y Azul se fue, olvidándose de recordarle que mañana se debía marchar, o en todo caso, olvidándose de decirle que había cambiado de opinión.

Sin embargo, al otro día, él no se marchó, y Azul no le dijo nada.

El Ángel se acercó a hablar con él.

El muchacho se sintió incómodo, creyendo que el Ángel iba a mencionar la conversación del día anterior, y no tenía ganas de ser rechazado por segunda vez. Pero al parecer, ella solo estaba aburrida y quería charlar con alguien.

El muchacho había creído que no podría volver a dirigirle la palabra al Ángel, pero ella actuaba tan naturalmente que no le costó mucho hacer como si nada hubiera ocurrido.

Al poco tiempo, Azul se sumó a la conversación. Ya no le causaba sensación de languidez y de rencor; ahora ella se reía y hacía comentarios graciosos e intrascendentes.

No había caso. Al parecer, fuera del infierno, estaban todos locos.

lunes, 8 de agosto de 2011

EPDA 14 Trébol y Menta


La realidad es inevitable.
Podés ignorarla, pero no podés escapar de ella, y aunque luches con todas tu fuerzas por lo contrario, siempre va a dejar marcas profundas en tu persona.
No importa cuanto corras ni que tan lejos te vayas, la realidad va a estar siempre ahí, inquebrantable. No importa cuanto huyas de ella, siempre vas a tener que soportarla, aunque más no sea, unos minutos al día.
Al mismo tiempo, intentar escapar de ella es estúpido. Es negar algo que vive y que respirará por siempre en tu corazón.
Pero lo más importante, la realidad es vengativa. Mientras más la ignoras, más difíciles son aquellos minutos que tienes que soportarla. Ella es capaz de usar aquello que tú armaste para poder sobrevivir, destruirlo, y usarlo en tu contra. Destruir tu realidad de mentira, y exponerte la cruda verdad.
No importa cuanto corras, es inútil esconderse, la realidad siempre te encuentra.
No importa cuanto corras, porque por más lejos que llegues, nunca vas a poder escapar de ti mismo.

Ya era de día, y La Princesa acababa de abrir los ojos. Se quedó un par de minutos mirando el cielo, que rebosaba de luminosidad.
“Ya debe ser mediodía” Pensó, y echó una mirada para ver si sus compañeras ya se habían levantado. Pero no, estaban completamente dormidas, e ignoraban los rayos de sol que inútilmente intentaban despertarlas.
Decidió no molestarlas, aunque en realidad no supo bien porqué. Es decir, lo normal hubiera sido que, siendo la hora que era, al menos intentara llamar su atención.
Últimamente se encontraba sin muchas ganas de hablar con ellas, pero en especial, no tenía ganas de hablar con Azul. No sabía como explicarlo, pero sentía que Azul era cada vez más parte del Prado, y que eran dos cosas fusionadas, imposibles de separar. Y, sinceramente, ella ya se estaba hartando de la tranquilidad verde.
Últimamente pensaba en que quería tener un futuro, pero no quería un futuro de hada marginada. Y, dicha sea la verdad, Azul la hacía sentir infinitamente culpable por esto. Entonces, había decidido evitarla, aunque sea un poco.
Ella sabía como era Azul, y sabía que si se iba podría estar causándole un gran daño. Pero no podía con todos los sentimientos juntos. Necesitaba ser un poco egoísta. Además, después de todo, ¿Acaso ella no era “la Princesa”? ¿Por qué alguien le iba a evitar hacer lo que quería?
Se refugiaba bajo todos esos pensamientos, pero en realidad estaba un poco asustada, y a pesar de que se engañaba a sí misma, lo sabía. Asustada por miedo a no hacer lo correcto, a equivocarse, a lo desconocido, miedo de lastimar a Azul.
La Princesa se refregó la cara, como si algo le molestara.
No, no tenía que pensar en eso. Cuando llegue el momento, escaparía, y entonces sería libre de hacer lo que quisiera. Volvió a mirar al cielo un poco más, imaginándose a que distancia se encontraría el Gran Ojo.
Lo miró hasta que la luz le cansó la vista y no tuvo otra que mirar hacia otro lado.
Desvió la mirada al suelo, parpadeando repetidamente, intentando recuperar la visión normal.
El prado solo le parecía un enorme manchón verde, hasta que pudo enfocar la vista. Y entonces descubrió una extraña planta en el suelo.
Era una planta verdaderamente fácil de pasar por alto, porque era pequeña, y del mismo verde que el resto de la vegetación. Era una planta que consistía de un tallo y cuatro hojas en la punta. No parecía ser más que un yuyo.
Esa planta era un trébol.
No cualquier trébol, era un trébol de cuatro hojas.
La Princesa no había visto un trébol en su vida (no eran plantas muy comunes en el reino de las hadas) Y menos que menos un trébol de cuatro hojas.
Despertó a sus compañeras para mostrarles su hallazgo.
Naturalmente no se manifestaron muy agradecidas de que las hayan despertado por un yuyo que no medía ni cinco centímetros.
Tampoco se sorprendieron tanto como la Princesa esperaba. Ellas tampoco habían visto nunca a un trébol, pero ¿Qué daño podría hacer una planta tan insignificante, que apenas se la distinguía entre la hierba?
- Y ese trébol… ¿No será invención tuya?- Preguntó el Ángel, mientras se desperezaba por segunda vez.
- ¿A que te refieres? – Preguntó la Princesa, sinceramente extrañada.
- Vamos, no seas tonta. ¿Ya te olvidaste de cuando llenaste el prado de flores? ¿No pudiste haber creado esa planta, aunque sea inconcientemente?
- ¡Pero si es la primera vez en mi vida que veo un trébol! – Protestó.
El Ángel se limitó a levantar los hombros como respuesta.


El Reino de las Hadas es un lugar prestigioso. Allí reina el orden y la calma. Sus habitantes no suelen causar problemas, y a pesar de que sus poderes podrían provocar estragos, esto rara vez sucede. La diferencia entre los distintos seres mágicos que viven allí es infinita, y sin embargo, nunca sus diferencias han sido motivo de discusión.
Podrían decir que esta es una ciudad utópica. Se podría decir que todo esto se debe al buen reinado que había realizado la familia de Azul. Pero nada de eso sería del todo cierto.
El Reino de las Hadas era un lugar pacífico, pero estaba lejos de ser perfecto. Los problemas de la vida cotidiana seguían existiendo, y el prestigio normalmente solo consigue traer más problemas.
Se podría decir que todo era causa de un buen reinado, pero entonces estaríamos ignorando a la gente que se encuentra en las afueras de la ciudad.
No, no es el caso de Azul y sus amigas, sino el de aquellos que construyeron al límite de la ciudad luego de ser desterrados.
Es verdad que dentro del Reino de las Hadas los conflictos eran extraños, pero esto era porque a las cosas conflictivas se las expulsaba de la ciudad. Cosas demasiado fuera de lugar para pertenecer a una ciudad tan respetada.
La gente expulsada construía su propio mundo justo al límite del reino, y era ahí cuando la paz y el orden terminaban y eran sustituidos por la sorpresa de lo indecible y la tentación de lo incorrecto.
La gente desterrada solían ser seres que habían nacido con alguna deformidad muy extraña (y, que a diferencia del caso de Azul, no tenían solución); Criaturas pertenecientes a un mito muy diferente, o al cual nadie estaba acostumbrado (Como bien podría ser el caso de los ángeles); O hadas y criaturas normales que habían desviado sus caminos cometiendo actos prohibidos por el colectivo de la gente, o hadas y criaturas que han renunciando a sus poderes, tal vez por simple deseo a la simpleza, o tal vez por preferir otro tipo de magia, más oscura, engañosa e inútil.
La Pitonisa, se encontraba entre los desterrados.
Ya casi nadie se acuerda de su sangre de nobleza, ni del momento en el cual fue echada para siempre de la ciudad.
Se construyó una pequeña casa en el medio de aquellos suburbios. Su casa, al igual que todas las que la rodeaban, era humilde, simplona, y sin gracia, que causaba un duro contraste con las coloridas arquitecturas del Reino de las Hadas.
Allí dentro solo tenía una habitación, en la cual se las arreglaba para meter una mesa y un par de sillas, un lugar para reposar, una biblioteca llena de libros de cualquier tema, y en el fondo, una especie de cocina que utilizaba solo cuando tenía ganas de hacer alguna especie de experimento, y para hacer té, que era prácticamente su único alimento, y el que solía ofrecerle a sus clientes.
Se ganaba la vida con las sesiones de adivinación. Era verdad que habitaba un mundo que no era muy querido por los ciudadanos del reino, y que las adivinas no estaban bien vistas, pero sin embargo nunca le faltaban clientes. La gente es capaz de muchas cosas cuando cae en la desesperación. Los padres de Azul son el ejemplo perfecto a esa situación.
No existe una magia completamente eficaz para adivinar ciertas cosas, principalmente el futuro. Y hay personas que dependen del futuro de una manera asombrosa.
Por todo eso, a pesar de todo, los ciudadanos del Reino se acostumbraron a pasear por el mundo de los desterrados cuando necesitaban de la magia negada.
Incluso con su vida dura, la Pitonisa no se arrepiente de nada. Si hay algo que puede asegurar que no le falta, es diversión. Por que el suburbio de los desterrados será un lugar humilde, y tendrá edificios muchos menos bonitos que el Reino de las Hadas, pero todo eso es compensado con la sorpresa y alegría de no tener nada que perder. Aquel es el refugio de gente extraña y desquiciada, y aunque la paz no exista, ¿Cómo alguien puede aburrirse de un mundo tan sorprendentemente nuevo?
Por eso, aquel que recorre aquellas calles se queda con la sensación de que en ese mundo de casitas cuadradas y mal construidas, hay una chispa secreta, de la cual el Reino carece; y que además hay toda una forma de vida misteriosa (y por eso mismo atrayente) a la que al parecer, hay que perder la cordura para poder pertenecer.


Si lo pensamos bien, desde que Azul se instaló en el prado, este tuvo innumerables mutaciones.
Sobrevivió a una plaga de insectos, a una semana de oscuridad, a los poderes florales de la Princesa, al agujero negro creado por la Hechicera, a los desbordes de fuego del Ángel, y al sinfín de ilusiones imaginarias creadas por Azul.
Costaba creer que después de todo eso, el prado aún conservara su característico color verde lleno de vida.
El prado era casi un ser vivo más, con caprichos propios, y que era capaz de cambiar según su gusto y darle un giro drástico a la vida de sus habitantes.
En ese momento, por ejemplo, se le había dado por los tréboles de cuatro hojas.
Al primero que había identificado la Princesa le siguieron unos mil más.
Claro que, de todas maneras, eso no afectaba demasiado la vida de las hadas.
De hecho, últimamente nada afectaba sus vidas.
Los días se habían convertido en algo manso, que transcurrían sin que nada alterara la perfecta sensación de paz.
Tal vez la Princesa estaba un poco ensimismada y se negaba a hablar con Azul, pero esto, lejos de ocasionar problemas, volvía a las cosas un poco más tranquilas. La Princesa no quería relacionarse demasiado con Azul, y Azul no quería saber del motivo por el cual estaba tan absorta, así que nadie se podía quejar.
Lo único que estaba fuera de lugar eran los tréboles de cuatro hojas, pero nadie les prestaba atención.
Últimamente sus actividades eran tan escasas que no tenían otra que inventarse nuevos pasatiempos, sentarse a mirar pasar las horas, o entablar alguna especie de conversación.
Como la Princesa no se prestaba mucho, Azul hablaba con el Ángel.
Una de esas tardes vacías, Azul hablaba de trivialidades con su amiga, y la Princesa se había alejado para dar una vuelta y estirar las alas. Cuando volvió se dio cuenta de que sus compañeras aún seguían hablando, y como no tenía ganas de interrumpir ni de que le prestaran atención, se quedó un poco más atrás, escuchando.
- Entonces… ¿por eso escapaste de casa? – escuchó que preguntaba el Ángel.
- No exactamente. Ser princesa no me molestaría tanto si hubiera tenido que lidiar con ello desde que nací.
- ¿A qué te refieres?
Azul suspiró.
- Yo no debería estar ahí. Si ser princesa era mi futuro, si yo hubiera sabido desde siempre que debía tomar tal responsabilidad, hubiera juntado fuerzas y habría hecho lo posible para que mi gobierno sea justo. Pero… ¿Cómo podría lograr un gobierno justo cuando la verdadera heredera al trono es mi prima?
- ¿Entonces tu no eres la verdadera heredera al trono? ¿Qué ocurrió con tu prima? – inquirió el Ángel, aparentemente sorprendida.
- Fue desterrada por practicar la adivinación, y otras magias similares.
- ah… vaya. – Musitó. Comenzaba a creer que las hadas no eran tan liberales como creía, y que cada civilización tenía sus reglas, por más estúpidas que fuesen. - ¿y cuando la desterraron?
- Cuando yo tenía alrededor de 7 años… no se si tuve la oportunidad de conocerla bien, porque era un tipo de persona muy críptica. Pero… pero creo que de alguna manera tenía una extraña conexión con ella. Antes de que fuera desterrada, mi mamá solía decir que a ella le debíamos mucho, aunque no sé exactamente porqué… De cualquier manera, lo más extraño es que sentía que me podía comunicar con ella sin hablar, sin decir nada. Que ella, de alguna forma, siempre supo lo que estaba pensando, o lo que yo sentía, y al mismo tiempo, yo sabía que ella sabía lo que yo estaba pensando, y sabía, no sé como, que era lo que opinaba al respecto. Creo que ella estaba destinada a ser adivina… Creo que no podía ser otra cosa…
Ese discurso fue tan largo que ninguna supo qué más agregar. La Princesa había escuchado todo con mucha atención. Se encontraba atónita.
Primero, por que se acaba de enterar que Azul era una princesa, una princesa de verdad.
Y segundo, porque, al parecer, Azul había rechazado su puesto como si nada. Ella, que tenía el complejo de princesa desde que tenía memoria; ella, que, como si fuera poco, se hacia llamar nada menos que “La Princesa” no pudo creer que alguien tan común y tan fácil de someter como Azul pudiera ser de la realeza, y que encima hubiera rechazado todo aquello a lo que le hubiera gustado pertenecer.
Aunque se hacía la fuerte, y la egoísta, la Princesa tenía una idea muy romántica sobre la vida. Pensaba que ser de origen noble, tener un novio apuesto, enamorarse, ser respetada y querida, era lo mejor que a uno le podía pasar.
Lamentablemente no era de origen noble, y por más que luchaba para conseguir todas esas cosas, cada vez se le hacía más difícil, y más imposible conseguirlas.
Y a pesar de que Azul rechazaba todo aquello que ella anhelaba, creció dentro de ella una especie de admiración. De alguna manera, le pareció fantástico que Azul desechara todo aquello, y que aún así pudiera aceptar a la vida y ser feliz.
Por un momento, deseó ser como Azul.
Pero… ella no era Azul, era la Princesa. Y siempre se había enorgullecido de ello. Sin embargo…
- Entonces… ¿Qué vas a hacer?- Dijo de repente el Ángel, distrayendo a la Princesa y a Azul de sus pensamientos.
- ¿Qué voy a hacer con qué? – Respondió Azul, pues por un momento había olvidado de lo que estaban hablando.
- Digo, ¿Cómo vas a solucionar el problema? Ya sé que no quieres ocupar el puesto de tu prima, pero… Alguien debe ocuparlo, ¿no?
Azul meditó seriamente aquellas palabras.
El Ángel tenía razón. Azul simplemente había dado por hecho que una vez que se escapara, necesitarían a una nueva princesa y las cosas se solucionarían por sí solas.
Pero… ¿Y si era al revés? ¿Y si en vez de devolverle el puesto a la Pitonisa, los demás hubieran optado por buscar un camino incluso más complicado? En ese caso, se generarían más problemas, y Azul tendría la culpa. Y no podía dejar las cosas así. Tendría que hacer algo.
Azul volvió a pensar en su prima, y se la imaginó en una humilde casa viviendo un vida miserable (En realidad Azul no había vuelto a verla desde que la echaron, y nunca había visitado el suburbio de los desterrados, pero había oído que allí subsistencia no era sencilla) y se sintió horriblemente mal, en ese prado tan verde, tan lleno de vida, y tan sin nada. Sin aventuras ni problemas. Sin nada que hacer.
Deseó con todas fuerzas estar con ella, ayudarla. Después de todo, ¿Qué derecho tenía de vivir una vida pacífica cuando había gente en el mundo que sufría?
Y supo que no podía dejar las cosas así, ni que se podría quedar en aquel prado para siempre. Porque, por más lejos que estés, la realidad es inevitable.
Y, la mejor forma de soportarla, es construyendo un mundo mejor.
La Princesa también pensaba en su huída irremediable. Pensaba en como construir una realidad habitable, una que pudiera soportar. Tal vez la vida no fuera un cuento de hadas, y sin embargo, ella haría el intento. El intento de encontrar a su caballero soñado, para llevar por delante a todas las tristezas, hacerle frente al miedo y todas las cosas horribles que acechan en las sombras.
En ese instante, en el pecho de Azul y el de la Princesa, brotó una sensación extraña, una determinación. El nacimiento de una promesa inquebrantable.
Al mismo tiempo, los tréboles del prado fueron desapareciendo, hasta ser reemplazados por plantas de Menta, llenando al lugar de un aroma refrescante, y perfumando la piel de las hadas cuando éstas se recostaban a descansar. El aroma tardó varios días en desaparecer.

viernes, 1 de julio de 2011

EPDA 13 el anillo


El mundo en el cual había nacido la Hechicera se llamaba Médium. Esto era porque a aquel mundo estaba divido a la mitad.
Dos mitades dominadas por el prejuicio del bien y el mal.
Era un mundo dominado por teorías como el yin yang o la dependencia de los complementarios, u otras hipótesis similares.
Por lo tanto, una mitad del mundo era considerada una región ordenada, pura y que solo buscaba la paz, mientras que el otro lado era un lugar desagradable, donde todos hacían lo que querían sin una ley que los gobernara, y un lugar poco aconsejable de visitar, pues te encontrarías con trampas y peligros.
Pero la ley mas importante que regía a aquel mundo era la asignación de destinos. Se creía que todo ser viviente tenía algo que cumplir en el mundo, y un lugar al cual pertenecer.
Obviamente también existía la creencia de que a aquel que nacía en la mitad “oscura” se le serían asignados destinos más desagradables que en la mitad “luminosa”. Lo malo de todo esto, es que estas creencias solían ser certeras.
Naturalmente, la hechicera había nacido en la mitad “oscura”.
No era algo que ella padeciese mucho.
La madre de la hechicera no conocía el destino de su hija, porque ella nunca había querido revelárselo, pero sabía que era algo bastante terrible.
Su otra hija había nacido en el lado luminoso, y le era difícil criar a dos niñas tan diferentes.
Así como la madre de la hechicera no conocía el destino de su hija, tampoco la hechicera conocía el destino de su madre. Incluso, la madre de la hechicera creía haberlo olvidado. Se había resignado a una muerte intranquila.
Sin embargo, no quería que a sus hijas les ocurriera lo mismo. Y las alentaba a continuar, sin importarle que tan horribles o que tan maravillosos fuesen sus destinos.
La madre de la hechicera, gracias a sus hijas, pudo observar de primera mano la constante lucha entre la luz y la oscuridad.
Se atacan, se consumen y se hacen daño, pero nunca se matan. Están condenadas a existir en un flujo eterno sin descanso.
Luchan por un objetivo, pero nunca lo cumplen, por que saben que si alguna vez realizan el cometido, se quedaran sin rumbo, sin algo porque seguir. Y todo terminaría.
La madre nunca llegó a comprender del todo que aquel no era solo el ciclo de la luz y la oscuridad, si no el de su propio mundo.
Todos están condenados a luchar entre sí por un destino, pero en vez de luchar, están manteniendo un sutil equilibrio.
Después de todo… si el destino de la hechicera era destruir el mundo, ¿acaso no sería lógico que hubiera alguien destinado a salvarlo? Claro que lo era, y seguro que en algún lugar de aquel mundo existía una jovencita con ese propósito.
Aunque no todo está marcado por blancos y negros perfectos, la lucha de dos entes contrarios existe. Y también existe la necesidad de creer en un destino, de sentir que al menos sufrimos de la existencia por una razón. Y esto no solo ocurre en Médium.
Ocurre en la Tierra.
Ocurre en los Mundos Celestiales.
Ocurre en el Prado de Azul.

Desde que tiene memoria, Azul lleva en el dedo del medio de la mano derecha un anillo con una piedrita Azul, que hace referencia a su nombre. No sabe como lo obtuvo ni que significa, pero lo tiene allí desde siempre, y está tan acostumbrada que apenas nota su presencia.
Nunca pensó que ese anillo pudiera tener una utilidad especial. Hasta ahora, solo lo había usado para saber distinguir cual es la izquierda y cual es la derecha, pues tenía dificultades para ello.
Por eso, no notó cuando lo perdió. O al menos, no inmediatamente.
La primera mañana que despertó sin el anillo, se estiro, y de golpe sintió algo flojo en su interior, como una angustia sin sentido. No le prestó mucha atención.
Hacía muy poco que la Hechicera se había marchado, era lógico estar un poco angustiada.
Pero el Ángel y la Princesa también notaron cambios en ella. El aire a su alrededor era mucho más lánguido que de costumbre, y su presencia era cada vez menos corpórea.
De golpe, a Azul le costaba más de lo normal centrar sus ideas, y se quedaba con la mirada vacía hacia el horizonte.
Todo se volvía menos consistente.
Ocurrían blancos en su memoria.
Se le hacía muy difícil retener cualquier cosa… los recuerdos, las ideas y hasta su propia persona.
Hasta que una mañana despertó, con el cuerpo pesado, la cabeza confundida, y al primer paso se deshizo en un charco de agua.
La Princesa y El Ángel lanzaron gritos de horror, sin comprender lo que había ocurrido.
Sabían que Azul era un ser compuesto principalmente por agua, casi sin carne y sin otros órganos, pero nunca imaginaron que podría ocurrir algo así. Que la Azul que conocían, podría perder su forma hasta quedar reducida a una pequeña cantidad de líquido.



Cuando Azul vino al mundo, no era más que una cosa carente de forma propia, que sin embargo adoptaba la forma del recipiente que la contenía. Muchos creerían que una criatura así no tenía posibilidad de existir en el mundo, o al menos de llevar una vida normal.
Rosaura sufrió mucho en esa época, sin saber del todo si había dado a luz a una persona, o a algo que simplemente estaba condenado a subsistir en una existencia vacía.
No era demasiado raro en el Reino de las Hadas. Se acostumbraba a ver nacer niños de contextura física incierta, ya que esta misma suele estar arraigada a la clase de poder que los niños poseen, la cual puede variar de cualquier forma.
Además, teniendo de padre a un hombre que puede cambiar su fachada aparentemente humana por la de un árbol, era de esperarse en Azul alguna fisonomía extraña.
Cuando ya se creía que para Azul no había ninguna esperanza, la Pitonisa divisó en el recipiente de agua que la contenía, algo parecido a unas imágenes que se reproducían inexplicablemente en su interior.
En ese entonces, la Pitonisa solo tenía 9 años, y aún no era una pitonisa. Era bendecida por el nombre de Aitana, y todavía no había renunciado a su don de hada.
Los poderes son cosas extrañas. Varían mucho, ninguno es exactamente igual a otro. Aitana tenía un don único, y prácticamente inclasificable, pero se le había dado el nombre de El Poder de las Ilusiones.
Tenía la capacidad de crear imágenes y sensaciones irreales.
Tal vez a causa de esa capacidad tenía esa constante aura de misterio, y al mismo tiempo de seguridad. Tal vez hasta su propio aspecto de ojos marrones con destellos violetas, de cara pecosa, y de labios rojos esbozados casi siempre en una perfecta sonrisa burlona, era solo una ilusión más.
Pero en ese entonces solo era una niña de 9 años que vagaba por el castillo, del cual sería dueña cuando creciera, según su destino.
Cuando vio las imágenes proyectadas en el cuerpo sin forma de su acuosa prima, supo de inmediato que no solo estaba viva, si no que poseía una gran inteligencia y que cumplía con los requerimientos suficientes para vivir la vida (excepto, tal vez, un cuerpo normal).
La Pitonisa sabía de esas cosas, porque entendía de imágenes, y conocía las mentiras de las ilusiones. Eran parte de su poder.
Así fue como la familia de Azul no se rindió hasta poder darle un cuerpo decente, por que sabían que lo que se encontraba en aquel recipiente pensaba y tenía alma propia.
Hasta que se enteraron de las Piedras Preciosas.
Eran piedras que producían alteraciones en los cuerpos mágicos. Habían muchísimas, y su significado variaba según su color. Las de colores cálidos (Como rojos, o naranjas) sirven para relajar tensiones nerviosas. La Verdes sirven para curar heridas graves. Las de colores neutros (Blancas o negras) para pensar con claridad.
Y las Azules, para la consistencia de los cuerpos.
La leyenda dice que hay una Piedra por cada hada. Es decir, que cada piedra es única, y que para todas las hadas hay una piedra correspondiente que es perfecta para curar todos sus males.
Gracias a esa piedra, Azul tuvo fuerza suficiente para crear un cuerpo, y recibió un nombre.
A pesar que desde entonces no se había sacado su anillo, su cuerpo líquido dejó huellas en su personalidad. Ella era, de por si, una persona poco consistente, con tendencia a olvidarse de las cosas que no consideraba importantes, a dejarse llevar por las circunstancias, a irse de la realidad. Tenía pocas opiniones firmes (aunque en algunas ocasiones era muy terca), un aura debilucha, y parecía que en cualquier momento su alma podía irse a un mundo desconocido y no regresar jamás.
En eso pensaba Abel últimamente. Pensaba que ya sabía que Azul se iba a escapar de casa alguna vez, y que ni siquiera todo el cariño que un padre le pudiera otorgar la retendrían. Era parte de su personalidad huir siempre a un lugar mejor. Después de todo, retener al agua con algo tan material como las manos, es imposible.


Cuando Azul volvió a abrir los ojos, no recordaba nada. Sus dos amigas la miraban con atención, fijándose si se encontraba bien.
Ellas conocían las leyendas de las Piedras Preciosas, así que no tardaron en suponer que el problema se debía a la ausencia del anillo, pero si les costó un poco encontrarlo.
De todas formas, Azul seguía sin recordar lo sucedido. No comprendía la razón por la cual sus amigas la miraban como si estuviera incubando alguna especie de enfermedad.
Al final, Azul seguía sin comprender el sacrificio de sus padres, ni su propia debilidad.